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Colonialismo digital

Entre los 20 primeros gigantes de la economía digital no hay ninguna empresa europea

Dave Limp, vicepresidente de Amazon, en la presentación de nuevos productos y servicios basados en inteligencia artificial, el 20 de septiembre de 2018 en Seattle.
Dave Limp, vicepresidente de Amazon, en la presentación de nuevos productos y servicios basados en inteligencia artificial, el 20 de septiembre de 2018 en Seattle. Afp / getty

Los ciudadanos, o peor, los meros usuarios, en Europa (y otros lugares) nos hemos vuelto dependientes de los servicios de Google y/o de Apple, incluidos sus sistemas operativos para móviles —solo cabe elegir entre Android e IOS—, de Amazon, de Facebook y sus subsidiarias, de Microsoft, y cada vez más de Netflix. En unos años, pocos, se han convertido prácticamente en servicios públicos, utilities. Lo es la empresa que ya es mucho más que un buscador, y que este mes de septiembre ha cumplido 20 años. Tanto en tan poco.

Europa, que inventó el colonialismo (no el imperialismo), está colonizada por unas empresas digitales que tienen una nacionalidad, la estadounidense, y un valor bursátil nunca alcanzado antes en la historia: dos de estos casos (Apple y Amazon) han llegado a superar el billón (trillón americano) de dólares, casi el PIB de España. En otros se acercan. Es una colonización agradable y cómoda, pues nos facilita la vida, no sin consecuencias. Ha sido rápida y puede perdurar en una economía digital en la que, como cantara Abba, “the winner takes it all”, el ganador se lo lleva todo. No ocurre en otros sectores, como el automovilístico, la moda, la robótica o la aeronáutica.

De la existencia y apertura del mercado europeo se aprovechan estos gigantes. No obstante, la UE tiene alguna capacidad de influencia

Entre los 20 primeros gigantes de la economía digital, según el Foro Económico Mundial, no hay ninguna empresa europea. Todas son de EE UU o de China. Las cinco mayores, Apple, Amazon, Alphabet (Google), Microsoft y Facebook, son estadounidenses. En los puestos 6º y 7º llegan dos chinas (Alibaba y Tencent). Muchas de ellas se acercan a una situación monopolística, que está siendo sometida a crítica no solo en Europa, sino en el propio EE UU, para empezar por la Administración de Trump, que se siente perjudicada por supuestos sesgos en su contra. Claro que Zuckerberg, presidente de Facebook, se defiende señalando que trocear a los gigantes tecnológicos de EE UU les pondría en una desventaja frente a China.

Y en esa competición estamos. Son estas empresas las que más están invirtiendo en nuevas tecnologías, y especialmente en inteligencia artificial. El país que logre el liderazgo en el desarrollo de la inteligencia artificial será “el amo del mundo”, declaró el año pasado el presidente ruso, Putin. Europa lo comprende bien e intenta recuperar terreno con políticas e insuficientes fondos comunitarios para la investigación y con algunas estrategias nacionales (Reino Unido, Francia, Alemania, Suecia, pero no aún España).

De la existencia y apertura del mercado europeo se aprovechan estos gigantes. No obstante, la UE tiene alguna capacidad de influencia a través de multas: a Microsoft y a Google, por falta de libre competencia, o a Apple, por impago de impuestos. A este respecto, las divisiones internas en la UE (Irlanda y Luxemburgo tienen unos regímenes fiscales mucho más livianos) le restan capacidad de maniobra. Eso sí, Europa ha logrado una capacidad de regulación casi global en algunas materias, como en competencia o en protección de datos con el reglamento GDPR, pero esto no influye en que vayan a surgir gigantes europeos.

El presidente francés, Macron, en un discurso sobre inteligencia artificial, ha defendido la necesidad de lograr una “soberanía digital europea”, pues ningún país de la UE basta por sí solo. Dicha soberanía se ha de plantear no solo frente a otros Estados, sino frente a estas empresas gigantes. En nada está garantizado que sea posible. Hay centros de excelencia en Europa (en España, el Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial en Barcelona), pero nada que se parezca a un Silicon Valley europeo, siquiera en red.

Esta situación empieza a tener consecuencias psicológicas —estos dispositivos y servicios se han convertido en extensión de nuestros cerebros—, políticas y culturales. Es esencialmente a través de estas redes que se manipulan emociones y elecciones, como hizo Cambridge Analytica, pero también los bots rusos en la campaña del referéndum sobre el Brexit. La UE intenta controlarlos, con enormes dificultades. Aunque Netflix también globaliza series europeas y otras, estas enormes plataformas emiten, exportan cultura hacia Europa, si bien una cultura cada vez más carente de valores. ¿Se vaciarán los valores en el mercado global de la mano de estos gigantes? Puede ser en el caso de Occidente. No en China, protegida por su Gran Cortafuegos, a la que varios dirigentes asiáticos acusan de colonialismo. De hecho, el concepto de soberanía digital lo utilizó antes que Macron el presidente chino, Xi Jinping, como elemento central de su política de conectividad global.

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