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Un debate subterráneo sobre las nucleares

¿Cómo es posible que las centrales no sean rentables después de los 6.000 millones pagados por los consumidores en costes de transición a la competencia?

Vista exterior de la central nuclear de Almaraz
Vista exterior de la central nuclear de Almaraz

Como en España no suelen suscitarse debates públicos si no es a golpe de exabrupto, es muy natural que la controversia sobre la rentabilidad de las centrales nucleares discurra por el subsuelo de las tertulias económicas privadas y que, esporádicamente, aflore en algún fasto inocuo, tipo juntas de accionistas o seminarios de postín organizados sobre pintorescas generalidades. En la discusión sotto voce, subterránea pero enconada, participan el Ministerio de Energía, defensor de los creyentes en la nuclear, y las compañías eléctricas dividas casi por mitades entre los radicales (hay que cerrarlas porque no son rentables) y otros más moderados que susurran ampliaciones de vida útil o supresión de impuestos específicos (los espolvoreados con espectacular desacierto por el exministro Soria) para mantener sin pérdidas las centrales en operación.

Sin entrar en demasiados detalles, grosso modo, podría decirse que radicales y moderados coinciden en algo: la eclosión de las energías renovables es una competencia imbatible para el coste —y la rentabilidad— de la producción nuclear. De forma aproximada, la comparación sería la siguiente: la electricidad nuclear tendría un coste en torno a los 43 euros Mwh, la generada por gas unos 55 euros y la obtenida por renovables no superaría los 30 euros. En lo que hay consenso es en que el coste variable de la electricidad nuclear es bajo (unos 6 euros Mwh) pero se encarece de forma espectacular cuando se le añaden los costes operativos. Las eléctricas aseguran que la desventaja nuclear no es un invento interesado, sino que está fundamentada en costes auditados. Y exponen (a V. E., es de suponer, cuando se dirijan al ministro) que la depresión del precio causada por las renovables, más las amortizaciones pendientes, más las nuevas inversiones exigidas por razones de seguridad, reducen los márgenes para recuperar los costes. La energía nuclear estaría ya en la cuneta de la historia económica.

Pero hay escépticos que dudan (¿por maldad?) incluso de los balances y de las cuentas auditadas. ¿Cómo se explican, dicen, esos costes y esos precios condenatorios si las empresas que gestionan las centrales recibieron dinero público por importe de hasta 6.000 millones en concepto de costes de transición a la competencia? Un observador distante, pero escéptico, bien podría suponer que las centrales nucleares están hoy más que amortizadas, porque para eso llovió el dinero de los consumidores y que, por lo tanto, los costes presentados deben recibirse, si no con recelo, al menos con precaución. Para disponer de números incontestables, sería conveniente elaborar un ejercicio de contabilidad regulatoria partiendo de los valores netos de los activos a 31 de diciembre de 1997, día en que terminó el Marco Legal Estable, para obtener después el valor residual después de las amortizaciones.

Si las empresas eléctricas, en particular la facción radical procierre, están seguras de su posición, hágase la reconstrucción contable mencionada y a quien Dios se la dé, san Mamés que se la bendiga. Si no hay voluntad de hacerla, por pereza o porque se entiende que los lamentos nucleares tienen por finalidad suprimir los impuestos glacés de Soria, extráigase la producción nuclear del mercado y sométase a regulación. Todo son ventajas si las decisiones son rápidas. Al fin y al cabo, la nuclear es potencia de respaldo muy útil. Lo que está feo es enredar.

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