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Un hijo gay o un padre de Vox

Casado quiere robarle votos a la extrema derecha hasta que no le quede ninguno al PP

Los dirigentes de Vox Rocío Monasterio, Javier Ortega Smith, Santiago Abascal e Iván Espinosa de los Monteros, junto al Tribunal Supremo.
Los dirigentes de Vox Rocío Monasterio, Javier Ortega Smith, Santiago Abascal e Iván Espinosa de los Monteros, junto al Tribunal Supremo.

Una de las características más notables de muchos votantes de Vox es que dicen que no son de Vox pero que van a votar a Vox. Como instrumento con el que canalizar su rabia o hartazgo, como herramienta con la que tener a raya a Cataluña, como vehículo con el que garantizar y defender tauromaquia o caza; otra razón es que a muchos periodistas se nos va a “acabar el chollo”, como si con ellos se nos fuesen a acabar algún día los temas. Todas ellas son razones legítimas, sobre todo la última, que se anteponen a lo que no gusta de Vox, que es como quedarse con Franco por su estilo.

La rabia y el hartazgo de ese votante se deben principalmente a la corrupción de los partidos y las instituciones, con las que va a acabar un líder subvencionado eternamente y un partido cuya financiación empieza a desplazarse de las páginas de política a las de sucesos. Vox es uno de los placeres culpables del votante del PP que quería algo más fuerte pero le daba corte pedirlo; ahora que se lo han ofrecido, es tan pura la mercancía que cualquier excusa vale para probarla, con la condición de que no se le reconozca como adicto. No va a votar a la extrema derecha porque sea de extrema derecha, sino porque está “cansado”. Por eso tiene razón Rocío Monasterio, candidata madrileña de Vox, cuando dice que del PP se sale “como de la droga”; de la droga generalmente se sale a otra droga, casi siempre peor que la anterior.

La dinámica del votante que vota lo que no quiere votar replica la estrategia de la dirección, que para desmentir que se trata de un partido homófobo, machista y racista ha ido eligiendo cuidadosamente sus candidatos hasta plantarse en el último de ellos, un revisionista del Holocausto supongo que para que nadie los llame nazis. Que su número uno en Albacete, cuna de Muchachada nui, diga que si su hijo es gay lo llevaría a terapia levanta tanto escándalo que nadie obvia lo verdaderamente dramático: que te salga un padre en las listas de Vox y la posibilidad no solo de no poder llevarle a terapia, sino de que acabe en la tribuna del Congreso.

Uno podría pensar que con este ambiente, estas decisiones y estas declaraciones públicas se le está quedando un centro precioso al PP. Ocurre que todo en ese partido, desde que Vox tenía cien votantes, está orientado a robárselos. La estrategia recuerda a aquella de Esperanza Aguirre cuando dijo que su gran rival era Carmena, mucha gente preguntó: “¿Quién?”, y Aguirre no paró de explicarlo hasta que la hizo alcaldesa.

Casado quiere robarle votos a Vox hasta que no le quede ninguno al PP. De una forma tan exótica que el candidato a la alcaldía de Madrid ha pedido la prohibición de una obra de teatro porque “no se puede ser cómplice de los que se amparan en la libertad de expresión para mofarse de los sentimientos religiosos”. En ese universo que se está construyendo ad hoc la divertidísima derecha española, la libertad de expresión es algo en lo que hay que ampararse para hablar bien de algo, esgrimir la libertad de expresión para decir algo que no ofenda a nadie, de tal forma que si alguien dice “me pareces un candidato listísimo y genial” y el candidato te pide explicaciones, puedas sacar del bolsillo la Constitución para ampararte en ella. Y que te lo creas.

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