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El artificio del relato catalán

El cometido es imposibilitar el diálogo y conquistar lealtades en el miedo y el caos

Oriol Junqueras y Carles Puigdemont
Oriol Junqueras y Carles Puigdemont

Sostenidos en el manejo del lenguaje, existen varios artificios en el relato que aborda la situación de Cataluña dentro del Estado español y que construyen una realidad que alienta el separatismo. Con el intencionado orden de las palabras y la fuerza de la repetición, se ha logrado calar en el discurso colectivo para imponer el mensaje nacionalista, sutil en su planteamiento y radical en su desenlace. Como si se narrara un cuento, cinco de las principales estrategias utilizadas han sido:

En primer lugar, la creación de dos sujetos iguales y confrontados. En el inicio del relato aparecen dos entidades, “Cataluña y España”, lo que enfatiza que el primero no forma parte del segundo, es decir, son entidades semejantes. Convertido en axioma, logra el aspecto identitario y diferenciador del nacionalismo. Acuñan así un “nosotros” y un “ellos” con el que pugnar. También logra erigir a “Cataluña” como una entidad unida, a pesar de que existe una importante polarización social, lo que permite que se acalle y omita de la narración a la mitad de catalanes. Otro imaginario calaría si los sujetos de las oraciones fueran “Cataluña y el resto de España”, pues se integraría la autonomía y la nivelaría con las otras.

Segundo, la restricción espacial. En el relato actual, se habla del “asunto catalán”, con lo que el marco de acción se reduce a Cataluña. Con esta circunscripción se logra excluir del debate y entendimiento al resto de ciudadanos del Estado español y prolonga el desinterés por lo que allí suceda. El alejamiento asienta la pretensión de que la decisión de independencia concierne únicamente a las instituciones catalanas.

Dos protagonistas y muchos secundarios, en tercer lugar. Dentro de esta lógica dicotómica y excluyente, se repite que el conflicto del relato recae en dos actores, la Generalitat y el Ejecutivo (aunque antagónicos, ambos acorralados por la corrupción dentro de sus filas) y se insiste en un “diálogo” a dos bandas. Este guión relega a las Cámaras y le salva de tomar responsabilidades. Sería un relato distinto si el Legislativo (que, por ley, deben autorizar cualquier acuerdo y someterlo a las urnas) asumiera su obligación y legislara —incluso modificara la Constitución— para acordar una solución duradera, desde esa tribuna democrática donde están representados Cataluña y el resto de España con equidad. No sólo el presidente de Gobierno ha elevado el coste de la inacción.

La premisa “la Constitución no me representa” construye un desenlace explosivo. Esta oración simple no necesita más razonamiento

Cuarto, villano y víctima. El 1-O y el 10-O se consumó la desobediencia a la Constitución y se desacataron las decisiones de los tribunales. Pero los roles de verdugo y agredido se invierten según el narrador. En primer lugar, porque los artificios del relato han logrado despojar al Ejecutivo de su primer deber, que es hacer cumplir la ley. En el discurso del separatismo —y sus socios oportunistas— se deslegitima al presidente de Gobierno, junto a su partido político, para justificar las ilegalidades con que se ha realizado el proceso. De esta manera se equipara al “Estado español” con el “gobierno del PP”, una estratagema del lenguaje que logra silenciar a quienes, oponiéndose al PP, defienden la Constitución.

En segundo lugar, porque Rajoy es un personaje complejo en esta narración: quién ha hecho de la aparente pasividad un arma política, aumentó los niveles de victimización del nacionalismo, pues, sea cual sea el relato, la agresión de la policía contra ciudadanos desarmados permanecerá en la retina colectiva. Demostrada la fuerza, volvió a la fría actuación frente a una temerosa declaración de emancipación, lo que desestabilizó al más previsible Puigdemont, portavoz, pero no líder, de una huida hacia delante que implica la ruptura unilateral sin asumir la plena responsabilidad de su rol.

En quinto y último lugar, el giro violento. La premisa “la Constitución no me representa” construye un desenlace explosivo. Esta oración simple no necesita más razonamiento. No requiere que quien la repite señale cuáles son los artículos con los que no comulga. No hay posibilidad de acuerdo. Al anular el pensamiento profundo, se impone la sola voluntad de la minoría que amedrenta y acalla por medio de la violencia. El cometido es imposibilitar el diálogo, neutralizar a quienes piensan y actúan distinto, conquistar lealtades en el miedo y el caos que surge cuando se eliminan las leyes. Dentro de este relato, “las cadenas del 78” tiranizan a “Cataluña”, como sujeto construido en el discurso separatista, sirve para revestir de simbolismo y épica el fracaso de una dudosa declaración de independencia, escrito así, en minúsculas.

Doménico Chiappe es escritor.

 

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