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Ustedes dirán

No resulta creíble justificar la irrelevancia de España en la esfera internacional

El presidente del Ejecutivo, Mariano Rajoy, al inicio de la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados.
El presidente del Ejecutivo, Mariano Rajoy, al inicio de la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. EFE

No resulta fácil para España hacerse un hueco en los foros o instituciones de relevancia internacional. Cuando lo ha logrado, ya sea en el G-20 o en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, ha sido el resultado de un fuerte impulso político capaz de coordinar el funcionamiento de nuestras estructuras de gobierno con un buen trabajo diplomático. Tampoco ha sido sencillo ganarse un espacio de influencia dentro de la Unión Europea, pero sería injusto ignorar que España lo ha logrado en ocasiones con éxito.

No es, sin embargo, el caso actual. Aunque la crisis económica ha complicado las cosas, no resulta creíble pretender justificar el grado de irrelevancia en esta circunstancia. Todo parece más bien el resultado de una actitud esforzada en el tiempo. No ha sido esta, sin embargo, nuestra tradicional posición en y sobre Europa. Ni tampoco es lo que, entiendo, la Unión Europea espera de España.

Durante mucho tiempo la crítica dirigida a los presidentes de Gobierno se centraba, precisamente, en la forma de ponderar la atención prestada a los asuntos relativos a la mal llamada política nacional frente a una agenda internacional y europea.

En este contexto, la fascinación por la política exterior de quienes han ocupado hasta ahora la presidencia de gobierno parecía despertar en el momento en el que languidecía el atractivo de los asuntos nacionales, motivado en ocasiones por la propia erosión de su figura política. De esta forma, la tradicional disyuntiva entre Soria y Siria quedaba parcialmente superada mediante un equilibrio de dedicación articulado temporalmente en torno al primer o segundo mandato del presidente.

La cuestión adquiere hoy una dimensión de mayor calado ya que difícilmente se pueden gestionar los asuntos internos sin tener presencia e influencia en los asuntos internacionales. Sin embargo, este planteamiento no parece despertar demasiada preocupación en quien asume la máxima responsabilidad.

Más bien cabría pensar que el despacho de los asuntos de gobierno funciona tal que así: Europa, para Emmanuel Macron y Angela Merkel; Siria, para Estados Unidos; Irán, para la Unión Europea si puede con ello; Cataluña, para Llarena y el Tribunal Constitucional; Presupuestos, para el PNV; el sistema de financiación autonómico, ya veremos; la reforma de la Constitución, vaya lío; los jubilados, una zanahoria de las de Montoro; las reivindicaciones de las mujeres, si esperamos un poco igual tenemos suerte y se les pasa...

¿Puede España permitirse un Gobierno que ni se ocupa de los problemas que conforman la agenda nacional, ni dedica tiempo a la internacional y europea? ¿qué hacer cuando ni estamos aquí, ni se nos espera allá? La pregunta desgraciadamente no es retórica. Ustedes dirán cómo ordenamos la respuesta.

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