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Rajoy y Sabina

Últimamente, salvando los abismos, hemos visto a dos hombres en las antípodas hacer mutis por el foro tras haber sufrido sendos reveses laborales severos

Joaquín Sabina durante el concierto del pasado sábado en Madrid.
Joaquín Sabina durante el concierto del pasado sábado en Madrid. EFE

Cuando se llevan cinco décadas de vida y diez trienios de curro, se ha visto de todo desfilar ante los iris. Ascensos y caídas. Jóvenes promesas marchitas y viejas glorias reverdecidas. Supuestos inútiles añorados antes de marcharse y presuntos imprescindibles olvidados nada más irse. Y es que del tajo, como de todos sitios, cada uno se va como fue dentro, aunque sea a la fuerza. Así, están los nostálgicos, o soberbios, o resentidos, o faltos de cariño ahí fuera que aprovechan cualquier excusa para volver a recordar viejos tiempos, o a llenar el vacío de sus horas vacuas, o a echarle el sermón a los nuevos. Y están los que no vuelven a acercarse ni a diez kilómetros para no dar la lata, ni pereza, ni mucho menos pena a los que se quedan. No digo que unos sean mejores que otros, solo que haberlos, haylos de las dos clases, y que rezo lo que recuerdo para, llegado el día, ser de los segundos antes que de los primeros.

Últimamente, salvando los abismos, hemos visto a dos hombres en las antípodas hacer mutis por el foro tras haber sufrido sendos reveses laborales severos. Uno, Mariano Rajoy, botado de la presidencia del Gobierno, volviendo al plácido Registro de Santa Pola, donde hasta las playas son tan lisas que los niños pueden meterse un kilómetro sin que les llegue el agua al cuello, tras una legislatura haciendo como que con él no iba la cosa. El otro, Joaquín Sabina, yéndose él solo de su último concierto en Madrid, devorada la voz por la impotencia de no estar a la altura de su público tras una gira dejándose las tripas. Dos maneras de estar en la vida, y en escena, y de abandonarla cuando vienen mal dadas. La razón y la pasión. La paciencia y la angustia. La calma y la tormenta. No digo que una sea mejor que otra, ni más honesta, ni más digna. Solo que la que firma podría morir de tedio leyendo el mejor discurso de Rajoy y que mataría por haber escrito la peor estrofa de Sabina.

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