Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Populismo jurídico

Si ponemos la televisión o abrimos un periódico, todo son noticias de tribunales. Cualquier problema —de Cataluña a Cifuentes— tiene ahora una “vertiente judicial”

Togas y puñetas de varios magistrados en el acto de apertura del Año Judicial, celebrado en la sede del Tribunal Supremo, Madrid.
Togas y puñetas de varios magistrados en el acto de apertura del Año Judicial, celebrado en la sede del Tribunal Supremo, Madrid.

Cuando la izquierda y la derecha usan un mismo término hay que tomarlo en serio. Ocurre con “populismo jurídico”. Progresistas y conservadores coinciden en que la justicia española se deja llevar por los vientos del momento.

La izquierda entiende que jueces y fiscales ejercen un creciente populismo autoritario o antiliberal. Condena de cárcel por una canción de rap, procesamiento por terrorismo a los violentos de Alsasua, delitos de rebelión y prisión preventiva por el procés, etcétera.

La derecha cree que, al contrario, nuestra justicia peca de populismo izquierdista o sindicalista. Los tribunales con frecuencia fallan a favor de los trabajadores en lugar de las empresas. O de los propietarios hipotecados en vez de los bancos.

Es difícil luchar contra esas percepciones concretas. Uno sostiene una creencia —por ejemplo, que la justicia está sesgada hacia un determinado lado— no porque tiene unos datos, sino para sentirse parte de un grupo. No es una cuestión de verdad, sino de identidad.

Pero sí podemos actuar sobre el problema de fondo: la extraordinaria dejación de funciones de la política. Nuestros legisladores han delegado un excesivo margen de interpretación a los tribunales en todo tipo de leyes.

Es una de nuestras tradiciones democráticas más arraigadas. Por ejemplo, en España ha costado alcanzar un consenso básico sobre el aborto porque tanto gobiernos socialistas como populares se acobardaron en distintos momentos. En lugar de plantear desde el principio un debate sobre los plazos —que no se pueden interpretar—, se prefirió hablar de supuestos, como la salud psíquica de la madre —pasando la patata caliente a los jueces—.

El miedo al qué dirán condujo también a nuestros políticos a una regulación barroca del terrorismo. La reforma del Código Penal de 2015 ha dejado tal discrecionalidad a los jueces que hasta cortar una autopista puede ser terrorismo.

Si ponemos la televisión o abrimos un periódico, todo son noticias de tribunales. Cualquier problema —de Cataluña a Cifuentes— tiene ahora una “vertiente judicial”. Por culpa del populismo de nuestros políticos. @VictorLapuente

 

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.