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Por qué jugamos si lo más probable es perder

La evolución dotó a los seres humanos de mecanismos que favorecieron su supervivencia pero pueden impulsarle a tomar decisiones irracionales

Loteria de Navidad 2018
Los juegos con menor espacio entre el inicio del juego y el resultado tienen un mayor potencial de adicción

Dice el tópico que la lotería es un impuesto para la gente que no sabe de matemáticas, pero es probable que quien lo acuñó supiese algo sobre esta ciencia, pero poco del comportamiento humano. El escritor Fiódor Dostoyevski, autor de El Jugador, conocía bien la psicología humana y las probabilidades de ganar en las apuestas, pero no pudo sustraerse a su embrujo. En una carta a su mujer, aseguraba que siempre había odiado el juego, pero cuando recibió cierta cantidad de dinero acudió a jugar con la idea “de aumentar aunque sólo fuera mínimamente [sus] recursos”. “Tenía tanta confianza en ganar algo…”, confesaba. Sin embargo, pronto vio que se engañaba a sí mismo: “ Al principio perdí muy poco, pero cuando comencé a perder, sentía deseos de desquitar lo perdido y cuando perdí aún más, ya fue forzoso seguir jugando para recuperar aunque sólo fuera el dinero necesario para mi partida, pero también eso lo perdí”.

Ser consciente de que el juego existe como negocio porque casi todos pierden puede hacer que no se apueste tanto, pero no impide que muchos sigan haciéndolo, igual que millones de personas en todo el mundo fuman pese a conocer su vínculo con el cáncer. “Por un lado, las personas nos manejamos mal con la probabilidad y el conocimiento a veces no ayuda. Hay personas, como algunos informáticos, que creen que pueden controlar el juego, y por eso se arriesgan más y acaban teniendo problemas”, afirma Mariano Chóliz, catedrático de Psicología Básica de la Universidad de Valencia.

Cuando se celebre el sorteo de la lotería de Navidad, el próximo día 22 de diciembre, de media, cada español se habrá gastado más de 60 euros en lotería. En una costumbre tan extendida se ve la gran cantidad de motivaciones que nos empujan al juego, desde la posibilidad de ganar una cantidad de dinero que nos cambie la vida, al gusto de compartir una tradición con familia y amigos o el miedo a convertirnos en el único pobre de nuestro trabajo. Pero según explica el psicólogo Mark Griffiths, cuando el juego sin consecuencias empieza a tener rasgos patológicos, esa variedad de motivaciones se reducen y, como le contaba Dostoyevsky a su esposa, ganan peso “la preocupación con ganar dinero y reducir las pérdidas”.

Durante mucho tiempo, los psiquiatras consideraban que el juego patológico se parecía más a un comportamiento compulsivo que a una adicción. Según este planteamiento, los adictos acabarían atrapados buscando aliviar su ansiedad y no el intenso placer que se siente cuando se consume una droga como la cocaína. Sin embargo, la investigación ha observado que, en muchos casos, los efectos del juego y de algunas sustancias no son tan diferentes.

Nuestra capacidad para transformar el entorno ha convertido características que nos ayudaron a sobrevivir y prosperar en rasgos peligrosos. La creación de un mundo con comidas hipercalóricas omnipresentes hizo que los apetitos por ese tipo de alimentos, importantes para sobrevivir en entornos de escasez, nos abocasen a la obesidad. Las drogas, y por lo que se sabe ahora, también el juego, aprovecharon el sistema de recompensas que utiliza nuestro cerebro para impulsarnos a buscar comida o sexo. La liberación de dopamina produce un placer que refuerza determinados hábitos, pero el sistema se descontrola cuando la cocaína o las anfetaminas generan cantidades ingentes del neurotransmisor con la consiguiente explosión de placer y, en algunos casos, la necesidad de repetir con frecuencia la operación.

Algunos estudios sugieren que las personas con mayor inclinación a las adicciones tienen un mecanismo de recompensa poco sensible. Esa característica les hace buscar activarlo a través de actividades arriesgadas, como apostar mucho dinero. La relación entre el mecanismo de la recompensa y las adicciones se observa entre las personas con párkinson, una enfermedad que surge por la muerte de las neuronas encargadas de producir la dopamina. Para compensar ese déficit, reciben fármacos que incrementan sus niveles de dopamina y se cree que esa medicación puede estar detrás de la gran cantidad de estos pacientes que comienzan a jugar de forma patológica, entre un 3 y un 6% frente a entre el 0,25 y el 2% de la población general.

Susana Jiménez-Murcia, responsable de la Unidad de Juego Patológico del Hospital Universitario de Bellvitge (HUB), en Barcelona, señala que no todos los pacientes buscan lo mismo en el juego. “Hay personas que juegan en casinos o realizan apuestas online muy arriesgadas en los que el motor sería la búsqueda de placer, pero en el jugador de máquinas tragaperras, por ejemplo, se trataría más de regular estados de ánimo negativos, evitar tristeza, estrés o insatisfacción con la vida”, explica. “Nos movemos a veces en un continuo entre la búsqueda de excitación y otros casos en los que vemos un comportamiento más compulsivo”, añade.

Los juegos, como las drogas o determinados alimentos, no tienen todos el mismo potencial adictivo. “Los juegos pasivos, como la lotería, tienen muy poco potencial adictivo, y luego hay otros, como las máquinas tragaperras, que son el principal problema en España, que son muy adictivas, porque el juego es muy rápido”, indica. Otra de las modalidades que está creciendo y que ya es la principal entre las personas de entre 18 y 30 años son las apuestas deportivas, presenciales u online. Este tipo de juego, no siempre tan inmediato como las tragaperras, tiene su atractivo en que puede jugarse en grupo, como la lotería, y da al jugador la sensación de que puede controlarlo gracias a su conocimiento del deporte y a su pensamiento estratégico.

Pero incluso con los juegos menos adictivos se dan casos de comportamientos patológicos. “Un 10% de las personas que vienen a consulta lo hacen por loterías”, apunta Jiménez-Murcia. Generalmente, se trataba de personas en edad avanzada y, como en otros casos de adicciones al juego, provenientes de entornos sociales desfavorecidos y con bajos niveles de estudio. “Está descrito que personas en situaciones económicas complicadas y con menor nivel de estudios pueden ser más vulnerables a caer en la idea de que el juego te puede arreglar la vida”, afirma. Chóliz considera que las adicciones “no distinguen de clases sociales, aunque si tienes menos dinero es probable que tengas problemas antes”. Un estudio sociológico sobre el juego realizado en Euskadi indicaba que las personas de las personas con bajo nivel socioeconómico acudían más a pedir ayuda para este tipo de adicciones.

Aunque la gran mayoría de la gente puede jugar sin engancharse, Chóliz recuerda que se trata, como el consumo de alcohol u otras sustancias, de una actividad de riesgo, y da un consejo para evitar problemas que habría suscrito el mismo Dostoyevski: “Se puede jugar por si se gana, pero nunca para ganar dinero”.

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