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Todos deberíamos ser ecologistas

Alexandria Ocasio-Cortez no está loca, como no lo está Greta Thunberg

La congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez en Nueva York, el pasado 19 de enero.
La congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez en Nueva York, el pasado 19 de enero. AP

El anhelo de igualdad ha venido para quedarse. Los que reniegan de este nuevo discurso que al fin está asumiendo la izquierda, los que añoran aquella clase trabajadora de corte monolítico, ignorante de que las singularidades individuales influyen poderosamente en el lugar socioeconómico que cada uno ocupa, están condenados a la anacronía. Acabarán modificando su discurso enfurruñado, estoy convencida, porque, dada la distancia emocional del ciudadano con los partidos políticos, está siendo hoy el activismo el dinamizador de la contestación social. Cuando el 8 de marzo participábamos en las grandes movilizaciones feministas, este año mucho más frecuentadas por los hombres, pudimos observar que esta fecha está poco a poco haciendo confluir, bajo el lema de la igualdad, reivindicaciones sociales de diferente índole. ¿Por qué no habría de abanderar la mujer, si cuenta ahora con este poder de convocatoria, la necesidad urgente que tiene parte de la ciudadanía de mejorar el mundo?

Eso es, desde mi punto de vista, lo que representa el fenómeno de la congresista neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez. Fue su condición de activista lo que la impulsó a la política, pero de su compromiso no está exento el hecho de ser mujer, tener un origen puertorriqueño (el colectivo más feamente señalado en Nueva York) y provenir de clase trabajadora. La chica del Bronx. Lo extraordinario es que el desprecio y la mofa que provoca en los trumperos y la fascinación que despierta en los jóvenes se ha contagiado a nuestro país. En las redes irrumpen las burlas que provoca; como siempre, no se puede concebir que una mujer joven y guapa sea además tan osada como para hacer un discurso articulado, un brillante interrogatorio sobre las financiaciones de las campañas en la Cámara de Representantes. Las críticas van desde la ofensa habitual, que se resume en tacharla de descerebrada, a lo pueril, resaltando el hecho de que a la chica que servía bebidas en un bar se le está despertando una tendencia peligrosa por la ropa elegante. Y ya se sabe que la elegancia es incompatible con ser de izquierdas. O bailar con gracia, como suelen hacerlo, por cierto, las muchachas de barrio. Esas páginas idiotas se comparten también aquí, como si se temiera que el fenómeno Ocasio pudiera tener su réplica.

Pero también nos llega su influjo. Ante el negacionismo del cambio climático de la derecha, apoyado por un capital sin escrúpulos, los partidos de centro-izquierda o izquierda no habían reaccionado hasta ahora con la urgencia y la firmeza que esta amenaza acuciante requiere, e incluso sostenían el viejo discurso de que por encima de la limpieza del ambiente estaban los puestos de trabajo. El presente por delante de un futuro catastrófico. Pero el futuro ya está aquí. Y es ahí donde la discutida, vapuleada y admirada congresista se ha sacado de la manga eso que ha llamado el Green New Deal, un nuevo acuerdo que descarbonizando la energía no haga recaer las consecuencias del cambio sobre la clase trabajadora, sino que esta sea la principal beneficiaria del nuevo acuerdo social. En España no contamos con un nombre tan evocador como Green New Deal, porque este hace referencia a las medidas económicas con las que Roosevelt salvó a su país de la Depresión, pero al menos es esperanzador que nos dejemos contagiar por este impulso. Ocasio-Cortez no está loca, como no lo está Greta Thunberg. Al lema aportado por Chimamanda Ngozi Adichie: “Todos deberíamos ser feministas”, es urgente añadirle “y ecologistas”. Solo sobre estos dos movimientos cabe la posibilidad de reducir el infierno.

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