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¿Puede la política hacer entrar en pánico a la Bolsa?

Cada vez que los mercados bursátiles se vienen abajo, los analistas dicen que es por algún acontecimiento inesperado. Pero, ¿es cierta esta teoría?

Marzo de 2003: un ‘broker’ de Londres intenta no perder del todo los nervios ante las fuertes caídas provocadas por la crisis de Irak.
Marzo de 2003: un ‘broker’ de Londres intenta no perder del todo los nervios ante las fuertes caídas provocadas por la crisis de Irak. Getty

2016 fue el año en que las urnas hundieron los mercados de valores. Entre junio y diciembre se sucedieron el Brexit, la elección de Donald Trump y el ‘no’ en el referéndum italiano. Tres resultados electorales inesperados, tres conmociones geopolíticas de gran magnitud que desconcertaron al mundo, generaron una profunda incertidumbre y, en consecuencia, asustaron a los inversores e hicieron que las bolsas se desplomasen. Sí, todos hemos leído esa versión de los hechos. Sin embargo, ni el análisis de la serie histórica de los principales índices bursátiles ni la opinión de la mayoría de los expertos corroboran esta historia.

El analista financiero José Antonio Tamayo lo sintetiza con una frase contundente: “El impacto negativo del referéndum italiano duró apenas media hora, el de la elección de Trump, un par de días, y el del Brexit, un par de semanas”. En los tres casos, fue un impacto negativo muy moderado, casi insignificante si lo ponemos en perspectiva. Es más, en el caso de Trump, a ese par de días de pánico inicial le siguieron meses de euforia bursátil que hicieron que, a mediados de enero, el índice Dow Jones de Nueva York superase los 20.000 puntos por primera vez en la historia.

A mediados de febrero, con el nuevo presidente recién investido, y sin margen todavía para empezar a aplicar su política económica, los analistas empezaban a hablar ya del efecto Trump como algo positivo y The Wall Street Journal acuñaba un titular que luego sería replicado por muchos otros medios de comunicación de todo el mundo: “El dinero ama a Donald Trump”.

“¿Es que acaso a alguien le extraña?”, se pregunta en voz alta el profesor de economía y analista financiero Daniel Lacalle. “Si algo dejó claro Trump durante la campaña electoral es su plan económico, que pasa por una bajada de impuestos, sobre todo en los tramos superiores, y un ambicioso plan de infraestructuras. Estas medidas tienden a aumentar el margen de beneficio empresarial, ¿por qué iban los inversores a acogerlas con hostilidad?”.

Agentes financieros de Chicago, desesperados después de que la Reserva Federal congelara los tipos de interés en 2002.
Agentes financieros de Chicago, desesperados después de que la Reserva Federal congelara los tipos de interés en 2002. Getty

Gonzalo Bernardos, catedrático de economía, coincide, con matices, con el análisis de Lacalle: “Los que teorizaron sobre el desplome bursátil que iba a producirse si ganaba Trump se dejaron llevar por esa tendencia tan actual al buenismo voluntarista, que consiste en confundir la realidad con nuestras expectativas y deseos. Trump les parecía algo tan abominable que daban por sentado que el mundo entero compartiría su análisis y reaccionaría con horror a la victoria de este hombre. Pero no ocurrió. Trump puede ser una pésima noticia para el mundo, y yo así lo creo, pero eso no implica que tenga que ser una mala noticia para las bolsas”.

A los mercados no les preocupa que el inquilino de la Casa Blanca quiera construir un muro entre EE UU y México. Suele preocuparles, tal y como sintetiza Lacalle, “la volatilidad generada por la incertidumbre”. Y el plan económico de Trump no crea incertidumbre. “Tampoco el Brexit”, argumenta Bernardos, “porque lo que de verdad pondría en peligro a la Unión Europea sería un desplome del euro, no la salida de un socio que ha hecho siempre de contrapeso incómodo de las dos locomotoras, Alemania y Francia”.

Para Lacalle, muchas de estas presunciones erróneas sobre el efecto que un acontecimiento geopolítico podría tener en los mercados de valores se deben a lo que él llama “el sesgo de confirmación”, que lleva a los analistas “a identificar falsos catalizadores y encontrar relaciones de causa efecto donde lo más probable es que haya solo correlaciones y casualidades”.

En su opinión, “muchos analistas cometen abusos interpretativos, interrogan a los datos desde su ideología o sus prejuicios hasta que consiguen que les cuenten la historia que quieren oír”. Un ejemplo práctico sería el llamado efecto Macron. Según Lacalle, “la victoria de Emmanuel Macron y la derrota de la extrema derecha en las presidenciales franceses no es lo que ha provocado las dinámicas al alza de las bolsas europeas. Podríamos hablar mejor del efecto Europa, de la forma en que las economías del euro están dejando atrás la crisis y consolidándose en la senda del crecimiento. Pero eso exige un análisis más complejo y desapasionado, es más sencillo atribuirlo todo a un acontecimiento concreto”.

Un ‘broker’ exultante por ser de los pocos que no se arruinó del todo en el batacazo de Wall Street de 1987.
Un ‘broker’ exultante por ser de los pocos que no se arruinó del todo en el batacazo de Wall Street de 1987. Getty

José Antonio Tamayo comparte este escepticismo sobre el efecto de la geopolítica en los mercados. “Mi función como analista financiero”, explica, “es precisamente esa: evitar que mis clientes tomen decisiones erráticas basadas en malas lecturas de determinados datos. Es importante tener en cuenta que el mismo acontecimiento puede afectar de manera muy distinta en función de si los precios están altos o bajos. En el corto plazo, pueden producirse sorpresas, pero el reto de un buen analista es pensar en el medio y largo plazo y hacer una gestión seria y estable del dinero”.

Para Tamayo, parte del equívoco se debe a que “las bolsas están abiertas las 24 horas del día, y el inversor impaciente puede comprobar en tiempo real si sus activos suben o bajan y dejarse llevar por un pánico o una euforia injustificados. Si existiese un mercado de activos inmobiliarios abierto las 24 horas, también veríamos cómo nuestra casa, que suele ser el principal patrimonio de la mayoría de personas, sube o baja de precio, pero no por ello la venderíamos cediendo a un impulso errático, ¿verdad que no? Si la vendemos, será en el momento oportuno y después de haber hecho un estudio sereno y objetivo de la situación”.

Gonzalo Bernardos coincide en que los pánicos bursátiles muy rara vez están justificados. “Sin embargo”, añade, “la perfecta definición de cobarde es quien tiene un millón de euros en el banco, porque le obsesiona conservarlo”. Bernardos aporta un ejemplo ilustrativo: “El desplome de la economía de Malasia en septiembre de 1999 como consecuencia de los problemas de liquidez de su vecino, Tailandia. Nada malo ocurría con la economía malaya, pero los inversores le dieron la espalda porque juzgaron sin mucho fundamento que, al ser primos hermanos, el riesgo de contagio era muy alto”. Se trata de un caso de profecía autocumplida. La catástrofe que anuncian los expertos e intuyen los inversores puede acabar produciéndose como consecuencia de esa intuición y ese anuncio.

Junto a estas líneas, efervescencia y gritos en la bolsa de Melbourne, en febrero de 1970.
Junto a estas líneas, efervescencia y gritos en la bolsa de Melbourne, en febrero de 1970. Getty

Sin embargo, Lacalle considera que situaciones así solo se producen en casos extremos y que el viento de las bolsas muy rara vez cambia de dirección de forma abrupta y sin previo aviso. “Aunque se hable de ‘los mercados’ o de ‘las bolsas’ como si se fueran un todo compacto, casi un organismo vivo, en realidad estamos hablando del resultado de las decisiones individuales de miles de inversores que no se comportan como el coro de Nabuco: ni cantan ni saltan, ni compran ni venden todos al unísono”.

Para Bernardos, “cada inversor tiene sus intereses particulares. Si llevo una larga racha de pérdidas, a lo mejor me interesa comprar y empezar a perfilar una estrategia a largo plazo, pero si acumulo incrementos del valor del 50 %, es difícil que me resista a vender”. Lo que distorsiona estas sencillas reglas tiene que ver, en opinión de Bernardos, “con la compleja interrelación entre factores racionales, como la dinámica general de la bolsa, y psicológicos, como los pánicos y las euforias. Si yo fuese capaz de predecir qué tipo de factores van a pesar más en cada situación llevaría ya unos cuantos años retirado y viviendo en un resort de lujo en las Bahamas”.

Al margen de los resultados electorales y los vaivenes en las políticas económicas, hay otro tipo de acontecimientos a los que suele atribuirse un efecto en las bolsas: los desastres naturales y actos de violencia masiva como guerras o atentados terroristas. Según Bernardos, “huracanes como el Katrina suelen tener un efecto moderado, porque pese a la devastación que causan son sucesos recurrentes y hasta cierto punto predecibles. Un desastre natural que sí tuvo un efecto apreciable sobre los mercados de valores fue el tsunami que causó la fuga radioactiva en Fukushima, pero eso fue porque generó inquietudes por la posibilidad de que Japón abandonase la energía nuclear y eso incidiese en una subida del precio del petróleo”.

Un ‘broker’ de Nueva York hundido en el 19 de octubre de 1987, día en que el Dow Jones llegó a caer 200 puntos.
Un ‘broker’ de Nueva York hundido en el 19 de octubre de 1987, día en que el Dow Jones llegó a caer 200 puntos.

Daniel Lacalle se encarga de desmentir la tesis conspirativa de que las guerras pueden ser incluso positivas para los mercados de valores: “A nivel local, una guerra supone una catástrofe tanto humanitaria como económica. Estoy seguro de que la prima de riesgo de Afganistán debió dispararse durante la invasion norteamericana. A nivel global, en cambio, es lógico que tenga un efecto moderado o nulo si la guerra se produce lejos de los centros de riqueza”.

En cuanto a la pretensión de que guerras como la de Irak de 2003 dinamizaron la economía mundial, Lacalle la considera “un ejemplo de las falacias interpretativas de las que hablaba antes: la bolsa entró por entonces en un periodo alcista que duró hasta 2007, pero eso se debió a causas mucho más complejas y profundas. Coincidió en el tiempo con la invasión estadounidense, pero eso no es más que una casualidad que ha dado pábulo a teorías conspiranoicas sin fundamento”. Puede que el dinero ame a Donald Trump, pero, al menos en opinión de los expertos consultados, no ama la guerra.

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