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Elósegui y las vergüenzas del PP

El Gobierno concibe los cargos como canonjías para premiar a los suyos

María Elósegui, jueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en la Facultad de Derecho de Zaragoza.

El nombramiento español para el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha generado ruido, y eso siempre atrae los focos mediáticos. Casi todos han apuntado a la elegida, María Elósegui: sus ideas homófobas, con fundamentos integristas, aportan combustible atractivo para la polémica. Y tanto más al desvelarse que mintió en su currículum; como ya sucedió en 2002 con otra candidata del PP, Margarita Retuerto. Pero el peligro, en estos casos, es que las ramas no dejen ver el bosque. Máriam Martínez-Bascuñán ya apuntó ahí; y, de hecho, las cosas van más allá.

El Gobierno presentó una terna que delata la predisposición patológica a usar estos cargos para sus favores políticos. Pero los planes fallaron por diversos factores, alguno relevante aunque inadvertido, como el escándalo Agramunt. Conviene hacer memoria para el contexto: Pedro Agramunt, senador del PP, presidía por turno la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa —altísimo rango internacional— y fue cazado en un viaje a Siria para reunirse con Al Assad invitado por Rusia. Ya tenía un oscuro background de valedor de Azerbaiyán. La Asamblea exigió su dimisión, pero se atrincheró, de modo que le vaciaron el cargo, un gesto humillante sin precedentes. El PP no reaccionó ni por esas. Esto, como se verá, tendrá importancia.

La mecánica de la elección de juez del TEDH, alejada de la meritocracia en el caso español como ayer analizaba el profesor Sarmiento, se presta a estos enredos políticos. Esta vez se ha superado todo. La terna del tribunal presidido por el Secretario de Estado de Exteriores era precisamente el director de la Asesoría Jurídica de Exteriores, Martín Pérez de Nanclares; el ex presidente del Tribunal Constitucional Pérez de los Cobos, que militó en el PP; y Elósegui, una catedrática del gusto del sector Opus. Pérez de los Cobos era poco viable por los idiomas, aunque el Gobierno no quiso vetarlo: ya se estrellaría allí, imponiéndose Nanclares. En Estrasburgo, el comité del Consejo evaluador de los candidatos antes de pronunciarse la Asamblea en efecto dio 7 votos a Nanclares, 3 a Elósegui y 0 a De los Cobos. Pero aún faltaba el efecto Agramunt. Allí se la tenían guardada al Gobierno español por su bochornoso amparo al senador valenciano. Así que, según entendieron que Nanclares era el candidato del Gobierno, aun presentando el perfil más competente, tenían un aliciente para votar a Elósegui, con su currículum además falseado para ganarse apoyos sin escrúpulos. La izquierda se sumó o picó, una de dos. El final ya se sabe.

Este caso retrata la cultura política española —ahora el PSOE presiona para revocarla, pero enfrente se burlan al grito de ¡disfruten de lo votado!— y muy particularmente del Gobierno del PP y sus groseros abusos institucionales. Concebir los cargos como canonjías para premiar a los suyos trae a la memoria a Soria y el Banco Mundial. El prestigio del país es algo que ni se valora; y a la vista queda el valor que dan al Consejo de Europa o al Tribunal de Derechos Humanos.

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