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La vida trágica y lujosa del perro más famoso del mundo de la moda

El compañero más fiel de Yves Saint Laurent en sus años más tempestuosos fue un bulldog francés. Vivió en la opulencia, pero murió desdichadamente

perro yves saint laurent
Moujik IV acudió el 11 de junio de 2008 a la ceremonia en la que las cenizas de su dueño, Yves Saint Laurent, se depositaron en su jardín de Marrakech. Getty

Se llamaba Moujik (que significa "campesino" en ruso), era un bulldog francés y fue, posiblemente, uno de los mayores confidentes de Yves Saint Laurent, el diseñador más influyente del siglo XX. Y lo fue durante la década más turbulenta de la vida del diseñador, los años ochenta. Basta echar un vistazo a cualquier imagen de la vida privada del modisto en aquellos años para encontrar una y otra vez la presencia de aquel perro blanco con manchas negras, patitas cortas y cabeza prominente: encaramado a su escritorio, dormitando junto a las costureras, curioseando entre modelos y tejidos o, simplemente, mirando desafiante a la cámara con un gesto mucho más decidido que su dueño, que siempre fue un tímido irredento.

En la película 'Saint Laurent', el diseñador queda inconsciente tras una noche de drogas. Moujik ingiere accidentalmente un amplio surtido de drogas. Cuando el modisto despierta, Moujik agoniza de sobredosis

“Somos distintos, cada uno a nuestra manera, pero lo importante es que tenemos los mismos gustos”, llegó a declarar Saint Laurent (Ora, Argelia, 1936- París, Francia, 2008). Y añadió: “Por ejemplo, a Moujik le gustan ciertos materiales. No es broma: el sonido del tafetán de seda desenrollándose le pone frenético”.

Hoy, los animales de compañía de las estrellas de la moda comparten fama, fotos de Instagram y hashtags con sus propietarios: Neville, el bull terrier de Marc Jacobs, tiene 208.000 seguidores en su cuenta de Instagram, y la gata de Karl Lagerfeld, Choupette, genera beneficios millonarios al aparecer en campañas publicitarias además de tener una línea de cosmética con su nombre.

Sin embargo, Moujik supo ser un adelantado a su tiempo: su nombre ya se menciona en artículos publicados en los ochenta en publicaciones como AD o The New York Magazine, y en 1986 fue inmortalizado por Andy Warhol en una pintura que, según Saint Laurent (se lo dijo al escritor Edmund White), fue la última obra que el genio del arte pop firmó antes de morir. Una de las versiones de aquella pintura, por cierto, se vendió por 158.500 dólares (134.300 euros) en una subasta celebrada en Christie’s en 2012.

Pero a Moujik le esperaba un final inesperado y abrupto. Según la versión oficial, y la más extendida, no sobrevivió a la picadura de un escorpión en el jardín de Majorelle, la fastuosa propiedad que Yves Saint Laurent y Pierre Bergé, su pareja y socio empresarial, tenían en Marrakech.

"Le gustaba el tafetán tanto como a mí", afirmaba el diseñador, que en la imagen acaricia a Moujik. Getty

Hay otra versión también bastante accidental. En Saint Laurent, una polémica película biográfica que Bertrand Bonello estrenó en 2015, el fallecimiento del can aparecía retratado de un modo mucho más violento. En la película, el diseñador, interpretado por Gaspard Ulliel, queda inconsciente tras una noche de drogas y excesos con su amigo de juergas y amante ocasional Jacques de Bascher (interpretado por Louis Garrel), y Moujik ingiere accidentalmente un amplio surtido de drogas de diseño. Cuando el modisto despierta, Moujik agoniza de sobredosis.

La escena, una de las más violentas e incómodas de la película, enfureció enormemente a Pierre Bergé, responsable desde el fallecimiento de Saint Laurent en 2008 de custodiar el patrimonio del diseñador. Tampoco está claro que la secuencia fuera algo más que una licencia poética de Bonello, porque en ningún otro lugar se describe así la muerte de Moujik.

Lo que sí está claro es que el fallecimiento de su fiel bulldog fue un golpe duro para Saint Laurent en una de las épocas más oscuras y confusas de su vida, durante la espiral de adicciones y episodios depresivos que recreó Bonello en su película. Sea o no verdad todo lo que contaba el largometraje, lo cierto es que en aquellos años el modisto ya había adquirido la costumbre de parapetarse tras un entorno de allegados entre los que estaban sus amigas Loulou de la Falaise y Betty Catroux, pero también Moujik.

Yves Saint Laurent era un hombre de rituales. Siempre trabajaba con una bata blanca, apenas se despojaba de sus inconfundibles gafas de pasta, se inspiraba escuchando a Maria Callas y, al final del día, se evadía del estrés con los juegos de su bulldog. “Cuando estoy paralizado por la angustia, miro a Moujik”, había contado años antes. “Y, después de un día de trabajo, me divierte, me hace sentir bien”.

Yves Saint Laurent en su estudio, en 1982. Esta vez, Moujik se debe conformar con posar a su lado, pero en el suelo.
Yves Saint Laurent en su estudio, en 1982. Esta vez, Moujik se debe conformar con posar a su lado, pero en el suelo. Getty

En una época en que su empresa experimentaba un enorme crecimiento comercial, el equilibrio mental de Saint Laurent era imprescindible. Y el fallecimiento de Moujik era una tragedia en regla para esa misma estabilidad empresarial. Cuando fallece Moujik (a finales de los ochenta), la película de Bonello cuenta cómo Pierre Bergé invierte una cantidad considerable de tiempo y esfuerzos para encontrar un sustituto idéntico con el objetivo de consolar y satisfacer a Saint Laurent.

Lo corrobora la menos ortodoxa de sus biógrafas, Alicia Drake, en una obra de arte del cotilleo del mundo de la moda llamada The Beautiful Fall: “Cada vez que uno de sus bulldogs franceses moría, Yves Saint Laurent pasaba el duelo, compraba otro y le llamaba de nuevo Moujik”. Pierre Bergé se encargaba personalmente de seleccionar los ejemplares de bulldog para que fueran lo más parecidos posibles a aquel Moujik que inició la saga.

Por eso, a partir de los años noventa, en que las alusiones a Moujik se multiplican en textos y testimonios, es complicado adivinar de qué Moujik se habla. Por ejemplo, en un artículo publicado en Vogue en 1994, la periodista contaba cómo, durante una visita al estudio del diseñador, Moujik se había dedicado a mordisquearle metódicamente los tobillos. ¿Era el segundo o el tercer Moujik? Es difícil saberlo.

En 1991 Yves Saint Laurent diseñó su felicitación navideña empleando imágenes del retrato que Andy Warhol había hecho a Moujik.
En 1991 Yves Saint Laurent diseñó su felicitación navideña empleando imágenes del retrato que Andy Warhol había hecho a Moujik.

Moujik (todos los Moujik) tenía carta blanca para jugar en el taller de costura y con el paso de los años se convirtió en una presencia habitual en los retratos que los medios hacían de un diseñador crecientemente huidizo, inaccesible e introvertido. Por el contrario, sí tenemos abundante material de Moujik IV, que vivió los últimos momentos de la vida de su dueño, y estuvo presente también en los actos posteriores.

Hay imágenes que testimonian su presencia, por ejemplo, en la subasta de 2009 en la que Pierre Bergé vendió la colección de arte y antigüedades que él y Saint Laurent habían reunido durante décadas. Mientras los asistentes pujaban por obras de mondrians y picassos, Moujik IV dormitaba entre las butacas bajo la atenta mirada de Philippe Mugnier, el asistente personal y hombre de confianza del modisto. Acudió asimismo a Marrakech con motivo del traslado a Majorelle de las cenizas del modisto.

También estuvo en la inauguración de la placa que el ayuntamiento parisino instaló en el edificio de la Rue Babylone, donde el inventor del esmoquin femenino tenía su apartamento y su biblioteca personal.

Ese fue el mismo apartamento en el que, tal vez sin ser consciente de ello, una estirpe de simpáticos bulldogs se convirtieron en el ansiolítico imprescindible de una de las personalidades más impredecibles (y literarias) de la historia de la moda.

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