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Por qué se rompe Podemos

La decisión de Errejón de lanzar una candidatura propia es una forma de intentar alterar el curso que la formación había tomado en los últimos tiempos

Íñigo Errejón y Pablo Iglesias en el Congreso en 2017. En vídeo, el resumen de la ruptura entre ambos.

Que la fuerza de Podemos está en declive lo refleja incluso la poco sorprendente, por previsible y esperada, última crisis. La decisión de Errejón de lanzar una candidatura propia es una forma de intentar alterar el curso que Podemos había tomado en los últimos tiempos. Y con ello, ensayar respuestas alternativas a los tres dilemas principales que han venido marcando el paso de la formación.

De entrada, un dilema estratégico sobre qué debía ser Podemos y, en consecuencia, a qué electores tenía que dirigirse y con qué mensajes. ¿Debía Podemos conformarse con acabar siendo un partido de izquierda radical, la conciencia crítica del PSOE, una IU modernizada que aspirara a completar mayorías parlamentarias, o, por el contrario, cabía seguir intentando un proyecto de renovación transversal, menos definido ideológicamente y más dispuesto a atraer el espacio moderado que ocupa el socialismo? Tras irrumpir con la segunda estrategia, el Podemos de esta legislatura ha ido asumiendo cada vez más la primera. Frente a eso, Errejón parece adoptar la línea que en otros países han ensayado formaciones progresistas como los Verdes, en un contexto muy distinto al español: desde hace seis meses, la socialdemocracia ha regresado al poder con un proyecto y un liderazgo muy renovado. Recordemos que el éxito de Podemos en 2015-2016 se erigió sobre una potente capacidad de atracción de antiguos votantes socialistas. Desde la moción de censura de junio se había activado un flujo de retorno de esos apoyos.

Además, un dilema organizativo ha ido minando su margen de adaptación a la diversidad territorial de su electorado: ¿debía reforzar la centralización ante las confluencias o mantener su esquema de confederación territorial de las izquierdas? Podemos ha tratado de ir ajustando el control sobre las diversas coaliciones territoriales, a menudo con resultados desiguales y provocando conflictos irresueltos. La lista de Podemos amenazaba con ser una operación más de control del aparato central y Errejón ha decidido romper la baraja. Por eso, su nueva propuesta puede recoger enormes simpatías entre las confluencias autonómicas, tras las fricciones constantes con los cuarteles centrales. Pero de ahí a que estas cambien de bando hay un largo trecho: será necesario que Errejón demuestre que será capaz de derrotar a Iglesias.

Y en ese punto se manifiesta el tercer dilema de Podemos: ¿partido del líder carismático, Pablo Iglesias, o institucionalización, esto es, consolidación de una organización que sobreviva a sus creadores? La elevadísima circulación de los líderes de la nueva política (en cuatro años se han quemado la mayoría de dirigentes nacionales y autonómicos que ha lanzado la formación) parecía favorecer inevitablemente lo segundo. Pero Errejón ha apostado por mantener el principio cesarista en su desafío, fiando sus opciones a la atracción personal que irradie el nuevo proyecto. Aún quedan semanas para que se concrete el alcance de la operación Carmena/Errejón, pero si se resuelve con éxito, la respuesta que Errejón daba a estos dilemas augura que la nueva fuerza será esencialmente distinta a lo que Podemos ha acabado siendo hoy.

Juan Rodríguez Teruel es profesor de Ciencia Política de la Universidad de Valencia.

Este artículo ha sido elaborado por Agenda Pública, para EL PAÍS.

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