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Apariencia y realidad

Hemos asistido a un extraordinario espectáculo de malabarismo político

Teodoro García Egea y Juan Manuel Moreno, del PP, y Javier Ortega Smith y Francisco Serrano, de Vox, durante la firma del acuerdo de investidura.
Teodoro García Egea y Juan Manuel Moreno, del PP, y Javier Ortega Smith y Francisco Serrano, de Vox, durante la firma del acuerdo de investidura.

Los partidos tienen muchos rasgos propios de la infancia. El principal es buscar la gratificación inmediata. Y esta solo la encuentran en el poder. En el poder por encima de la prudencia, que a veces nos dicta la necesidad de incorporar a la decisión consideraciones de más largo recorrido. Pero luego tienen también dos vicios propios de la edad adulta. El primero es el jugar con la dicotomía entre realidad y apariencia. Como decía Maquiavelo, lo que al final importa es lo que se aparenta, no lo que es. Y el segundo es el narcisismo, más presente en los nuevos partidos, enamorados siempre de la imagen que sobre ellos proyectan las encuestas. Al principio cayeron en él Ciudadanos y, sobre todo, Podemos. Ahora le está ocurriendo a Vox.

Esto ha quedado claro en el pacto de gobierno andaluz, donde tanto Ciudadanos como el PP en ningún momento se plantearon alternativa alguna a formar un gobierno, incluso ignorando los costes futuros de hacerlo incorporando a Vox. La voluntad de poder debía ser satisfecha. El niño que llevan dentro exigía el juguete ¡ya! Pero como también tienen alma de adulto y eran bien conscientes de las consecuencias, han hecho una proyección del pacto donde curiosamente “aparentan” que en realidad no han pactado. El PP desde luego lo tiene más difícil después de esas largas negociaciones, pero la forma en la que lo ha vendido es que ha sido una negociación sin concesiones, salvo algunas minucias en las que en todo caso siempre dice haber creído.

Más difícil lo tiene Ciudadanos, interesado en dar a entender que ha llegado al gobierno sin mojarse en nada salvo en sus acuerdos previos con el PP. La inmaculada concepción, se sentará en el gobierno sin el pecado original del apoyo de Vox. O sea, que hemos asistido a un extraordinario espectáculo de malabarismo político. Todas las ventajas del poder sin que ninguno tuviera que ensuciarse las manos.

Lo cierto, sin embargo, es que después de Andalucía se habrá producido una importante mutación de nuestro sistema de partidos. Ya no cabe hablar de un “bloque constitucional” frente al resto. Ahora tenemos dos bloques claramente definidos estructurados en torno al eje izquierda derecha: Podemos y PSOE por un lado, y Ciudadanos, PP y Vox, por otro. Los restos serían los representantes de todos los demás, con el protagonismo de siempre del PNV, que mientras esté Vox en el bloque de la derecha romperá su tradicional carácter de árbitro. Los resultados electorales que vienen nos seguirán ilustrando sobre el devenir de este estado de cosas. Habrá que ver si en algún lugar Ciudadanos se arriesga a pactar con el PSOE, la incógnita fundamental del nuevo mapa político.

La otra es ver qué pueda pasar con Vox. Lo propio del narcisista es la necesidad constante de acaparar la atención. Hasta ahora lo han conseguido con creces, sobre todo después de desvelar su programa. Pero dudo que el pacto vaya a apaciguarlos y reducirlos a comparsas. Seguro que se vuelven contra quienes pretenden ignorarlo.

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