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La plaga turística en el avispero de Salzburgo

La ciudad austriaca aloja las contradicciones que alertaron a Mozart, Zweig y Thomas Bernhard

Eclipse de luna en el cielo de Salzburgo, el pasado 27 de julio. Ampliar foto
Eclipse de luna en el cielo de Salzburgo, el pasado 27 de julio. AFP

La transformación más llamativa de Salzburgo en los últimos tiempos de mestizaje cultural concierne a la proliferación de turistas chinos y de mujeres embozadas, extroversión e introversión de una plaga turística cuya ferocidad malogra la ingenua aspiración del cosmopolitismo.

Agradecen los comerciantes la novedad de los sátrapas y de sus esclavas, expresión de un oscurantismo que explica el rechazo a los acontecimientos del Festival, precisamente porque el teatro constituye una de las prohibiciones explícitas de esta absurda, arbitraria y dogmática lectura del Corán. No es tan sencillo acostumbrarse al trajín de nijabs y burkas, menos aún cuando implican una negación de la identidad femenina y una transgresión a la igualdad de derechos que tanto cuesta lograrse en Occidente, entre otras razones gracias a la acotación de la religión en la esfera privada.

Salzburgo fue por añadidura una ciudad de extraordinario poder religioso, unificado en las figura del príncipe arzobispo. Incluido Colloredo, cuya aversión hacia Mozart -y viceversa- precipitó que el genio decidiera instalarse en Viena. Su desencanto hacia el provincianismo y conservadurismo de Salzburgo no le ha prevenido el hostigamiento comercial con que lo vampirizan los mercaderes, pero esta hermosa y contradictoria ciudad ha engendrado mecanismos de repulsa hacia las luminarias que se arraigaron.

El caso de Thomas Bernhard es uno de los más representativos porque hizo de Salzburgo su mayor argumento literario. La "exasperante vacuidad de los salzburgueses" le permitió reunir un memorial exorcista en la dialéctica de la oposición. Bernhard odiaba Salzburgo, pero la necesitaba para vengarse de ella en sus escritos, como prueban sus memorias escalonadas y su resentimiento.

Stefan Zweig, en cambio, decidió instalarse en el monte de los Capuchinos porque Salzburgo le proporcionaba sosiego y tranquilidad. Algunas imágenes en blanco y negro demuestran la felicidad de su refugio bucólico durante 15 años. Impresiona entre ellas la foto en la que aparece junto a James Joyce, aunque son más conocidas sus tertulias "en blanco y negro" con Max Reinhard y Richard Strauss en el asombroso magma de ideas con que Salzburgo abanderó la vanguardia de entreguerras. El régimen nazi se ocupó de reprsaliarla y de escarmentarla. Hubo una pira de libros prohibidos en el inicio del fin, y se le expulsó a Zweig de su casa, censurando por añadidura todas sus obras y constriñéndolo a exiliarse so pena de ejecutarlo en la categoría de los artistas degenerados.

Curiosa la idiosincrasia de una ciudad donde nació Doppler y donde fue proscrito Paracelso. Fue Salzburgo el reino de Karajan y la gruta de la familia Trapp, cuya memoria ha quedado sepultada por la sensiblería de la estomagante película de Robert Wise. Vienen a evocarla millares de turistas. Lo hacen secuestrados en un horripilante tour que recrea las escenas de la limonada rosa y de la boda más rosa aún. Y que sustrae a la candidez de los ingenuos chinos -y de las mujeres árabes embozadas - la evidencia según la cual Himmler se apropió de la mansión de los Trapp para sofisticar el Holocausto y pisotear con sus botas de sangre y de acero la florecilla del edelweiss.

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