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Nunca debería ser tarde para hacer política

Ante el desafío independentista no basta con cargarse de razón, hay que ocuparse de las cosas

Algunos autocares de las decenas que llegaron a Barcelona para la manifestación de la Diada.
Algunos autocares de las decenas que llegaron a Barcelona para la manifestación de la Diada.

En uno de sus artículos Rafael Sánchez Ferlosio hablaba del papel que juega el escándalo en la actividad política. Se refería a ese “canónigo repertorio de los no me digas, los estás bromeando, los increíble, inaudito, monstruoso” y toda su “corte de gesticulaciones” con los que, con demasiada frecuencia, los políticos reaccionan ante determinadas cuestiones. Y añadía que, en esas circunstancias, andan como locos para “cargarse de razón”.

Conviene hacer algún matiz. Una parte esencial del trabajo de los políticos es la de sostener con argumentos su discurso y buscar razones que respalden sus decisiones, sus posiciones, sus propuestas. Pero eso no tiene nada que ver con el gesto de rasgarse las vestiduras poco rato después de haberse tomado la molestia de cargarse de razón.

En otro artículo, Ferlosio apuntaba que “el escándalo es una droga que anestesia el sentimiento de nulidad política”. O lo que es lo mismo: si un político se ocupa todo el rato de esconderse tras la retahíla habitual de los increíble, inaudito, monstruoso es que no sirve para nada, pero está tan enfrascado en su encomiable capacidad de escándalo que está convencido de estar cumpliendo con su tarea. Pues no. Toda esa “corte de gesticulaciones” no vale nada.

En política no sirve, no debería servir, el escándalo, el simple y mero cargarse de razón. Sirven, deberían servir, las razones. Pero las razones son solo una parte de la política. En ese guiso intervienen también otros ingredientes que tienen (quizá por desgracia) tanta o igual importancia: las emociones, los intereses —entre los que suelen existir algunos francamente turbios—, la historia de cada cual y la memoria que conserven los otros de sus aciertos y desmanes, las viejas complicidades (o enemistades) entre estos y aquellos y, sobre todo, la voluntad de poder. El querer tomar las riendas, imponer un rumbo, conquistar unas metas.

Hacen bien, en estos momentos, cuantos buscan todos los argumentos para defender la democracia frente al desafío de los independentistas catalanes de saltarse las leyes. Pero es imprescindible que no caigan en la tentación de cargarse de razón. Los políticos tienen la obligación de trabajar, y eso significa no tanto escandalizarse como empezar a construir un marco desde el que se puedan proponer soluciones para resolver cualquier complicación. En el enquistamiento del problema catalán igual todos han terminado por colaborar de alguna manera (el que esté libre de culpa que tire la primera piedra). Como el problema es complejo, los políticos deberían arremangarse ya y empezar a meter las manos en el lodo.

Una última referencia a un tercer artículo de Ferlosio. Avisaba en él del riesgo que existe si se reduce la actividad política a “la huera y redundante contienda entre sujetos”. En ese caso, dice, “su genuino objeto, el trato con las cosas, quedaría abandonado a la incompetencia y al azar”. Nos jugamos mucho. Y no es una batalla entre sujetos: los políticos tienen que ocuparse de las cosas.

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