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Dos Europas

Mientras los políticos debatían como si estuvieran en un parlamento tradicional, los ciudadanos percibían que Europa decidía como si fuera un banco central

Reunión en Bruselas para abordar el acuerdo de salida de Reino Unido de la UE el pasado domingo.
Reunión en Bruselas para abordar el acuerdo de salida de Reino Unido de la UE el pasado domingo. EFE

¿A qué queremos que se parezca la UE dentro de 20 años, a un banco central o a un parlamento? ¿A una institución con un mandato bien definido, con expertos cualificados que trabajan aislados del ruido político y que comparten un razonable consenso sobre “lo que hay que hacer”, o a una en la que se debata, se confronten ideas, sus ocupantes estén pendientes de las encuestas, y el poder cambie de manos en función de las elecciones?

En la UE, estos dos modelos conviven hoy en un precario equilibro. Sí, tenemos elecciones, y políticos de izquierda y de derecha que exponen sus diferencias, pero en última instancia las decisiones son presentadas a la ciudadanía como soluciones técnicas a las circunstancias de cada momento.

La crisis económica ha hecho que esta coexistencia estalle en mil pedazos. ¿Cómo decidimos si hay que rescatar a Grecia, a Irlanda o a Portugal, si hay que reestructurar su deuda, o si hay que exigirles aumentos en los impuestos o recortes en las pensiones? ¿Cómo decidimos si necesitamos un seguro europeo de desempleo, o un fondo de garantía de depósitos?

Mientras los políticos europeos debatían sobre estas cuestiones como si estuvieran en un parlamento tradicional, los ciudadanos percibían que Europa acababa decidiendo como si fuera un banco central. Y esto no es sostenible. Si discutimos sobre políticas europeas porque estas generan ganadores y perdedores y como ciudadanos queremos decidir sobre ellas, el modelo del banco central chirría. Si, por el contrario, entendemos la UE como un entramado de expertos con un mandato limitado para resolver cuestiones técnicas y poco divisivas, darles el control de (casi) todas las políticas económicas nacionales es políticamente irresponsable.

Hay dos caminos. Uno es el de resignarnos a que solo estamos preparados para reconocer legitimidad democrática a las decisiones emanadas de mayorías nacionales. Si es así, lo más sensato es seguramente renacionalizar políticas, como propone Barry Eichengreen con la política fiscal, y dejar que la tecnocracia comunitaria se centre en temas para los que exista consenso. El otro camino es más tortuoso, pero es el único compatible con una auténtica unión política. Es el de construir una Europa no atada a unas políticas concretas, sino ideológicamente plural, en la que las propuestas compitan, los líderes se sucedan y los ciudadanos siempre tengan la última palabra.

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