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Lingüista

Nos estamos pensando y no se puede pensar sin el lenguaje. Sin sus normas y sus distorsiones

Inés Arrimadas en el acto para presentar el manifiesto feminista de Ciudadanos, este domingo en Madrid.
Inés Arrimadas en el acto para presentar el manifiesto feminista de Ciudadanos, este domingo en Madrid. GTRES

El feminismo no es decir portavoza, es hacer políticas”. Sin embargo, las ciudadanas se ven obligadas a hacer virguerías con el lenguaje: añadirle a la palabra feminismo el adjetivo especificativo liberal para apropiarse de un concepto y un impulso socialmente movilizador. Estas estrategias calificativas son más taimadas para la salud semántica de una comunidad que el estridente zapateao morfosintáctico de las portavozas. Las ciudadanas abusan de los adjetivos especificativos hasta caer en la redundancia: huelga política, dicen. Como si las huelgas fuesen reuniones de gente encantadora y no instrumentos políticos de presión para mejorar las condiciones laborales. Ciudadanas —y ciudadanos— cuidan más de las facilidades para el consumo que de las buenas condiciones para la producción y lo que no les gusta son las huelgas. Lenguaje, es decir, política. El lenguaje nos delata y nos construye. El discurso virtuosamente académico de las feministas liberales encubre la posibilidad de que jugar con las palabras —clémiso, corifea, escolopendro, firdulicio— sea una manera de mostrarles respeto: lenguaje, cultura, literatura son performativos y agrandan los ojos del lobo, disfrazado de abuelita, cuando dice: “Son para verte mejor”. Luego al lobo le abren la tripa y lo arrojan al río con el mondongo lleno de piedras. Virginia Woolf también llenó sus bolsillos de piedras. El oxímoron feminista liberal disfraza la circunstancia de que, aunque Camille Paglia se empeñe en que el liberalismo inventa la lavadora y el centrifugado libera a las mujeres, las prácticas liberales —no utilizo el derivado con prefijo neoliberales— ensanchan las brechas de género, raza, clase, salud, opción sexual, procedencia… Lo explican Arruzza, Bhattacharya y Fraser en Manifiesto de un feminismo para el 99%. Las autoras quieren evitar “una versión (del feminismo) elitista y corporativa para proyectar una apariencia emancipadora sobre un programa oligárquico y depredador: un feminismo solo apto para la poderosa minoría acomodada”. Los techos de cristal son nauseabundos, pero hay que enfocar hacia Las Kellys y hacia la pobreza femenina en hogares monoparentales. Quizá el interés de las ciudadanas por los vientres de alquiler reproduzca una mirada donde importan menos las granjas de mujeres en Ucrania que los deseos de una pareja del primer mundo.

El feminismo liberal olvida el pan y las rosas. Nuestra genealogía. Un feminismo español —y a las ciudadanas lo español les preocupa— que se llama Justa Montero, Lidia Falcón, Begoña San José, Manuela Carmena, Cristina Almeida… Feministas que vinculan la violencia económica con la violencia cultural: la devaluación del cuerpo y la fuerza de trabajo de las mujeres en el espacio público se traduce en una malversación del cuerpo en el espacio privado. Los cuerpos de las mujeres se rompen en sentido recto y figurado, en la realidad y sus representaciones, y el feminismo se convierte en plataforma para denunciar y transformar deficiencias sistémicas globales, cansancio crónico, enfermedades, el sentirse poca cosa, miedo, violación, silencio. Las ciudadanas repentizan bulos de ultraderecha cuando confunden la discriminación de los hombres —diosa nos libre— con la reformulación de privilegios incompatibles con la igualdad. Si no somos iguales jurídica, laboral, socialmente, nunca dispondremos de libertad para reivindicar nuestras hermosas diferencias. Nos estamos pensando y no se puede pensar sin el lenguaje. Sin sus normas y sus distorsiones. Muchas felicidades por la exitosa jornada de huelga —política—, y las alegres y multitudinarias manifestaciones.

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