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OPINIÓN i

¿Ciudades globales y ciudades diversas?

No hay un mundo alternativo, la utopía no es un cielo en la tierra, es caminar para hacer ciudad para que todos sean conciudadanos libres e iguales

Bangkok
Bangkok AFP

¿Ciudades globales? Más o menos todas las ciudades son globales. Y lo fueron en otras épocas, casi siempre. Lo fueron en el siglo XVI y los siglos siguientes. Y lo fueron aún más en el siglo de la sociedad industrial del siglo XIX y XX. Las ciudades, principalmente las que estaban cerca del mar, de los ríos y de los cruces de caminos, fueron siempre comerciales, de productos, de ideas y de personas.

¿Ciudades diversas? Lo fueron ya en el Neolítico pues las poblaciones crecieron y no todos podían poseer tierra para cultivar o para cazar. Y como expuso Gordon Childe la emergencia de la "revolución urbana. Una parte de la población, la agrícola, podía abastecer a las otras poblaciones. Y estas hicieron ciudades, produjeron objetos e instrumentos, comerciantes, servicios mutuos… y los parásitos del poder, religiosos, militares y gobernantes (como más tarde los definió Saint-Simon, a inicios del siglo XIX). Las poblaciones urbanas siempre fueron diversas.

Saskia Sassen inventó las ciudades globales, solo tres ciudades. Una obra inteligente y una buena operación comercial. Luego se dio cuenta de que muchas otras ciudades también querían disponer de la etiqueta global. Ahora todas las ciudades son más o menos globales como ella tiende a reconocerlo. Y respecto a la diversidad de las ciudades puede haber ciudades monoproductivas que no lo son nunca del todo ni mucho menos. O monofuncionales como portuarias, mineras, administrativas, militares, etc. Pero siempre las poblaciones son heterogéneas. Louis Wirth, a inicios del siglo XX, definió las ciudades por tres características, un conjunto relativamente grande de población, densidad y diversidad. Podríamos añadir el intercambio, pues por distintos que sean los ciudadanos sería más exacto denominarlos "conciudadanos" pues el ciudadano no existe aislado.

¿Por qué las llamamos ciudades globales? Para utilizar etiquetas que den prestigio: globales, inteligentes (smart cities, aún más, así es más publicitario), de calidad de vida o creativas (el colmo del ridículo, véase el vendedor de cachivaches que es Richard Florida). Sin embargo, sí que hay una globalización relativamente original y que afecta a gran parte de la humanidad. Y que se concreta principalmente en la globalización financiera. Ciudades globales todas sí que lo son, sometidas al capitalismo financiero que se impone no solo a las ciudades, también a los Estados. Lo cual afecta a la diversidad.

Las ciudades reciben inmigrantes porque necesitan mano de obra y aumentar la natalidad o por atraer nuevas ideas o iniciativas

La diversidad actual no se distingue mucho de otras épocas. Una parte de las poblaciones emigran, bien sea para sobrevivir en unos casos y en otros para vivir un poco mejor. Y las ciudades reciben inmigrantes porque necesitan mano de obra y aumentar la natalidad o por atraer nuevas ideas o iniciativas. Pero los "allegados" entran en competencia con los "instalados" por el mercado de trabajo o por el acceso a la vivienda y a los servicios. Y se hace una transferencia de la lógica competencial a la diferencia religiosa, lingüística, cultural, "racial" o un prejuicio criminalizante. "Clases trabajadoras, clases peligrosas", como escribió Louis Chevalier. Y en situaciones de cambio y de crisis económica y política se usa la diversidad en la exclusión y la represión. En nombre de un peligro ficticio se justifican los "pogromos" o distintas formas de sometimiento, de déficit de derechos y del menosprecio como escribió Axel Honneth. Es lo que sucede hoy a una mayor escala que en otras épocas. No tanto por ser más cuantiosas las migraciones sino por los "excesos de la democracia" o del estado del bienestar, como profetizaron David Rockefeller, Samuel Huntington y Michel Crozier.

Sin embargo, la globalización financiera y la diversidad ciudadana se caracterizan por algunas peculiaridades respecto al Estado de democracia liberal y de la sociedad industrial. Los Estados, con muy pocas excepciones como por ejemplo China, Estados Unidos y Alemania (y solo en parte), están sometidos a la globalización financiera. No se trata de promover la producción material o inmaterial, sino mediante la especulación urbana; la economía criminal; y la acumulación de capital conseguida por el manejo del "dinero que produce dinero" pero sin contraparte de trabajo socializado, promover la pauperización de las clases asalariadas y que una parte de estas caiga en la pobreza y la marginación, como profetizó Marx en El Capital.

Las ciudades son los escenarios de esta crisis económica, política y de civilización

Las ciudades son los escenarios de esta crisis económica, política y de civilización. En la ciudad y los espacios urbanos es donde se produce la mayor acumulación de capital como analizan economistas diversos como el marxista Harvey o como el keynesiano Michael Cohen de la New School. Pero esta "acumulación de capital" acelerada y concentrada en una ínfima minoría (véase Piketty) genera una dinámica regresiva de la "reproducción social". A más acumulación de capital no productivo se reduce el "salario indirecto" como la vivienda, la educación, la sanidad, la protección social, el transporte público, la gestión del medioambiente, la seguridad de las poblaciones de bajos ingresos o en zonas de exclusión, etc. El conflicto urbano tiende a ser tan o más a la reproducción social que a la producción directa. O, mejor dicho, el conflicto en el marco laboral forma parte del conflicto urbano.

Y a través de estos flashes histórico-socioeconómicos nos ha llevado al "derecho de la ciudad". No nos engañemos, la globalización financiera tal como funciona ahora nos lleva al precipicio de la civilización del estado del bienestar, que emergió después de la segunda guerra mundial, por lo menos en Europa, Estados Unidos, Oceanía y también, con más limitaciones en América latina. Pero no serán los Estados los que pueden responder a la "globalización financiera". No son fuertes ni conscientes de esta crisis civilizatoria y no saben ni quieren movilizar a las poblaciones urbanizadas, que son entre el 80 y el 90% de las zonas citadas. El derecho a la ciudad es a la vez los conflictos por los derechos ciudadanos y el cuestionamiento del capital global.

El conflicto en el marco laboral forma parte del conflicto urbano

"La revolución será urbana o no será", escribió Lefebvre, y lo ha desarrollado David Harvey. El problema es que las revoluciones no se fabrican mediante la voluntad de una parte de la población, que ya es mucho. Se requiere una crisis a la vez estructural y coyuntural, los Estados desarbolados y los poderes económicos en desbandada. Y una movilización social que deviene organización política con un proyecto alternativo. Nada de todo esto no se da ni aparecen semillas de ello y tampoco hay profetas que lo anuncien. Las contradicciones sin embargo están muy presentes, casi saliendo a la calle y husmeando el malestar ambiental. Matizando la fórmula "lefebvriana", nos permitimos modificarla: "la revolución será una larga marcha" a través de las instituciones políticas territoriales y las organizaciones ciudadanas. O si lo prefieren "democratizar la democracia" desde los territorios urbano-regionales.

La otra cara del derecho a la ciudad fue el catálogo de derechos, todos aquellos que dan las demandas y reivindicaciones de las poblaciones urbanas. La retahíla es muy larga, desde la vivienda hasta la seguridad, desde el transporte a la gestión del medioambiente, desde el acceso a todos de los servicios básicos (sanidad, educación, protección social..., hasta la convivencia y el reconocimiento), desde centralidades próximas para todas las zonas de la ciudad hasta los elementos icónicos identitarios. Y no se termina nunca. Este catálogo requiere políticas públicas, dinámicas ciudadanas e instrumentos técnicos (urbanísticos, jurídicos, etcétera).

No serán los Estados los que pueden responder a la 'globalización financiera'.  No son fuertes ni conscientes de esta crisis civilizatoria y no saben ni quieren movilizar a las poblaciones urbanizadas

Entre el horizonte radical de Lefebvre y Harvey y las demandas concretas de los catálogos del "derecho a la ciudad" hay una mediación que no es "un modelo alternativo", que tanto gusta a los supuestos de la "nueva política". La democratización de la democracia se avanza mediante las contradicciones del sistema político-económico actual. Se trata de un proceso democratizador desde la articulación de gobiernos democráticos urbano-regionales o ciudades metropolitanas o en red, articulados con las organizaciones y movilizaciones ciudadanas. Lo cual supone limitar el Estado centralista y establecer una nueva relación institucional, no piramidal, sino contractual. Los poderes locales o regionales a su vez serán institucionales y la ciudadanía organizada. El libro Ciudades, una ecuación imposible expone las posiciones complementarias de Harvey y el autor.

La renovación de la política se hará desde la ciudad. No hay un mundo alternativo, la utopía no es un cielo en la tierra, es caminar para hacer ciudad para que todos sean conciudadanos libres e iguales.

Una reflexión con ocasión de Derecho a la ciudad, derecho a la diferencia. Seminario Internacional. Cidob. Noviembre 2018-enero 2019.

Jordi Borja es geógrafo y urbanista. Profesor emérito y presidente del Comité Académico de los estudios oficiales de Máster universitario de Ciudad y urbanismo de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC)

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