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En caso de duda, votar

Pero la historia detallará quién les traicionó, quién derribó el Estatut el 6 de septiembre, quién ahuyenta empresas, prestigio y talento

El presidente Carles Puigdemont durante su discurso en el Palau de la Generalitat en Barcelona.
El presidente Carles Puigdemont durante su discurso en el Palau de la Generalitat en Barcelona.

Hay un modo de evitar la hibernación de la autonomía catalana, del derecho constitucional de los ciudadanos a ella y del consiguiente menoscabo en la dinámica descentralizadora de la Carta Magna.

¿Cuál? Que el president Puigdemont aproveche el plazo del Senado para el 155 y convoque elecciones anticipadas, ya. Votar.

Como la autonomía le importa poco (él y los suyos la anularon el 6 de septiembre, al derogar el Estatut) y la Constitución, menos, ¿qué razones prácticas le aconsejarían entrar en razón?

Una es el egoísmo, la supervivencia. La intervención de Cataluña perjudicará los intereses individuales, familiares y tribales de sus propios dirigentes. La tradición convergente de utilizar la Generalitat como espacio de pastoreo para aspirantes a ganapanes fáciles —o corruptos—, seguridad funcionarial de retoños de clases medias en declive y posiciones de dominio no justificado por su valor de mercado, se ha reducido. Pero sigue viva: ¿quién pagaría un sueldo a los Forn, Turull o Forcadell?

Dos, la alternativa de la Declaración Unilateral de Independencia (DUI) resulta pésima. El último Consejo Europeo ha descartado con rotundidad la inanidad de las ya residuales expectativas del Govern de “internacionalizar el conflicto”. El efecto europeo de una DUI sería el vacío más absoluto para Cataluña; nadie la reconocería, como al fin entendió el anterior presidente de la Generalitat.

Tres, la ya estresada y fragmentada sociedad catalana se abocaría al desaliento y la depresión, por culpa de una orfandad de liderazgo catastrófica. Amén de a un empobrecimiento económico lento, pero ya palpable y exponencial. Muchos habrán pecado de ilusos ante las falaces promesas de sus dirigentes, pero no son idiotas, acabarán pasándoles factura.

A la abrumadora mayoría de catalanes partidarios del autogobierno y que tanto pugnaron por recuperar sus instituciones históricas, la intervención autonómica les resulta inquietante. Y en demasiados casos, traumática. Algunos reclamarán la fútil movilización permanente, el suicidio económico, la leña. Pero la historia detallará quién les traicionó, quién derribó el Estatut el 6 de septiembre, quién ahuyenta empresas, prestigio y talento. Nunca es generosa con los empecinados que fracasan.

 

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