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Trumpismo mediterráneo

El último invento de Puigdemont se llama Crida, y representa el intento de subsumir a los dos movimientos independentistas

Cartel con la imagen de Puigdemont durante una protesta en Barcelona.
Cartel con la imagen de Puigdemont durante una protesta en Barcelona. AFP/Getty Images

La capacidad con la que hemos ido normalizando auténticas patologías políticas es curiosa. Parece como si las mentiras deliberadamente construidas, los comportamientos ciudadanos imposibles de descifrar desde conceptos gastados o las frases pronunciadas por los nuevos líderes mesiánicos, hubieran dejado de producirnos perplejidad. Pienso en esa declaración que escuchamos durante el invierno de 2016: “Podría estar en mitad de la Quinta Avenida y disparar a alguien y no perdería votantes”. Su autor es Trump, pero lo de menos es eso. Lo preocupante es el problema latente: el ejercicio de poder de un líder basado en la lealtad acrítica de sus seguidores parece un elemento mucho más incrustado en fenómenos políticos actuales de lo que suponíamos. Esa lealtad más que otra cosa, decía Roger Berkowitz, es lo que explica “la naturaleza esencial de los movimientos de masas”. Y es que el triunfo del trumpismo en Estados Unidos supuso la coronación de un magnate que decía “representar un movimiento como el mundo no había conocido nunca”. La fuerza arrolladora de los movimientos, al contrario que los partidos políticos, consiste en crear una narrativa de sentido basada en una promesa de arraigo que se coloca por encima de la ley, de los principios democráticos e, incluso, de la realidad misma. A la cabeza va el líder, portador supremo de un proyecto existencial dirigido a redimir supuestos agravios históricos, que no se subordina a ningún proceso de revisión deliberativa.

Esa operación por la cual el fraccionamiento plural de cualquier sociedad se diluye en un líder que se permite despreciar la realidad y solo sabe moverse en el registro del mito la encontramos también en Puigdemont. Su último invento se llama Crida, y representa el intento de subsumir a los dos movimientos independentistas, ahora desguazados, para jugar él mismo ese papel de líder-guía único. No necesita explicar sus argumentos partiendo de los hechos, pues le basta la roída coraza de la legitimidad que le otorga “el pueblo”, aquella que le permite encarnar a la nación catalana. Aparece así como el leviatán en cuyo cuerpo se acogen los catalanes, o, si me permiten salir del misticismo, un trumpismo mediterráneo con sede en Bruselas y lazo amarillo. @MariamMartinezB

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