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¿Cuál es el problema?

Existe un malestar estructural. Hay una fractura en la opinión pública nacional sobre la descentralización

Manifestación en Barcelona el 23 de julio en apoyo a los políticos presos.
Manifestación en Barcelona el 23 de julio en apoyo a los políticos presos. AP Photo

En el conflicto catalán nos sobran las soluciones y nos falta la definición del problema. Tras varios lustros discutiendo remedios, tenemos sobre la mesa borradores para todo tipo de consultas populares y reformas constitucionales. Pero las iniciativas más audaces no funcionarán si no sabemos cuál es la causa de la crisis.

El problema no es la deriva independentista. Pues el referéndum unilateral de autodeterminación fue vendido precisamente como una solución a un problema. Tampoco el Estatut de 2006, que también era una salida a una inquietud de fondo. ¿Cuál?

¿Por qué, en un momento dado, tantos catalanes quisieron aumentar tanto su nivel de autogobierno? Y ¿por qué tantos ciudadanos del resto de España reaccionaron de forma tan negativa (recordemos la recogida de firmas del PP contra el Estatut)? ¿Fueron todos víctimas de políticos manipuladores?

Sin exculpar a unos líderes entre mesiánicos y frívolos, existe un malestar estructural. Hay una fractura en la opinión pública nacional sobre la descentralización. El problema no es que los catalanes prefieran un Estado más descentralizado que otros españoles. Si, en promedio, los catalanes quisieran un nivel de autonomía de 8 (sobre 10) y el resto de 4, podríamos pactar un 6. Así, en cualquier propuesta de solución todos ganaríamos algo.

La dificultad no viene porque tengamos metas distintas, sino porque nos creemos en puntos de partida distintos. Los catalanes creen que el poder está muy centralizado. Argumentan que, a través de leyes generales, el Estado lamina competencias autonómicas, eliminando el margen de discreción para hacer políticas propias. Al contrario, el resto de españoles cree vivir en uno de los países más descentralizados del mundo, porque las autonomías gestionan políticas tan potentes como sanidad o educación. Si a un lado del Ebro sienten una sequía y al otro un diluvio, ninguna solución puede ser aceptada por todos.

Políticos e intelectuales de ambos lados, en lugar de buscar soluciones valientes (y estériles), debemos encontrar una definición común del problema. Antes de persuadirnos, tenemos que informarnos. @VictorLapuente

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