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Catalanes: ¿Y si os espera la irrelevancia?

Las palabras de Puigdemont encajan cada vez mejor en espacios de humor mientras los que cuentan dan la espalda a Cataluña

Carles Puigdemont durante la presentación de su candidatura a las elecciones del 21-D en Brujas.
Carles Puigdemont durante la presentación de su candidatura a las elecciones del 21-D en Brujas. EFE

Cuando uno viaja de enviado especial a un conflicto, una de las fuentes más fiables de información es obviamente la cobertura en los buenos periódicos. Por eso la mayor sorpresa que vivió esta periodista al cubrir el proceso de paz en el Ulster fue chocar una y otra vez con la indiferencia de la prensa británica e irlandesa, que dedicaban a los avances y retrocesos pequeñas columnas escondidas o que consagraban a la enésima suspensión del autogobierno un triste faldón en página par. En esos días, líderes del Sinn Fein antes temidos como Gerry Adams o Martin Mc Guinness te recibían con los brazos abiertos y concedían entrevistas que nos parecían suculentas a los periodistas que nos acercábamos a Stormont, el palacio del poder en Irlanda del Norte, como también los líderes unionista como aquel airado reverendo Ian Paisley.

Todos se alegraban de que alguien viniera a escucharles. Porque el eco que encontraban allí era, día tras día, más tendente a cero, en realidad. Y cuando esta periodista preguntaba a los colegas, a ciudadanos corrientes o a familiares de uno y otro bando el porqué de esa indiferencia ante algo tan extraordinario —más tarde mereció el Nobel de la Paz— la respuesta solía ser la misma: “Estamos hartos. Nos han hecho mucho daño”.

Carles Puigdemont también da entrevistas a quien le ponga una alcachofa delante, especialmente a prensa extranjera y la catalana afín. Pero, salvando todas las distancias con el asunto irlandés, sus declaraciones son tan cansinas que cada vez encajan mejor en los programas de humor que en los de información.

La realidad más acuciante es que los turistas empiezan a dar la espalda a Cataluña como antes lo han hecho las empresas y —no nos engañemos— ni unos ni otros estarán deseando volver. Los radares en el mundo global cambian muy fácilmente de orientación, los trenes pasan y lo que se pierde, como el sueño o el amor sin realizar, no se suele recuperar. Pronto emergen otros destinos, terrenos más fértiles para hacer negocios o pasarlo bien y la fidelidad a esos niveles no existe. La atención habrá volado.

Los independentistas prosiguen estos días su lucha dialéctica por aparentar coherencia donde no la hay. O por encontrar un público. Puigdemont y su lista siguen defendiendo que el presidente es él aunque ERC no está muy de acuerdo. A ratos se alinea con la ultraderecha antieuropea y a ratos vuelve a recordar que Europa es su destino en lo universal. Junqueras escribe pobrísimas cartas de amor que solo dan pena o vergüenza ajena y hasta Pilar Rahola decreta que “Europa es una mierda”. A veces las barbaridades ya no encuentran siquiera eco en la prensa.

En estos momentos, alguien en sus filas debería aterrizar y caer en la cuenta de que el siguiente paso a esto es el silencio, la irrelevancia o la indiferencia nacional e internacional. Por aburrimiento, por daño, por dignidad, o porque ya no encontrarán quien les escuche.

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