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Reformas simbólicas

Una Constitución reformada retórica y simbólicamente seguiría siendo incapaz de afrontar muchos de los retos a los que se va a enfrentar la España del futuro

Asistentes al acto de conmemoración del 39 aniversario de la Constitución este miércoles en el Congreso de los Diputados.
Asistentes al acto de conmemoración del 39 aniversario de la Constitución este miércoles en el Congreso de los Diputados. EL PAÍS

La reforma de la Constitución es un fin en sí mismo. Se ha convertido en una reivindicación sin fondo, exclusivamente simbólica, y un aparente compromiso con el progreso y la vanguardia. Muchas de las grandes reformas que necesita España (desde la electoral hasta políticas que ataquen la pobreza infantil, la desigualdad o la precariedad) se pueden hacer con la Constitución actual. La reforma se defiende como un gran acto simbólico y fundacional, que abriría una nueva etapa donde nuevos actores podrían tener su momento épico de protagonismo. Lo importante, al fin y al cabo, para estos líderes, es salir en la foto en un momento histórico.

También es algo que parece que buscan muchos votantes. El argumento de que la Constitución no la votamos los más jóvenes se solucionaría votando de nuevo, aunque los cambios sean mínimos. El politólogo Pablo Simón sostenía en la revista Letras Libres que si cambiar una coma en la Constitución sirve para calmar esos deseos de renovación, hagámoslo, pero que eso no nos haga olvidar que hay cosas mucho más importantes. Acierta Íñigo Errejón en una tribuna en El Confidencial al identificar cuatro brechas existentes en nuestro país: la brecha entre crecimiento y bienestar, la intergeneracional, la territorial y la que hay entre representantes y representados. Y es posible que tenga razón cuando dice que se ha roto el contrato social y que hace falta un “nuevo acuerdo como país”. Pero difícilmente se alcanzará un consenso como el de la Transición, donde todos los españoles querían más o menos lo mismo: Europa, la democracia, la libertad, la modernidad. Y menos si Podemos se niega a formar parte de un debate de reforma de la Constitución en el que esté el PP. La Transición, un mito ya aparentemente desgastado, todavía sigue siendo un ejemplo sobre cómo llegar a acuerdos para que el país “gane autoestima”, que es lo que busca Errejón.

En el debate de la Constitución se da una dicotomía similar a la establecida por la filósofa Nancy Fraser entre “redistribución” y “reconocimiento” en la justicia: hay sectores que necesitan más redistribución socioeconómica, una justicia material, y otros más reconocimiento simbólico. Muchos de los cambios que se piden son estrictamente de reconocimiento: la singularidad catalana, la voluntad de ser y autogobierno de las nacionalidades históricas, la consideración de la España plurinacional. En otras ocasiones, los mismos que se quejan de la invalidez o vacuidad de algunos puntos de la Constitución (derecho a la vivienda, al trabajo, a la salud…) caen en el wishful thinking y piden que se incluyan menciones al feminismo o el ecologismo, como si al nombrar algo lo creáramos. Una Constitución reformada retórica y simbólicamente seguiría siendo incapaz de afrontar muchos de los retos a los que se va a enfrentar la España del futuro. Pero si las reformas simbólicas ayudan y son la antesala de las reformas materiales, como una revisión de la financiación autonómica, bienvenido sea el reconocimiento.

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