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Huérfanos de Bolt

El atleta jamaicano siempre ansió convertirse en una leyenda. Esa ha sido su obsesión: luchar por un puesto fijo en la eternidad

Usain Bolt, en los Mundiales de Atletismo de Londres.
Usain Bolt, en los Mundiales de Atletismo de Londres. Getty Images

Durante la ceremonia de entrega de medallas de los 100m de los Mundiales de Londres, Usain Bolt contemplaba con una mirada entre sorprendida y extrañada la presea de bronce que colgaba de su cuello. Su primera medalla de bronce, un metal que no se hizo para él, como tampoco el tercer cajón del podio desde el que escuchó el himno de EE UU en honor de Justin Gatlin, el vencedor de la prueba que el jamaicano había elegido para cerrar una carrera inigualable.

Hubiera sido el final soñado, pero el deporte, como la vida, se resiste a ceñirse a un guion, pese a que su derrota escondiera un cierto ajuste de cuentas muy de película. Le ganó Gatlin, el velocista tramposo, el atleta suspendido por dopaje en dos ocasiones, siempre cuestionado, siempre a la sombra de Bolt.

Detrás del rostro perplejo de Bolt en el podio se esconde la desoladora realidad de que el atletismo se ha quedado huérfano de la estrella que sacó a este deporte de su atonía. Los espectadores llenaban los estadios porque querían ver cómo el de Jamaica desafiaba los límites de la velocidad, haciendo que ganar pareciera algo muy fácil. No les interesaba nada más.

Bolt siempre ansió convertirse en una leyenda. Esa ha sido su obsesión: luchar por un puesto fijo en la eternidad. Sin rival en las pistas —hasta el sábado pasado solo él se había derrotado a sí mismo con una salida nula en la final de los 100m de los Mundiales de Daegu de 2011—, sabía que únicamente un éxito continuado podía encumbrarlo a la altura de sus ídolos: Mohamed Alí y Pelé. Por supuesto, su legado está asegurado y no es necesario recurrir a los superlativos. Bastan sus títulos y marcas. Tres récords del mundo en los 100m; seis de las mejores marcas en esa distancia de toda la historia; único atleta en ganar el oro olímpico tres veces consecutivas en el hectómetro; 23 medallas de oro en esa distancia (11 de ellas, en Mundiales)… Eso sin hablar de los 200m, su prueba preferida.

El chaval enclenque que empezó a correr para comprarle una lavadora a su madre ha tenido que buscarse nuevas motivaciones. Luchar contra sí mismo, contra los límites de su cuerpo y contra los del tiempo, es lo que ha hecho que la figura del jamaicano trascienda de lo meramente deportivo.

Bolt se nos ha ido a todos. Pero en una sociedad que consume mitos a mayor velocidad de la que él mismo corre los 100, ya se habla de sustitutos. No hay pausa para saborear el último adiós del jamaicano. Incluso él mismo ha reclamado en estos días la necesidad de un sucesor, no tanto en lo estrictamente deportivo, sino para mantener la fe en la limpieza de un deporte que se ha consumido en una cascada de escándalos de dopaje.

No obstante, es absurdo hablar de un nuevo Bolt, como nadie habla de un nuevo Alí o un nuevo Pelé. No se puede buscar sustituto a quien es irrepetible. Aún tendremos la posibilidad de disfrutar de su última carrera hoy en los 4x100. Entonces se parará el crono para Bolt. Disfrutémoslo.

 

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