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ENSAYO

Nunca hubo un millón

Los convocantes de manifestaciones exageran las cifras de asistentes hasta límites inverosímiles

Marcha sindical en Madrid en 2009, analizada por el programa de Lynce. Se contaron 39.921 personas. Cada zona de color agrupa un millar. 
Marcha sindical en Madrid en 2009, analizada por el programa de Lynce. Se contaron 39.921 personas. Cada zona de color agrupa un millar.  EFE

Los periódicos informaron el 19 de febrero de 1996 de que un millón de personas se habían manifestado en Madrid tras el asesinato del jurista Francisco Tomás y Valiente. El horror, la indignación, la repugnancia, parecían explicar la unanimidad en la cifra y en la falsedad. Pero ni siquiera la lucha contra ETA justificaba una mentira periodística.

Aquella marcha ocupó 95.000 metros cuadrados (7.500 en Sol, 40.000 en Alcalá, 30.000 en Cibeles, 5.000 en Recoletos, 12.500 en Prado y Colón). Cuatro personas por metro cuadrado habrían dado 380.000 manifestantes, pero si el lector hace el ejercicio en su casa verá la dificultad de ese apiñamiento, sobre todo si ha de durar mucho. Y ni con ocho participantes en tan reducido espacio se habría completado la mítica cantidad. Del mismo modo que aquel día no hubo un millón, jamás una aglomeración política ha mostrado una densidad de tal calibre.

El número mágico del millón de personas se citaba también para las demostraciones de adhesión a Franco en la plaza de Oriente de Madrid (la última en vida del dictador, el 1 de octubre de 1975). Pero ese lugar suma sólo 40.000 metros cuadrados. Imposible juntar allí a más de 160.000 personas.

EL PAÍS fue el primer diario español en aplicar un método para medir esas magnitudes (en 1978), que consagró luego en su Libro de estilo. Y consistía precisamente en verificar la superficie ocupada y multiplicarla con un número de personas por metro cuadrado. Los siguientes cálculos resultaron ya impactantes, porque redujeron escandalosamente las cifras.

Por ejemplo, tras una misa en la plaza de Colón durante la visita de Juan Pablo II, el 16 de junio de 1993, Abc tituló: “Más de un millón de personas con el Papa”. El Ayuntamiento del PP calculó 1,3 millones. EL PAÍS consideró sólo 366.156 asistentes, lo que desató acusaciones de manipulación interesada. Esa plaza mide 20.000 metros cuadrados, si bien los asistentes ocupaban también zonas y calles aledañas (en total, 91.539 metros cuadrados). Para resultar cierta la cifra municipal habría sido necesario apiñar a 14 personas por metro cuadrado. Así que no hubo un millón, sino quizás algo más de 100.000 personas.

Entonces se solían suponer cuatro manifestantes por metro cuadrado. Pero ahora sabemos que eso era una exageración y que resultaría más apropiado calcular una media de un solo participante en cada cuadrícula, y aún menos si se hallasen en movimiento. Y sabemos de esa exageración porque entre 2009 y 2011 la empresa española Lynce empleó un sistema de conteo que ella misma había desarrollado y que se basaba en la obtención de fotografías cenitales en altísima resolución (con avioneta, con zepelín o desde pisos altos, dependiendo del caso), que permitían ampliaciones hasta un detalle como para contar cabeza a cabeza; con la ayuda de un programa informático que ponía un número a cada persona que aparecía en ellas. Ese sistema redujo aún más las cifras.

La agencia Efe contrató los servicios de Lynce en 2009, para disgusto de antiabortistas, sindicalistas o de los organizadores del Día del Orgullo Gay (es decir, los convocantes de las principales concentraciones populares de aquel tiempo), que vieron desmentidos sus cálculos por una herramienta inapelable.

Lynce entregaba a Efe las fotografías aéreas con los manifestantes numerados y ponía a disposición de los clientes de la agencia todo el material, con posibilidad de cotejar las fotos, ampliarlas, hacer catas y todo tipo de verificaciones, pero nadie acudió a comprobar nada. Sin embargo, muchos convocantes de protestas cuestionaron el sistema cuando les perjudicaba; sin ofrecer explicación alguna sobre cómo habían calculado a su vez las hinchadas cifras que difundían.

De aquellas mediciones de Lynce precisas y continuadas durante casi tres años se pudo obtener una conclusión clara: casi ninguna concentración superó la media de 0,91 personas por metro cuadrado.

Los datos de esa empresa solían ser aceptados en los medios hasta que se produjo la manifestación que se covocó en julio de 2010 en Barcelona contra los recortes del Estatut decididos por el Constitucional. La cifra mágica del millón de manifestantes volvió a correr en boca de organizadores y participantes, pero la realidad daba otro resultado: el perímetro del recorrido de la protesta abarcó 100.000 metros cuadrados, de los cuales en sólo 68.000 había manifestantes. Las personas asistentes (numeradas cada una con sus dígitos en la cabeza) sumaron 62.000 (tras un redondeo al alza), a las que se aplicó un generoso margen de error del 20% por los participantes que pudieran quedar ocultos bajo los árboles del recorrido. Ello elevó la cifra final a 74.400 personas. Tan lejos de nuevo del “millón” de siempre.

Lynce se sirvió para aquel trabajo de una avioneta con la que tomó 12 fotos en gran resolución, que se cotejaron con otras obtenidas desde 10 grandes alturas de la ciudad a lo largo de todo el recorrido (y no sólo en la cabecera), con dos momentos distintos de medición: a las 19.45 y a las 20.30 (coincidiendo este último con el final previsto de la manifestación, como en otras ocasiones; es decir, cuando se supone que hay mayor número de personas, si bien no se dieron diferencias sensibles entre ambas tomas).

Esos 74.400 manifestantes se convirtieron en 1,2 millones para la Guardia Urbana y en 1,5 millones para los convocantes. Los organizadores y algunos periodistas y medios informativos acudieron entonces a la técnica de presentar lo irrelevante como si fuera relevante, y cuestionaron para la descalificación global la hora en que se obtuvieron las fotografías. Llegaron a decir incluso que se tomaron cuando la manifestación ya había terminado. Sin embargo, los que dudaban de los datos de Lynce no pidieron explicación alguna a quienes facilitaron cifras más abultadas, como tampoco los croquis, fotografías o cuadrículas que les condujeran a su vez a esos cálculos. Ni tampoco los organizadores los difundieron ni explicaron, a diferencia de lo que hizo Lynce.

En cambio, careció de polémica mediática el trabajo que acometió en París esa misma empresa española el 12 de octubre de 2010 (contratada por France-Soir a raíz de la experiencia de Efe) para medir la que se consideró la mayor manifestación sindical contra el presidente Nicolas Sarkozy: los demás medios franceses darían por buenos los datos cuando los conocieron, razonados en detalle: 80.330 manifestantes, lo que suponía 0,318 por metro cuadrado (los sindicatos convocantes habían calculado 330.000 personas). El método fue acogido allí, pues, con respeto y sin conflicto.

En la denominada Vía Catalana del Onze de Setembre de 2013, la entidad Societat Civil se tomó el trabajo (cosa que no hizo ningún medio informativo) de contar uno a uno los participantes en aquella cadena humana, a partir de las 107.000 imágenes de la Gigafoto que se obtuvo entonces por encargo de la Asamblea Nacional de Catalunya a lo largo de los 400 kilómetros del recorrido.

Les llevó tres meses a 20 personas, pero lo consiguieron. El análisis y conteo de todas las imágenes fue tutelado por un catedrático de Estadística de la Universidad de Barcelona (Josep Maria Oller), y el resultado señalaba que participaron 793.683 personas (y no los dos millones que dijo la ANC o los 1,6 millones de la Generalitat). De ellas, 103.311 eran niños.

En la gran marcha del pasado Onze de Setembre de 2017 en Barcelona, la Guardia Urbana calculó, una vez más, un millón de asistentes; y la delegación del Gobierno, 350.000.

Los metros cuadrados que se cubrieron ese día sumaban 161.350, según el dato que publicó EL PAÍS. Eso daría unas 500.000 personas a razón de tres por metro cuadrado y si se considerase que tal superficie estuvo ocupada por completo. No se publicaron fotos aéreas de detalle al estilo Lynce, sino sobre todo panorámicas frontales (y a menudo de zonas cercanas a la cabecera), pero los datos y la experiencia que se han expuesto hasta aquí avalan la hipótesis de que no acudieron más de 160.000 personas.

Un elemento de confusión para quienes hacen cálculos a ojo en las manifestaciones tiene que ver con la perspectiva de la mirada a pie de calle. Lo llamaremos efecto de llegada del pelotón. Vistos de frente, los ciclistas parecen estar en un pañuelo, tocándose los codos y sin que se sepa bien quién ha ganado. Pero la perspectiva del helicóptero los muestra con amplio espacio entre sí, y a veces con cierta ventaja para el vencedor.

No hay tantos corredores por metro cuadrado en esas llegadas masivas. Y lo mismo pasa con las concentraciones humanas. A pie de calle no se ven los huecos, y se obtiene una sensación de una densa multitud. Desde un piso alto, sin embargo, los espacios vacíos saltan a la vista (sobre todo, en zonas alejadas de la cabecera de la marcha); pero luego en los cálculos de los diarios o de los organizadores, esos huecos entrarán también en la multiplicación como si hubiera un manifestante en cada baldosa. O cuatro. O más.

De ese modo se ha ido construyendo durante años una gran falsedad sobre la participación en concentraciones multitudinarias. Pero pocos la cuestionan, pues se corre el riesgo de ser tachado con esos calificativos siempre dispuestos para la ocasión.

Una opinión no vale nada si no va seguida de un argumento. Y, del mismo modo, cualquier cifra de manifestantes carece de validez si no se respalda con un cálculo transparente.

Algún día —mañana mismo, si se quisiera— se sabrá por la geolocalización de los teléfonos móviles cuántas personas se hallan a la vez en una superficie (con algún notario de por medio para evitar nuevas sospechas, y admitiendo asimismo un ligero margen de error). Quizás entonces se compruebe por fin lo difícil que resulta juntar a un millón de manifestantes un mismo día y en un mismo sitio.

Álex Grijelmo dirigió la agencia Efe entre 2004 y 2011; y es responsable del ‘Libro de estilo’ de EL PAÍS desde l990.

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