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Knausgård en la isla de la tregua

El escritor noruego Karl 
Ove Knausgård, en Ystad, 
el pueblo sueco donde vive.
El escritor noruego Karl Ove Knausgård, en Ystad, el pueblo sueco donde vive. Claudio Álvarez

ASISTIR CON tus hijos a un festival literario que ofrece cachaça, sensualidad a raudales y una fiesta en barco cada noche parece una pésima idea y también una escena sacada de un libro de Karl Ove Knausgård: una en la que un escritor que podría ser Karl Ove reconoce que un bebé en un carrito no aporta nada a su vida, ni la enriquece, “al contrario, se pierde algo, una parte de mi yo”. Siempre puedes jugar a encontrar las cinco diferencias entre la vida y la literatura, pero ¿qué ocurre cuando en realidad ves venir a un escritor llamado Karl Ove Knausgård en bermudas, con la mochila a la espalda y de la mano de su pequeño y emocionado hijo Jhon, preparados como noruegos para un paseo en barco en plena jungla? ¿En qué parte de la literatura te coloca eso? Yo, que voy en el mismo barco, con mi bebé de siete meses, pienso que ver a Knausgård en una situación doméstica es como asistir al momento en el que Proust se pierde en una magdalena. Casi te da vergüenza ser testigo de algo así porque ¿cómo vas a contarlo mejor que ellos.

Ver a Knausgård en una situación doméstica es como asistir al momento en el que Proust se pierde en una magdalena.

Nos dirigimos a una isla que podríamos colonizar y bautizar como la Isla de la Paternidad, navegando sobre el mar de Paraty, una ciudad al norte de Río de Janeiro. Mientras los escritores hablan, mi bebé, Amaru, rueda como una pelota por el suelo del barco y yo lo cojo intentando no tirar mi copa de vino. Karl Ove sigue a su hijo –el que siempre está lloriqueando en sus libros–, y yo los envidio porque van a meterse al mar. Son inseparables, salen del agua y se lanzan una y otra vez. Entonces alguien se ofrece a cuidar a mi bebé y me descuelgo sobre el mar. En cambio Karl Ove no descuida un minuto sus obligaciones. Él hace por la familia lo que tiene que hacer, porque lo único que le ha enseñado la vida es “a soportarla”, “nunca a cuestionarla”, “y a quemar en la escritura los deseos generados”. Y sin embargo, esto que está pasando, entre el mar, un padre y un hijo –fuera del barco lleno de escritores–, no tiene nada que ver con los pasajes del tedio doméstico. Me siento confundida, esperaba encontrarme a un tipo superado por su paternidad, arrastrando a un niño caprichoso. Pero ríen. Me doy cuenta de que asisto a la literatura antes de la literatura. Corrientes velocísimas, eléctricas, de agua se cruzan en mi cuerpo. Le pregunto a Karl Ove –­estamos ambos con el mar hasta el cuello– si son medusas. “Claro que lo son”, contesta, “y muerden”, agrega sonriendo. Pero no pican. Luego emergemos de las aguas del mundo y nos adentramos otra vez en la Isla de la Ma/Paternidad. Amaru gatea hacia mí. Karl le sirve un plato de arroz a Jhon. Quizá este momento sea para padres, madres e hijos la tregua, la suspensión del tedio, ese otro lugar, algo parecido a la alegría, como la fiesta de la escritura. Nuestra lucha. Los hijos (fugazmente) en el centro de la existencia.

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