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Por qué Vox es un partido de ultraderecha

El proyecto de Abascal enfatiza el populismo, el nacionalismo y el discurso identitario excluyente

El presidente de Vox, Santiago Abascal, tras conocer los resultados en las elecciones andaluzas, el domingo por la noche en un hotel de Sevilla. En el vídeo, las causas del auge de VOX.

Marine Le Pen se congratuló con el colega Santiago Abascal antes incluso de trascender la victoria de Vox. Era una felicitación preventiva, una premonición que adquirió vuelo con la proeza de los 12 diputados y que simbolizaba la bienvenida al club de la extrema derecha europea. No porque Vox fuera un partido ajeno al magma ultramontano y ultraderechista, sino porque tenía pendiente homologarse en el espacio sagrado de un Parlamento: Vox ya tiene voz.

No cabe argumento más elocuente respecto a la afinidad ideológica y política del partido de Abascal, pero llama la atención la iracundia con que el líder y los simpatizantes de Vox rechazan la etiqueta de la extrema derecha, cuando no hacen otra cosa que definirla con la palabra y con la obra.

Vox es un partido de extrema derecha, en efecto, porque su idiosincrasia se abastece de un modelo nacionalista-confesional que apunta a la supremacía y que se recrea en la retórica identitaria. La discusión del modelo autonómico no obedece tanto a un planteamiento conceptual —el centralismo jacobino frente a la descentralización— como al cuestionamiento de la Constitución y a la evocación de un eje gravitatorio, Madrid, desde el que se vertebra en sentido nuclear la evocación de una España grande y libre, con destellos de autoridad y de ambiciones moralizantes. Abascal y sus costaleros proscriben el aborto y el matrimonio gay, abominan del feminismo y se entrometen en las libertades individuales desde un paternalismo que huele a incienso y cuartel: Dios, patria y familia.

Recela Vox por añadidura de la prensa, cuando no la censura o la expulsa a semejanza de la discriminación de Beppe Grillo. Es un partido que ha logrado apropiarse de la bandera itinerante, provisional, de la indignación, pero las buenas intenciones de sus votantes en el rechazo al sistema y en la frustración a la política convencional no contradicen el énfasis de la retórica lepenista respecto a la nostalgia de la España pulquérrima de antaño y precomunitaria. Una percepción eurófoba y antiglobalizadora que se recrea en los miedos —la inmigración, la media luna musulmana—, en los instintos y en las supersticiones históricas, de forma que Vox se instala en un discurso onanista y antiilustrado cuya inercia sintoniza con la xenofobia excluyente de Salvini (Italia) y con el cristianismo militante de Viktor Orbán (Hungría). Se llama extrema derecha.

La réplica paródica de “España primero”, o los españoles primero, establece una conexión inequívoca con los movimientos populistas en boga, de Trump a Bolsonaro, de Marine Le Pen a Geert Wilder. Abascal carece del carisma y de la telegenia de todos ellos, pero imita su perfil altanero y justiciero en nombre de una exacerbación patriótica, emocional, entre cuyas ocurrencias miméticas ha prevalecido incluso la promesa de un muro impenetrable en Ceuta y Melilla.

Es verdad que el modelo económico de Vox antepone el liberalismo al proteccionismo. Y es cierto que Vox ha aprovechado el recurso específico de la reacción al soberanismo y hasta la exhumación estrafalaria de los restos de Franco, pero las peculiaridades del partido español no discrepan del hábitat ultraderechista, sino que establecen una variedad en la fauna y flora del oscurantismo que aspira a transformar España y a desfigurar Europa.

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