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Muchos no atisban a encontrar una salida del laberinto, cegados por el brillo de triunfadores vanos que confunden éxito con la aerodinámica de un modelo de deportivo

Pablo Alborán en El Hormiguero el pasado mes de septiembre.
Pablo Alborán en El Hormiguero el pasado mes de septiembre. Cordon Press

No importa que seas celebrity, celebrado o el último de la fila, a veces parar, pensar, volver a la esencia, se convierte en el único milagro posible para la vida que nos arrastra o nos imponen. Si Pablo Alborán —ese yerno que cualquier madre quisiera— famoso, halagado y vitoreado, hubo un momento en que no se encontraba a sí mismo, imaginemos qué pasa con el ejército de zombies que cada mañana se dirigen a un edificio de última generación, un taller o al penúltimo restaurante de moda, donde saben cuándo entran pero no cuándo salen. Alborán tenía su piano, su guitarra y su genio creativo para chutarse pildorazos de poesía y ni así consiguió librarse del vacío que inocula la rapidez, tener por tener y vivir sin hacerlo.

Él lo supo reconocer, aunque fuera tras años de vorágine enredado en la fama y la falta de amor casero. Otros muchos no atisban a encontrar una salida del laberinto, cegados por el brillo de triunfadores vanos que confunden éxito y reconocimiento con la aerodinámica de un modelo de deportivo. Alborán volvió a ser Pablo al calor de su casa, de las risas con los suyos y de las miradas cómplices de quienes veían al hombre imperfecto y no al famoso irreprochable.

Hace falta coraje para alejar el miedo a elegir lo sencillo. Qué importa que pocos entendieran a Pablo cuando buscó refugio en las raíces que hicieron de él el artista de las emociones. Como ocurre con la tecnología, resetear y reiniciar el equipo puede ser la salida para sortear el colapso. La vida no es siempre un camino recto. A veces se encuentra en los desvíos.