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¿Elecciones para qué?

Mientras no se reforme la Constitución, ya sabemos cuál será el final del camino

Hemiciclo del Parlament vacío tras la aprobación de la declaración de independencia.
Hemiciclo del Parlament vacío tras la aprobación de la declaración de independencia. EFE

Fuera del excepcional escenario en el que se encuentra el antiguo Gobierno catalán, el foco debería concentrarse ahora también sobre las próximas elecciones. El alivio sentido ante su inminente convocatoria no puede ocultar la gran cantidad de cuestiones que suscita. La más importante es si va a ser más de lo mismo o si entraremos en un tiempo nuevo, en un replanteamiento de las dinámicas que hasta ahora han marcado la política catalana del último lustro.

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El problema de la situación catalana anterior fue el haber estado sujeto a una cuestión única: conseguir o no conseguir la independencia. Todo otro asunto de naturaleza política se desvanecía detrás de una lógica reducida a mera administración siguiendo más las inercias existentes que el cumplimiento de un programa de acción de gobierno propiamente dicho. La finalidad misma del sistema representativo, la vertebración de intereses e incluso de identidades pasó a un segundo plano. Los partidos independentistas renunciaron a sus muchas diferencias ideológicas en nombre de ese gran fin y colapsaron dentro de un formidable movimiento social, que enseguida se arrogó la “representación” popular; los partidos se diluyeron en el movimiento.

Es en este sentido en el que cabe afirmar que la crisis catalana tiene también un componente indudable de “crisis de representación”. El pluralismo de intereses pasó a homogeneizarse detrás de dos grandes bloques polarizados. No podía ser de otra manera cuando las pasadas elecciones se presentaron como un plebiscito en vez de como una magnífica ocasión para sacar a la luz y conseguir vertebrar la gran variedad de opciones que se abren a la acción política. Predominó la polarización y la correlativa anulación de las diferencias; la homogeneidad intrabloques —particularmente en el independentista— sobre el pluralismo que sin duda anida en el interior de ellos.
¿Vamos a seguir en lo mismo o esta campaña continuará con el excepcionalismo identitario? ¿Va a limitarse a medir las fuerzas de uno u otro campo, o servirá para recomponer los frentes a partir de ofertas plurales distintas de esa lucha existencial entre el sí o el no a la independencia? Sobre todo porque, mientras no se reforme la Constitución, ya sabemos cuál será el final del camino, algo muy parecido a la situación en la que nos encontramos. Pequeñas variaciones aritméticas en el resultado de uno u otro campo no van a resolver la cuestión fundamental, y el supuesto remedio puede acabar agravando la enfermedad hasta hacerla incurable.

Si las elecciones se vieron como un alivio no se debió, sin embargo, a que pensáramos que fueran a cambiarlo todo, sino porque introdujeron una pequeña tregua en una situación de tensión insoportable. ¿No deberíamos aprovechar esa interrupción para detenernos todos a pensar cómo superar la polarización en vez de volver a alimentarla? Para ello habrá que aparcar la pasión y volver a lo más grande de la política democrática, propiciar el pluralismo y disolver el antagonismo.

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