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La memoria es un país extraño

Los recuerdos pueden ser engañosos y no siempre es fácil distinguir lo verdadero de lo falso cuando se mira hacia el pasado

Coches Trabant en Rostock, en la antigua RDA, en 1990.
Coches Trabant en Rostock, en la antigua RDA, en 1990.

Un viejo chiste comunista contaba que un Trabant, el coche omnipresente en las calles de la antigua República Democrática Alemana (RDA), una especie de cafetera con ruedas de formas cuadradas, se encuentra con un burro en un semáforo. El animal le pregunta al vehículo: “¿Qué eres?”. A lo que este replica: “Un coche”. El burro se ríe y dice: “Sí, ¡y yo soy un purasangre!”. Sin embargo, esos coches eran prácticamente los únicos que circulaban por las calles de la antigua Alemania del Este. La asfixiante uniformidad estética de la RDA está siendo utilizada en una residencia de ancianos de Dresde para mejorar la memoria de pacientes con demencia. El centro ha construido lo que llama dos habitaciones del recuerdo, decoradas para que los pacientes se sientan como si estuviesen todavía en la sociedad comunista, y funciona: el contacto con aquellos objetos de su pasado hace brotar recuerdos perdidos en el pozo de la enfermedad.

Todavía sobrevive en algunos cines una versión cinematográfica de una de las más bellas autobiografías europeas del siglo XX, La promesa del amanecer, de Roman Gary. Nacido como Roman Kacew en una familia judía de Vilna cuando la ciudad formaba parte del Imperio ruso, la vida de Gary fue una gran novela de aventuras: héroe de guerra en la Segunda Guerra Mundial, viajero, diplomático, marido de la estrella de Hollywood Jean Seberg, llegó a inventarse un seudónimo literario, Émile Ajar, con el que triunfó todavía más que con sus propios libros sin que nadie lo detectase hasta su muerte. El problema de La promesa del amanecer es que sus biógrafos consideran que cuenta muchas cosas que no se corresponden con la realidad, aunque su biografía auténtica es tan espectacular como la ficticia. No pudo hacerlo para engordar el relato de su vida, no le hacía falta en absoluto. El motivo es que seguramente se lo había susurrado una memoria que no se correspondía con la realidad.

Poco antes de morir víctima de un tumor, el neurólogo Oliver Sacks publicó un maravilloso artículo titulado Habla, memoria en el que relataba que, según iba envejeciendo, los recuerdos de su infancia iban haciéndose cada vez más nítidos. Hablando con su hermano, le contó que se acordaba perfectamente de la bomba que explotó cerca de su casa en Londres —de pequeño vivió los ataques nazis contra la capital británica—. Pero su hermano le explicó que cuando cayó aquella bomba, él ya había sido trasladado al campo por su seguridad, que se trataba de una historia que siempre se había contado en su familia, pero que Sacks no había vivido. Eso le llevaba a realizar una reflexión sobre la importancia que la ficción —lo que nos han contado o hemos leído— ejerce sobre nuestra vida y explicaba que llega en un momento en que no importa si los recuerdos son verdaderos o falsos porque los dos cimentan nuestra personalidad con el mismo peso y condicionan igualmente nuestros actos.

La memoria es un país extraño: nos dicta en gran parte lo que somos, pero confunde lo verdadero y lo falso. No podemos olvidar que las sociedades también tienen memoria y también se construyen con mentiras que tienen el mismo peso que las verdades. La diferencia es que en ese caso sí tenemos instrumentos para distinguir unas de otras. Deberíamos utilizarlos.

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