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Villarejo-leaks

La pautada revelación de declaraciones privadas no tiene como finalidad mejorar la democracia, sino para emborronarla, denigrarla y chantajearla

El excomisario José Manuel Villarejo
El excomisario José Manuel Villarejo

Puede un malo ser bueno? ¿Debemos medir la aceptabilidad de las conductas por las consecuencias que producen? Estas cuestiones, ciertamente maquiavelianas, son las que deberíamos suscitar ante la continua y pautada aparición de las Villarejo-leaks, que están sacando a la luz todo un conjunto de declaraciones privadas. Destruyen —o casi— a los que las emitieron, pero, aunque nos duela reconocerlo, sirven para que cobremos conciencia de las torticeras maniobras de algunos de nuestros actores políticos. En otras palabras, son buenaspara la democracia porque nos proveen de mayor transparencia y de elementos de cognición que favorecen un mejor rendimiento de cuentas.

Y, sin embargo, el medio empleado es repugnante; y el fin de quien las desvela refleja justamente lo contrario de lo dicho: no se hace para mejorar la democracia, sino para emborronarla, denigrarla y chantajearla. En esto se diferencian claramente de las Wikileaks, dirigidas en principio a descubrir algunos arcanos de la democracia con el objetivo de hacerla más transparente, aunque al final nos confirmara algo que ya sabíamos, la inmensa hipocresía que acompaña a la acción del poder. El caso de Snowden es más interesante porque al menos nos puso ante los ojos los mecanismos de supervisión que planeaba la NSA estadounidense.

Entre estas leaks y las de Villarejo hay, sin embargo, otra diferencia sustancial. Las primeras encontraron la inmediata simpatía popular y la censura de los gobiernos afectados; las segundas, a parte del morbo inicial, solo generan asco. Excepto, y esto es lo interesante, por parte de quienes creían extraer de ellas beneficios políticos. Quizá sea excesivo decir que se vieran como buenas, pero sí al menos como convenientes para la lucha partidista. Y han servido para que nos confirmemos en el principio de que todo vale con tal de debilitar al adversario.

Es obvio que en política no rigen los constreñimientos propios de los procesos judiciales. Una vez que algo sale a la luz produce automáticamente efectos políticos; aquí, el saber de algo es tiránico, no hay forma de activar el olvido. O, lo que es lo mismo, el daño producido por Villarejo, y el que vendrá, ya son inevitables. Pero sí es exigible la responsabilidad que recae sobre quienes propiciaron que aparecieran estos personajes siniestros, y la necesidad de intervenir los poderes opacos al supuesto servicio de la razón de Estado. Estos, al final, lejos de propiciar la defensa de la democracia, acaban favoreciendo lo contrario.

Porque el verdadero disolvente de la democracia es la sospecha, la ruptura de la confianza, algo que va siempre en aumento. Y esto lo experimentamos no solo respecto de las instituciones. Con eso de las fake, ahora recelamos también de las noticias; e incluso del uso que pueda darse a nuestras actividades en la red. Y, después de Villarejo, ya ni siquiera podemos fiarnos de las apariencias, ni, según el puesto que ocupemos, de si alguien nos está grabando. No se puede vivir ante la sospecha del engaño y la supervisión generalizada. Actuemos.

 

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