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Un porvenir fundido en rojo

Los incendios de California o de Grecia son una llamada de atención a una sociedad de consumo empeñada en urbanizar y domesticar los bosques

Un bombero se interna en el humo para sofocar el incendio en Lakeport, California.
Un bombero se interna en el humo para sofocar el incendio en Lakeport, California. AFP

Más grandes, más voraces, más graves. Como una relectura del lema que simboliza el espíritu olímpico, los incendios forestales parecen haberse abonado a una competición de estragos en la que se llevan la palma por la espectacularidad, esa que da la justa, y escasa, medida del hombre ante una naturaleza desatada, incontrolable. Decir “incendio de California”, como el que aparece en la foto, en Lakeport, podría sonar igual que “operación salida” u “ola de calor”, o alguno de esos otros clichés informativos del estío. Pero ahí están las llamas de varios metros de altura, cada año mayores, o la épica de titanes que anima a bomberos como este, con jornadas de hasta 30 horas ininterrumpidas dedicadas a proteger casas y personas, para borrar toda tentación de considerar este fuego un déjà vu, o un recurso de imágenes en una etapa de sequía informativa.

Los incendios de California, como el que dejó hace dos semanas más de 90 muertos en Grecia, o los que han inquietado estas semanas a toda Escandinavia, no son un tópico ni un fenómeno cansino, sino una demostración palpable de que el cambio climático, con sus temperaturas anormalmente altas —hasta 52º marcó el termómetro en el californiano Parque Nacional del Valle de la Muerte, según la Organización Meteorológica Mundial—, planea castigarnos cada vez más, y de peor manera, con tornados de llamas y un diluvio de hollín y de cenizas. Condiciones meteorológicas extremas, por encima de todos los récords registrados; un acusado estrés hídrico producido por la creciente demanda, y el corolario de lluvias torrenciales tras el paso del fuego, como la semana pasada en Atenas, interpelan a una sociedad de consumo empecinada en domesticar el paisaje hasta convertirlo en decorado, llenando de casas un pinar, como ha ocurrido en Grecia, con decenas de construcciones, muchas ilegales, en medio de la fronda. Porque si las especies vegetales no son además las indicadas, el efecto multiplicador del fuego se dispara, convirtiendo en teas pavorosas lo que hasta entonces no era más que un pretexto para el solaz y la sombra.

Nada, pues, más lejos de tópicos esdrújulos que un incendio en California. O en Grecia. O en Portugal, o España. Porque nos traen noticias del futuro, de un porvenir fundido en rojo.

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