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Maduro en su laberinto

El nerviosismo de Maduro no nace de una entrevista más o menos incómoda, sino de que ya no está seguro de la lealtad de sus militares

El presidente de Venezuela, Nicolas Maduro, en Caracas, el pasado 26 de febrero de 2019.
El presidente de Venezuela, Nicolas Maduro, en Caracas, el pasado 26 de febrero de 2019. REUTERS

No es sencillo saber dónde está la verdad en medio de tanta desinformación. Es seguro que Venezuela padece una grave crisis económica, solo superada por Siria y Yemen, ambos destrozados por guerras en las que no somos inocentes. El FMI calcula que la caída del PIB venezolano alcanzará el 68% en 2023. Hablamos del país con las mayores reservas conocidas de petróleo. También es seguro que EE UU quiere un cambio de régimen. Ya están los Halliburton y compañía calculando sus beneficios.

La responsabilidad de Nicolás Maduro en el desastre es evidente. Erró casi todas las medidas de rescate durante la caída del precio del petróleo. Hoy, el 70% de los venezolanos cobra el salario mínimo, apenas 18 dólares en un escenario hiperinflacionario.

¿Es Venezuela una dictadura como la de Nicaragua, que se ensaña con la oposición y ataca a la prensa? No ayuda en la guerra de adjetivos la detención del periodista Jorge Ramos, en medio de una entrevista con Maduro en el palacio de Miraflores. Le encerraron durante horas en un cuarto oscuro, robándole el material de trabajo. Es uno de los periodistas más célebres de América Latina. Se enfrentó a Trump en una rueda de prensa de la que salió a empujones. Ya tienen algo en común Maduro y Trump: ambos detestan a la estrella de Univision. Si hace esto delante de todos, ¿qué hará a escondidas con los periodistas venezolanos?

Maduro no es Chávez, carece de su carisma y de su ascendente político. La oposición no es un bloque homogéneo, en ella conviven extrema derecha, democristianos, socialdemócratas, izquierda y chavistas hasta hace cinco minutos. La mayoría esgrime ánimo de revancha. Para ellos, lo único bueno de Chávez es que se murió en 2013. Con este argumento será difícil movilizar a los cientos de miles de chavistas que sufren la crisis y están hartos de Maduro. El autoproclamado Juan Guaidó hace esfuerzos por ampliar el discurso, pero a la vez proclama su deseo de que EE UU lance una operación militar.

Chávez fracasó en tres frentes, como los anteriores gobiernos: no creó una Administración profesional, no supo contener la deuda y no frenó la corrupción. Venezuela nunca fue virreinato en la colonia española, sino una capitanía general. Eso impidió la creación de instituciones eficaces.

EE UU tiene tres opciones a medio-largo plazo: estrangular el régimen (entre sanciones, embargo y cuentas congeladas Venezuela ha perdido 38.000 millones); invadir (poco probable tras la experiencia iraquí) o crear una contra desde Colombia y Brasil formada por desertores venezolanos y mercenarios. El nerviosismo de Maduro no nace de una entrevista más o menos incómoda, sino de que ya no está seguro de la lealtad de sus militares. Esa sería la cuarta opción, el golpe de Estado, un asunto interno. Es la que está en marcha desde hace semanas.

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