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Desaprender

Si la lucidez y la voluntad nos acompañan en olvidar lo mal aprendido, podremos sentirnos orgullosos de haber dado un gran paso hacia la autonomía de pensamiento

Niños en una clase en un colegio escocés.
Niños en una clase en un colegio escocés.

Si es importante aprender, no lo es menos desaprender. Los humanos nacemos indefensos y vulnerables y, por tanto, fácilmente influenciables y manipulables, sobre todo en las etapas más tempranas de la vida. Desde el mismo momento de nacer empieza el duro aprendizaje de la vida; un aprendizaje que nos viene impuesto desde el ámbito familiar, así como por educadores y el entorno en general.

Y si todo el aprendizaje en la vida de una persona es determinante, este cobra especial importancia en los primeros años de vida por la influencia que tendrá en el desarrollo de la futura personalidad. El niño, en esa etapa primera, se empapa —o lo empapan— de todo lo que percibe a su alrededor sin someterlo a demasiadas consideraciones, análisis o reflexión. En las siguientes etapas de la vida, conforme va avanzando en años y madurez intelectual, empezará a cuestionar, contrastar, razonar y enjuiciar todo lo que observe o le intenten enseñar. Es entonces cuando ya empieza a definirse la personalidad, cuando debería aparecer el criterio y la lucidez para interpretar e intentar tomar una postura propia ante los hechos y la vida.

Pero no es tan sencillo. La carga cultural y educativa inculcada en nuestros primeros años va a determinar, en buena medida, nuestra visión e interpretación de todo cuanto nos toque vivir. Y, por tanto, nuestra autonomía de pensamiento y objetividad podrían estar en entredicho por los prejuicios que arrastramos, por ese adoctrinamiento temprano que tenemos grabado a fuego en nuestra mente.

No obstante, no todo está perdido. A medida que vamos madurando, siempre podremos replantear y cuestionar nuestras certidumbres mediante el conocimiento y la reflexión. Y es entonces cuando se hace necesario comenzar una tarea harto dolorosa y difícil: desaprender. Desaprender no es borrar lo escrito en una pizarra, sino desechar sólidas convicciones y certezas que hemos descubierto equivocadas.

De modo que, si la lucidez y la voluntad nos acompañan en este gran empeño de desaprender lo mal aprendido o enseñado, podremos sentirnos orgullosos de haber dado un gran paso hacia la autonomía de pensamiento y, por tanto, hacia la libertad personal.

Esta tribuna es una colaboración de un lector en el marco de la campaña ¿Y tú qué piensas?. EL PAÍS anima a sus lectores a participar en el debate. Algunas tribunas serán seleccionadas por el Defensor del Lector para su publicación.
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