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En el ojo del huracán: populistas frente a liberales

Lassalle y Errejón deberían discutir sus argumentos rebajando el nivel de abstracción

José María Lassalle, durante la presentación de 'Contra el populismo', junto al ministro Álvaro Nadal.
José María Lassalle, durante la presentación de 'Contra el populismo', junto al ministro Álvaro Nadal. EFE

Hablar, comunicar, debatir. Esa es la esencia de la convivencia pacífica. Lo dice el refranero: hablando se entiende la gente. Y algo así emblemiza, a un nivel superior, el parlamentarismo democrático. El “menos malo de los sistemas políticos” se precia de confrontar, en un espacio lo más respetuoso posible, los diferentes discursos que conviven en una época, con la idea de que tras la confrontación dialéctica, una mayoría cualificada en representación del conjunto de la población tome, en conciencia, la mejor decisión e, idealmente, dé una solución civilizada a los conflictos. Con todo lo cuestionada que está la democracia deliberativa, ahí seguimos.

Viene esta perogrullada a cuento del artículo que acaba de escribir en este medio Íñigo Errejón, en respuesta al trabajo titulado Contra el Populismo, recién publicado por José María Lassalle. Es este un corto ensayo (“breve, ágil y vigoroso”, según el dirigente podemita) en el que Lassalle se enfrenta, utilizando toda su artillería retórica, con el que está considerado, desde el punto de vista liberal, como el gran peligro de nuestra época. Lassalle, hombre elegante, pensador inteligente y liberal convencido, critica desde su posición ilustrada, de un moderantismo inequívoco, el fenómeno populista. Su punto fuerte es su convicción ciega en unos valores que han demostrado, a lo largo de más de dos siglos, una resistencia a prueba de bombas.

Es el suyo un liberalismo, entendido en el sentido más amplio de la palabra, que debe ser ubicado, para su comprensión cabal, en la corriente de pensamiento antiabsolutista que provocó la caída del Antiguo Régimen. Liberalismo político imbricado hasta el tuétano en nuestras democracias actuales, profundamente consensuado y que poco o nada tiene que ver con el liberalismo econocimicista que más bien tendríamos que llamar anarquía de mercado, a juzgar por su funcionamiento, más que otra cosa. La confusión del liberalismo económico con el político ha sido la circunstancia que más daño ha hecho a los liberales en los últimos años. A la hora de rechazarlo, no obstante, conviene no tirar el bebé con el agua sucia del baño, como dicen los franceses.

Frente a esta posición previsible de Lassalle, se ha erigido en campeón de la causa populista Íñigo Errejón, como portavoz de ese núcleo duro intelectual del mundo podemita que, a rebufo de Laclau, entiende el populismo no como algo negativo sino como el momento democrático por excelencia. Ese momento, en las “épocas calientes” ackermanianas a que se refiere Errejón, en el cual un pueblo, insatisfecho con las instituciones incapaces de dar solución a sus demandas, se convierte en actor totalitario de una subversión que aspira a ser fundacional. Plebe usurpando el demos, en términos laclausianos, gracias a la articulación unitaria de los diferentes colectivos en conflicto con la hegemonía neoliberal que, unidos en esa relación de equivalencia (los señores podemitas me corregirán si no he entendido bien), deberían ser capaces de imponer una nueva hegemonía de signo no sé si socialista o popular. Ahí ya me pierdo.

La confusión del liberalismo económico con el político ha sido la circunstancia que más daño ha hecho a los liberales en los últimos años

Y eso es precisamente a lo que iba. Los dos autores citados están de acuerdo en que este, populismo vs. liberalismo, es el gran debate de nuestra época. Y yo, con mis lecturas políticas de autodidacta en esas alturas del pensamiento donde se dirimen las grandes cuestiones históricas, estoy dispuesto a concedérselo, y tengo ganas de presenciar el debate. Y, sin embargo, el problema es que me cuesta horrores entender la postura populista, no por otra cosa sino por el lenguaje tan enrevesado que manejan sus defensores. Falta, me parece a mí, mucha pedagogía.

Adolecen Errejón y los suyos de una oscuridad conceptual vertiginosa. No en balde chupa todo este -llamémosle por su nombre- posmarxismo de las dos jergas más influyentes y oscuras del siglo XX: el psicoanálisis y el propio marxismo, tanto en su vertiente original como en sus sucesivas derivaciones. El resultado es que, estando posiblemente acertados en el fondo de la cuestión, esa parte de razón se desvirtúa por el lenguaje tan tremendamente enmarañado que manejan. No hay sino que echarle un vistazo a los textos del tan cacareado Zizek, pese a sus ejemplos poperos, de engañosa facilidad (los ejemplos, no el pensamiento).

En definitiva, yo quiero que se abra este debate, sí, y quiero ver discutir a autores, como Lassalle y Errejón, familiarizados con los pensadores que están en el ojo del huracán de lo que está sucediendo ahora mismo. Lo único que les ruego, por favor, señores, es que en aras de que podamos entenderles, rebajen su nivel de abstracción y nos hagan inteligibles sus argumentos y reflexiones al común de los mortales. En definitiva, Íñigo, que no he entendido ni la mitad de lo que escribes en tu artículo. ¿Me lo podrías volver a explicar en cristiano?

 José Ángel Mañas es escritor.

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