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TRIBUNA i

‘Apolo 8’: el corte del cordón umbilical

La misión del 'Apolo 8', de la que hoy se cumple medio siglo, es menos famosa que la del 'Apolo 11' que pisó la Luna, pero quizá es más relevante porque tuvo el sentido de abandonar por completo el hogar

Los tres astronautas del 'Apolo 8': de ixquierda a derecha, James A. Lovell Jr., William A. Anders, y el comandante, Frank Borman.
Los tres astronautas del 'Apolo 8': de ixquierda a derecha, James A. Lovell Jr., William A. Anders, y el comandante, Frank Borman.

Apollo 8. You are Go for TLI. Over.

Michael Collins radió esta frase a la tripulación del Apolo 8 desde el Control de la Misión en Houston el 21 de diciembre de 1968, cuando habían transcurrido 2 horas, 27 minutos y 22 segundos desde el lanzamiento. Para quien fuera ajeno a las operaciones de vuelo en el programa Apolo, el significado del mensaje podría pasar perfectamente desapercibido como uno más entre otros tantos intercambios operativos salpicados por oscuros acrónimos que dominaban las comunicaciones entre tierra y el Apolo 8. Pero quien entendiera lo que significaban esas comunicaciones, sabía que la frase que encabeza este artículo fue, sin duda, una de las más trascendentes que se hayan enunciado nunca, no solo en la historia de las exploraciones y los descubrimientos, sino en la historia de la humanidad.

El módulo de mando y servicio del Apolo 8 volaba aún unido a la tercera etapa del cohete Saturno V, la S-IVB, y el conjunto se encontraba en órbita alrededor de la Tierra a la espera de recibir la confirmación de Houston para proceder a la Inyección Translunar, Trans-Lunar Injection, o TLI, el encendido de varios minutos con el que el motor de la etapa S-IVB propulsaría a los primeros seres humanos a la Luna “all the way”, en lo que Michael Collins llamó “el corte del cordón umbilical”.

Michael Collins había formado parte de la tripulación titular del Apolo 8 junto con Frank Borman y Bill Anders, pero una inesperada intervención quirúrgica en julio del 68 provocó que su lugar fuera ocupado por Jim Lovell y que él pasara a ser integrante de la tripulación suplente, una en la que el destino había puesto a Neil Armstrong y Buzz Aldrin. Si el futuro no se tornaba caprichoso, la tripulación Borman-Lovell-Anders pronto se convertiría en la primera en abandonar la Tierra para dirigirse a otro mundo mientras que la rotación de vuelos colocaría a la tripulación Armstrong-Collins-Aldrin como la titular del Apolo 11 en la misión en la que los seres humanos pisarían por primera vez otro mundo.

Las misiones Apolo 8 y 11 gozan de una trascendencia histórica cuyo alcance puede entenderse por suponer el principio de la emancipación del ser humano de su mundo de origen, pero cada una de ellas destaca con prominencia en la historia con matices que pueden no resultar obvios en una primera aproximación. El Apolo 11 ha acaparado siempre la atención mediática en mucha mayor medida que el Apolo 8 y su relevancia histórica se percibe por encima de la de esta última de forma incuestionable. Sin embargo, Michael Collins nunca fue partícipe de esta visión. Quien estuvo en el umbral de participar en el Apolo 8 y acabó siendo piloto del módulo de mando en el Apolo 11, apreció que el Apolo 8 albergaba el significado histórico más profundo de las dos.

En varios turnos a lo largo de los algo más de seis días que duró la misión del Apolo 8, Michael Collins sirvió como Capcom, el puesto en el Control de la Misión a través del que se canalizan las comunicaciones de voz con la tripulación para evitar que esta se vea inmersa en el constante tráfico de mensajes que tiene lugar en tierra. El lanzamiento, la breve estancia orbital, el TLI y la separación del módulo de mando y servicio de la etapa S-IVB fueron los hitos que abarcaron las primeras seis horas y media de vuelo en las que Collins ejerció de Capcom, hitos entre los que destacaba el TLI de forma singular. Una vez que en tierra fueron evaluados todos los sistemas del conjunto en órbita para comprobar que habían sobrevivido a los rigores del lanzamiento del poderoso Saturno V, Michael Collins fue quien comunicó a la tripulación ese You are Go for TLI con el que se informaba a Borman, Lovell y Anders de que tenían el visto bueno para abandonar la Tierra, de que todo estaba en orden para proceder a convertirse en los primeros seres humanos en abandonar su mundo de origen. 

La frase que encabeza este artículo fue, sin duda, una de las más trascendentes que se hayan enunciado nunca, no solo en la historia de las exploraciones y los descubrimientos, sino en la historia de la humanidad

Aquel críptico You are Go for TLI que pronunció Michael Collins fue uno de esos mensajes operativos asépticos que escondían significados humanos profundos que en varias ocasiones se dieron a lo largo del programa Apolo. Michael Collins pensó que aquel You are Go for TLI que se transmitía por primera vez encerraba un significado cuyo alcance iba mucho más allá de un anuncio operativo en otra misión espacial. El Apolo 8 iba a la Luna, desprendiendo a un pequeño grupo de seres humanos, a sus compañeros Borman, Lovell y Anders, de la influencia gravitatoria de su mundo de origen, cortando el cordón umbilical con el que todo ser vivo había estado unido hasta ese momento al lugar del Cosmos en el que había evolucionado desde hacía miles de millones de años.

Tras el TLI, la tripulación del Apolo 8 se perdería en el espacio, en el mare tenebrosum de nuestro tiempo, se alejaría de la Tierra, desligándose totalmente de ella para acabar siendo atrapada por la influencia de otro mundo. Cuando la pronunció, Michael Collins fue consciente de lo que significaron su frase y ese momento aquel 21 de diciembre de 1968 del que ya ha transcurrido medio siglo. Fue consciente de la trascendencia de lo que estaba aconteciendo, una trascendencia que para él no residía tanto en el hecho de dirigirse a otro mundo como en el de abandonar el propio.

Michael Collins apreció en el Apolo 8 una epopeya histórica más relevante y trascendente que la del 11 en la que más tarde participó. Todo el mundo podría pensar lo contrario, la prensa y la opinión pública podrían no considerarlo como él, tal vez ni siquiera los historiadores se lo hayan planteado aún; pero el 8, aunque nunca tuvo el objetivo de pisar otro mundo, tuvo el sentido de partir, de abandonar por completo el hogar, el lugar de origen, la cuna; mientras que el 11 lo tuvo de llegar a otro lugar, de imprimir la primera huella humana en un cuerpo celeste virgen, y para Michael Collins tenía un significado más profundo el partir que el llegar.

Se podría llegar a muchos lugares, el futuro del ser humano tal vez estuviera repleto de multitud de mundos destinados a ser lugares a los que llegar… en nuestro sistema solar, tal vez incluso en otros sistemas estelares, quien sabe si en otras galaxias en un futuro que, de llegar a darse, nadie seguro verá en muchas generaciones. Pero solo la desvinculación, el abandono, el partir, era único. Solo el partir podía tener una primera vez. Solo el partir era conceptualmente irrepetible. 

Imagen de la Luna tomada desde el 'Apolo 8'. ampliar foto
Imagen de la Luna tomada desde el 'Apolo 8'.

Michael Collins pensó que aquella ocasión de la que celebramos ahora el 50 aniversario, representó uno de esos momentos notables que definen al espíritu humano en su búsqueda y en su exploración como especie, marcando ahora el hito sublime de romper las ligaduras del mundo en el que había tenido lugar toda su existencia. Como en otros pocos momentos selectos en la historia de la exploración humana, en aquél vivido en el Apolo 8, el momento más épico para él, Michael Collins pensó que de nuevo los seres humanos tuvieron ante sí el reto de enfrentarse a lo desconocido y decidieron aceptarlo como hicieron otros con espíritu explorador cuando se adentraron un poco más que sus congéneres en la sabana, como cuando unos pocos salieron de África hace decenas de miles de años para acabar conquistando el mundo, como cuando otros cruzaron cumbres de nieves perpetuas, cursos de agua imposibles u océanos interminables para alcanzar nuevas tierras, o como cuando otros atravesaron desiertos de hielo para conquistar los polos del mundo. De nuevo, en el Apolo 8, los seres humanos dieron forma al destino de su especie decidiendo afrontar la incertidumbre de un futuro inmediato repleto de riesgos, movidos por un instinto explorador cuya magnitud solo puede desvanecerse cuando el análisis del hecho histórico se limita al contexto de las razones más inmediatas que lo motivaron, pero que se encumbra en la inmortalidad de las grandes gestas de la exploración humana cuando se atiende a su realidad última, a aquella a la que se redujo su intento por desafiar el entorno y emprender la búsqueda, la realidad solitaria de tres hombres que volvieron a tener ante sí la opción de quedarse o partir, y decidieron partir

Roger. We understand, we are Go for TLI

Eduardo García Llama es físico e ingeniero en operaciones espaciales en el Centro Espacial Johnson de la NASA en Houston @EGarciaLlama

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