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Mételos en tu casa

Hay gente que tiene el deber de gestionar su casa y otra que tiene el derecho, con un sentido patrimonial envidiable, de gestionar España

Traspaso de migrantes del 'Aquarius' a las autoridades italianas.
Traspaso de migrantes del 'Aquarius' a las autoridades italianas.

En los últimos veinte años, cada vez que he escrito de inmigración, ya sea en forma de reportaje, entrevista, columna o por señas, he obtenido de muchos lectores una respuesta famosa: tengo que meter a los inmigrantes en mi casa. Antes incluso de irme a vivir solo ya se proponía mi casa como solución política, y aún ahora, que puedo pasar días sin pisarla, se me reclama que entren allí los inmigrantes, ya me dirás tú con qué llaves. Es una respuesta habitual dirigida a aquellos que, cuando vemos desembarcar a decenas de personas desesperadas, deseamos instintivamente que se queden, frente a los que prefieren expulsarlos cuanto antes.

El lepeniano mételos en tu casa, variante del “españoles primero”, tiene un importante componente psicológico. Con él se reclama la participación directa del ciudadano en política no como elector, sino como Estado propio: el discurso ultra, el de los Estados fuertes y naciones imperiales, exige de repente disolver su burocracia en comunidades de vecinos. Choca con otras reacciones tremendas, ya sea el matrimonio entre personas del mismo sexo o el aborto, por citar dos de las que más ira levantaron, cuando la respuesta no era: “Cásate tú que tanto quieres hacerlo", o "que aborten tus hijas si tantas ganas tienen”. Entonces lo que se reclamaba era que no lo pudiese hacer nadie, o sea invadir la intimidad ajena; ahora se trata de que cada uno la explote de acuerdo a su política humanitaria.

Todo esto es muy curioso, pero no todo es tan leve. Mételos en tu casa viene a significar, básicamente, que limpies la calle. Obsérvese la connotación pestífera de la expresión, que elude el sujeto, y la deshumanización que se deduce de ella. No es un discurso nuevo pero sí que, en este siglo, se reproduzca con tanta naturalidad desde el poder. De tal manera que éste, vía Orban, Trump o Salvini, o nuestro Albiol, es aún más duro que muchos de sus votantes, más acostumbrados a introducir cláusulas, adversativas y demás ingeniería lingüística para arrojar el mismo mensaje: que aquí no cabemos todos y que antes de meter a gente nueva hay que procurar el bienestar de los nuestros, siendo ‘los nuestros’ una forma de racismo sutil. Si el racismo, como la muerte, pudiese calibrarse.

“El problema es a largo plazo”, suele ser el discurso más moderado. Un español puede tolerar los males propios durante décadas, pero el bienestar ajeno es escrupulosamente cronometrado. La conclusión es que hay gente que tiene el deber de gestionar su casa y otra que tiene el derecho, con un sentido patrimonial envidiable, de gestionar España, la gobierne o no. Con derecho a pedir fianza.

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