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D´Hondt ha muerto, larga vida a Sainte-Laguë

Bastaría con modificar la fórmula del sistema electoral para tener una gran mejora en proporcionalidad

FOTO: Un colegio electoral en Jerez de la Frontera, el 26-J. VÍDEO: Declaraciones Juan Carlos Girauta e Irene Montero, portavoces de Ciudadanos y Unidos Podemos, tras reunirse en el Congreso.

El sistema electoral español es una obra de orfebrería. Lejos de recurrir a toscos bonos de escaños a la fuerza más votada, se trata de un modelo muy sutil e inteligente en el diseño de sus sesgos.

El sistema español se caracteriza por combinar tres sistemas en uno. Tenemos las provincias de menos de cinco diputados, en las cuales nuestro modelo opera con efectos muy mayoritarios y donde la “España vacía” vale un potosí. La mitad de esas circunscripciones están en las Castillas. Hay una España intermedia en las provincias entre los seis y los nueve escaños. Aunque ahí el sistema mejora su proporcionalidad, la fórmula d´Hondt se afana y sigue primando a los dos más votados. Y, finalmente, una España proporcional con más de diez diputados donde cada partido saca más o menos cada uno lo que le toca.

En paralelo, el sistema electoral fija un mínimo de dos escaños por provincia lo que distorsiona el valor del voto con relación a la población. De ahí aquello de que el lugar de nacimiento decida lo caro o barato que sale ganar un escaño. Y encima, por si fuera poco, el sistema también se acompaña de un sesgo conservador. La razón es que los partidos de derechas son más exitosos donde el sistema conspira con más malicia y por eso las mayorías absolutas del PP han sido históricamente más baratas en votos que las del PSOE.

Este sistema electoral tiende a penalizar a fuerzas pequeñas de voto disperso en favor de los dos principales partidos. Ciertamente, los nacionalistas sacan lo que les toca. Ahora bien, en España los partidos de ámbito estatal deben crecer por encima del 15% nacional o, cuando el sistema apriete al votante, el mal llamado “voto útil” tenderá a empujarlos hacia la irrelevancia. De ahí que sean los dos nuevos jugadores, Podemos y Ciudadanos, tan alejados en otras cuestiones, los que quieran cambiar las reglas.

El manual del buen reformista invita siempre a mantener lo positivo del sistema y corregir lo negativo. Si nuestro sistema ha permitido, pese a sus sesgos, que haya pluralismo, estabilidad y alternancia política, es mejor no estropearlo. Por eso mismo si se quiere mejorar el equilibrio territorial, la proporcionalidad o acabar con las listas cerradas lo ideal es recurrir a ajustes incrementales antes que a un cambio radical de modelo.

Siendo como son las reglas de juego, siempre es deseable que cualquier cambio del sistema se haga con un amplio consenso. En la revisión del voto rogado esto ya se da. Sin embargo, si en otros campos no es posible un acuerdo total, al menos es deseable que la reforma sea factible. Por eso es razonable aceptar el perímetro que marca la Constitución e ir a por una reforma de la LOREG, que sólo precisa una mayoría absoluta.

Esto no supone una merma tan importante en la ambición reformista. La constitución delimita el tamaño del Congreso (entre 300 y 400 diputados), que el sistema debe ser proporcional y que la circunscripción debe ser la provincia. Quitando estos elementos, todo es modificable, y la experiencia de nuestro entorno demuestra que una sucesión de pequeños cambios pueden tener importantes consecuencias.

Con una mayoría absoluta se podría aumentar el Congreso a 400 diputados, reducir el mínimo provincial a un diputado, reemplazar la fórmula d´Hondt por Sainte-Laguë (la más proporcional de todas) y liquidar las listas cerradas. Cambios que en su conjunto mejorarían bastante todos los sesgos anteriores. De trenzarse un acuerdo entre los nuevos partidos con estos cambios entonces sí la pelota pasaría al tejado del PSOE, que en su programa también defiende la reforma y cuyo concurso es imprescindible. Aunque supondría asumir, eso sí, que el mundo del multipartidismo ha venido para quedarse. Un mundo en el que las mayorías absolutas serán más complicadas y los gobiernos de coalición la nueva norma.

Pero ahora viene el secreto. Es cierto que el pobre Victor d´Hondt no tiene la culpa del efecto mayoritario del sistema. La viga maestra es el reducido tamaño de la circunscripción. Ahora bien, en el supuesto de que todas las anteriores cuestiones fueran difíciles de pactar, bastaría con modificar la fórmula para tener una mejora sustancial en proporcionalidad. Sin tocar la cámara o la circunscripción. Sin cambiar los mínimos provinciales. Un acuerdo de mínimos tan sencillo como que los tres partidos cambiaran dos palabras de la nueva ley y declarasen en comunión: d´Hondt ha muerto, larga vida a Sainte-Laguë.

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