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El fracaso del 'mayoritarismo'

El bloque de la mayoría no tiene el derecho absoluto de imponer su voluntad al de la minoría; hay que conseguir consensos sociales antes de introducir cambios políticos

Inés Arrimadas, durante una sesión del Parlament
Inés Arrimadas, durante una sesión del Parlament

En este momento delicado de la crisis de Cataluña, más bien que asumir una u otra bandera del conflicto, quizá merezca la pena dar un paso atrás para plantear la cuestión: ¿cómo hemos llegado a estas alturas y cómo podremos, eventualmente, curar las heridas y divisiones sociales, políticas y económicas que se han producido?  No voy a recorrer la historia intricada del conflicto – eso lo dejo a los historiadores y a los que lo han vivido a primera mano. Pero sí quisiera vislumbrar un aspecto del conflicto que no siempre atrae la atención, precisamente porque se ha normalizado tanto en la política moderna. Me refiero al papel del mayoritarismo como herramienta de cambio social.

La lógica del mayoritarismo es la lógica de la democracia – si 51% de los ciudadanos quieren X, tienen el derecho a X, y los 49% que no, pues que se aguanten, porque viven en una democracia. Esa lógica “democrática” es lo que nos puede llevar a conflictos irresolubles, porque según esa lógica, un bloque mayoritario tiene todo el derecho de imponer su voluntad por encima de un bloque minoritario, y los que se encuentran en la minoría no tienen recursos adecuados para proteger sus intereses y para proteger su sentido de identidad política y cultural contra el proceso “democrático.”

En el caso particular de Cataluña, esta lógica democrática-mayoritarista es el elefante en el cuarto, que casi nadie quiere afrontar. La lógica mayoritarista se aplica en primer lugar cuando los cuidadanos españoles reclaman el derecho de fijar unos límites permanentes al desarrollo político de una de sus regiones. El gobierno español guarda celosamente sus propios poderes y apela al valor de la democracia – de la “voluntad soberana” del pueblo español – para rechazar las repetidas peticiones del gobierno de Cataluña de expandir sus derechos de autogobierno.

Recorrer a la lógica mayoritarista es un modo tradicional de cerrar debates políticos interminables; pero puede bloquear el diálogo y sembrar la división social

Recorrer a la lógica mayoritarista – que muchas veces se esconde bajo una lógica de soberanía popular, o de constitucionalismo - es un modo tradicional de cerrar debates políticos interminables. Pero en el caso de un grupo político que aspira sinceramente al ejercicio de una mayor autonomía política, y que insiste en esta aspiración una y otra vez, con el apoyo de una parte importante de sus compatriotas, el mayoritarismo –aunque expresado en el lenguaje de soberanía y constitucionalismo– no funciona para cerrar el debate, sino para paralizar el diálogo y sembrar la división social y política.

Irónicamente, el gobierno de Cataluña usa la misma lógica mayoritarista y soberanista de su adversario para imponer su propia agenda separatista sobre un grupo muy importante de sus votantes que se oponen al separatismo y que quieren conciliar su identidad española y catalana. Intentar llevar a cabo una revolución constitucional, política, y social, con el apoyo de tan solo 51% de los votantes (podemos asumir 55%, no cambia el punto) es un gran error moral y político.

Es un error moral porque absuelve al político de la responsabilidad de consolidar un auténtico consenso social antes de introducir un nuevo régimen político; es un error político porque conduce a una fragmentación muy dañina de la sociedad, fragmentación que trae consigo la inestabilidad económica, la desconfianza entre ciudadanos, y la deslegitimización del gobierno del nuevo régimen, que inevitablemente pierde la confianza de los que han visto su identidad y sus intereses vulnerados en el nuevo régimen.

Con un poco de imaginación y buena voluntad, seguramente podríamos superar la lógica mayoritarista que absuelve a los políticos de la responsabilidad de tomar en cuenta los intereses y las perspectivas de todos los sectores de la sociedad, no solo de los “suyos.” Ojalá podamos repensar el proceso constituyente para encontrar un modelo más consensuado y multilateral de cambio social y constitucional – dando la debida prioridad a los partidos cuyos intereses y vidas están directamente involucrados en el resultado.

David Thunder es Investigador Ramón y Cajal y autor del libro Citizenship and the Pursuit of the Worthy Life (Cambridge University Press, 2014)

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