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Lazos solidarios: compromiso o postureo

Los políticos catalanes que abrazan el soberanismo lucen una cinta amarilla

El presidente del Parlament, Roger Torrent sale de la sede nacional de Esquerra, adornada con un lazo amarillo.
El presidente del Parlament, Roger Torrent sale de la sede nacional de Esquerra, adornada con un lazo amarillo. EL PAÍS

Los lazos solidarios de colores están de moda. Sujetos a la solapa de una chaqueta o adornando la fachada de un edificio como si de una oriflama se tratara, son un símbolo de solidaridad, que igual sirven para apoyar una causa como para dar aliento a una demanda social, política, ética o religiosa. Los lazos cruzados más habituales están relacionados a menudo con determinadas enfermedades. Según su tono, sus portadores se solidarizan con los afectados por el alzhéimer, el cáncer, el sida o la espina bífida.

Cada empeño lleva su propio color. Reconoce una adhesión, la defensa de un movimiento o la hermandad hacia un colectivo. Identifica al portador como la perenne mosca distingue en pantalla a un canal de televisión. Los periodistas de la pública TVE obsequian a los políticos unos lazos naranjas que lucen en sus comparecencias ante las cámaras para reclamar unos medios públicos independientes, plurales e imparciales. Sin ningún éxito, a tenor del rótulo que estos días identificaba en el Canal 24 Horas a Albert Boadella como “presidente de Tabarnia en el exilio”. “¿Estamos ante una televisión de juguete o ante una televisión del Estado?”, se ha preguntado el consejero de RTVE, Miguel Ángel Sacaluga, que no achaca el letrero de marras a la manipulación sino a la estulticia.

Los independentistas catalanes han optado por el lazo amarillo, el mismo color que se utiliza para la prevención de suicidio, Alerta Ámbar, espina bífida, cáncer sarcoma o síndrome de Down. Los políticos catalanes que abrazan el soberanismo lucieron esta cinta cuando la justicia ordenó la entrada en prisión de los líderes de Òmnium Cultural y la Asamblea Nacional Catalana, Jordi Cuixart y Jordi Sànchez. Quienes respaldan el procés exhiben su inquebrantable adhesión con el tocado amarillo. El expresident Carles Puigdemont lo pasea por Bruselas y los escaños de los diputados encarcelados aparecen a menudo cubiertos por gigantescos listones amarillos.

Simbólico fue también el desfile de abanicos rojos en la gala de entrega de los Premios Goya para denunciar “la situación de desequilibrio” de las mujeres en el mundo del cine. Un total de 1.800 abanicos que también portaron los líderes de PSOE, Podemos y Ciudadanos para unirse a la causa de la igualdad, una reclamación que no alcanzó el impacto de las pegatinas con el “No a la guerra” (de Irak) que salpicaron la ceremonia de 2003, y tampoco logró el eco logrado por las actrices de Hollywood en la gala de los Globos de Oro.

Los símbolos son importantes para contribuir a la visibilidad de un problema, una demanda social o una injusticia. Pero no pueden quedarse en un mero adorno o un ramplón postureo. Exigen que la llamada de atención, el compromiso, la protesta no sean solo estéticas. Detrás de unas manos pintadas de blanco y alzadas al cielo había un poderoso arsenal de valores y sentimientos colectivos.

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