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El bólido de Tunguska

Durante muchos años, la explosión de Tunguska estuvo envuelta en el misterio, motivo por el cual, la imaginación vendría a suplir la ausencia del rigor científico. El escritor de ciencia-ficción Stanisław Lem contribuiría a ello

Árboles caídos en la región siberiana del río Tunguska, tras la explosión. Esta foto fue tomada en 1929.
Árboles caídos en la región siberiana del río Tunguska, tras la explosión. Esta foto fue tomada en 1929.

Un 30 de junio de 1908, a las 7 y 17 de la mañana, la inmensidad de una bola de fuego iluminó las proximidades del río Podkamennaya Tunguska, en la taiga siberiana. De seguido, la tierra comenzó a temblar y del río se levantaron olas gigantes mientras los vientos sacudían las yurtas (cabañas típicas) como si de un terremoto se tratara.

Para hacernos una idea del calibre del desastre, la energía explosiva se consideró 185 veces más fuerte que la bomba de Hiroshima. El gobierno zarista demostró su interés en presentar la catástrofe como si de una advertencia divina se tratara, un castigo celestial ante la sombra revolucionaria que se cernía sobre el país. No podía ser menos. Cualquier suceso, por muy tremendo que sea, es utilizado siempre a favor de la clase dominante.

Años después, en 1921, con la revolución ya instalada y durante el gobierno de Lenin, el mineralogista ruso Leonid Kulik fue el encargado de dirigir la primera expedición para investigar lo sucedido. Pero las condiciones del terreno limitaron la investigación y el equipo de Kulik tuvo que regresar sin haber alcanzado la zona de la explosión.

En 1927 se pondría en marcha otra expedición, de nuevo, a las órdenes de Kulik. Esta vez los expedicionarios consiguieron llegar hasta la zona afectada, alcanzando el lugar donde las yurtas fueron abatidas y los árboles arrancados de raíz. Los pocos que quedaron en pie lo hicieron desnudos de ramas, como postes de teléfono.

Llevados por un terror sobrenatural, los vecinos creían que lo ocurrido era un castigo divino, una maldición del cielo que había derribado sus hogares, abatido los árboles y matado animales

Al principio, los habitantes de la zona se mostraban reacios a hablar. Llevados por un terror sobrenatural, creían que lo ocurrido era un castigo divino, una maldición del cielo que había derribado sus hogares, abatido los árboles y matado animales. Cientos de renos resultaron muertos.

Aunque no se encontraron rastros, ni tampoco evidencia alguna del cráter del impacto, se especuló con el efecto de un meteorito. Ante la ausencia de señales, Kulik reafirmó su hipótesis apuntando que el meteorito de Tunguska nunca golpeó la tierra. Los renos muertos, las olas en el río y los árboles arrancados fueron el efecto del impacto en la atmósfera; un estallido poderoso que arrasó la zona.

Sin embargo, para la gente que había vivido el desastre todo aquello seguía envuelto en misterio, por lo cual, al no encontrar explicación, la imaginación vendría a suplir la ausencia del rigor científico. Es más, durante años se atribuyó la causa a un platillo volante que se estrelló contra la Tierra.

La versión de la nave alienígena estuvo vigente hasta hace poco. El escritor de ciencia ficción de origen polaco Stanisław Lem contribuiría a ello. Su obra Astronautas (Impedimenta) arranca con el desastre de Tunguska, por causa de “una nave interplanetaria que había llegado a la Tierra tras un recorrido hiperbólico desde las proximidades de la constelación de la Ballena, y que al prepararse para aterrizar había empezado a dibujar una serie de elipses alrededor de nuestro planeta que se iban estrechando cada vez más”, tal y como dejó escrito en el primer capítulo, titulado El bólido siberiano.

Pero a principios de los años 90 se despejaron las incógnitas. Según dieron a conocer las autoridades rusas, un equipo de físicos vino a explicar que se trataba de un meteorito, tal y como apuntó Kulik en su tiempo. Si no quedaron restos fue porque se destruyó a sí mismo con un rayo generado desde el mismo meteorito. Porque cuando un objeto entra a alta velocidad en la atmósfera, se calienta de tal modo que da comienzo la liberación de electrones. De esta manera, al perder electrones va cargándose positivamente, generando una diferencia de potencial que desata su energía en forma de descarga eléctrica. Por eso no se encontraron restos. Tampoco cráter de impacto. El meteorito se consumió en la explosión provocada por él mismo.

Con todo, el esclarecimiento no deja de hacernos sentir inseguros, pues, como sabemos, la probabilidad no es otra cosa que el grado de certeza de que un suceso ocurra, de tal manera que si ha sucedido una vez, podrá volver a suceder. Pero mientras los profetas despilfarran probabilidades, los científicos estiman que meteoritos como el que arrasó las proximidades del río Podkamennaya Tunguska, pueden chocar con la Tierra una vez cada pocos siglos.

Con tal aclaración, no tenemos de qué preocuparnos, en todo caso se tendrían que preocupar las generaciones venideras. Es muy posible que mientras anden ocupados en cuadrar una lista de bodas en un programa de computadora, o en ahorrar para el último modelo de utilitario, o de prótesis inteligente que dispare fotos sólo con recibir la orden por boca de su dueño, una bola de fuego se aproxime hasta sus hogares. Es muy posible.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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