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Columna
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Socialismo democrático y revolución

Hoy los mejores aliados de la socialdemocracia son Macron y Merkel

Joaquim Coll
El presidente francés, Emmanuel Macron, y la cancillera alemana, Angela Merkel, durante la cumbre de la ONU sobre el cambio climático (COP23) en Bonn (Alemaña), el pasado 15 de noviembre.
El presidente francés, Emmanuel Macron, y la cancillera alemana, Angela Merkel, durante la cumbre de la ONU sobre el cambio climático (COP23) en Bonn (Alemaña), el pasado 15 de noviembre. AFP

Lo que centra la atención del centenario de la revolución rusa —que se inicia en febrero de 1917 con la formación del Gobierno provisional y la abdicación del zar— es el golpe bolchevique de octubre. De ahí nació un régimen de nuevo cuño que duró siete décadas. Tanto para Rusia como para los diferentes pueblos que han estado bajo el dominio de la URSS, la larga dictadura comunista ha pesado como una losa. También sobre la socialdemocracia europea, aunque en otro sentido: el triunfo de la revolución soviética erosionó durante mucho tiempo su identidad, generándole un complejo de inferioridad. En la izquierda occidental, las tesis comunistas disfrutaron, incluso después del reconocimiento de la barbarie estalinista, de una incomprensible superioridad teórica y moral, sobre todo entre los intelectuales. En cambio, los partidos socialistas, que hicieron suyas las reglas de la democracia liberal, se enfrentaron a la acusación de traidores revisionistas.

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Para Eduard Bernstein (1850-1932), figura clave del SPD, la prioridad de la socialdemocracia era atender a los problemas inmediatos, más que a los fines últimos. Aún más, no se debían confundir los medios con los fines. Frente a la ortodoxia marxista, afirmaba que la democracia social era posible acompasando la lucha sindical, el ejercicio del sufragio universal y el reformismo legislativo. “El movimiento es todo, el fin no es nada”, acuñó Bernstein como fórmula. Sin embargo, el relato emancipador de la socialdemocracia ha tenido enormes dificultades para reivindicarse como una vía genuina hacia la igualdad frente a la luz cegadora de la revolución de 1917 y la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial.

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La caída del bloque comunista dio la razón histórica a la socialdemocracia, pero también consagró el modelo neoliberal hasta que en 2007 estalló la crisis financiera y la Gran Recesión. Desde entonces, los partidos socialdemócratas viven atrapados en una paradoja. Su propuesta de “sociedad cohesionada, crecimiento compartido y futuro sostenible” es de alcance universal, pero carece de los instrumentos para hacerse efectiva. Si hace un siglo la socialdemocracia encontró en los estados nacionales el medio para alcanzar las conquistas sociales, desde hace años urge un cambio de paradigma. Si entonces dejó a un lado el horizonte internacionalista, ahora no tiene soluciones a los retos de la globalización y el desarrollo tecnológico dentro de los marcos nacionales. El repliegue soberanista no es más que un vano intento por regresar a un mundo que ya no existe. Por eso hoy los mejores aliados de la socialdemocracia son Macron y Merkel, empeñados en sacar adelante la Unión Europea o en liderar la lucha contra el cambio climático frente a Trump. Sin un cambio de dimensión, sin un marco político europeo será imposible volver sobre el objetivo de la redistribución para combatir la desigualdad. Y esto sí que es revolucionario.

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