_
_
_
_

La factoría de los cachorros nazis

Una falange de pequeños entusiastas saluda a Hitler en Leipzig, en 1932.
Una falange de pequeños entusiastas saluda a Hitler en Leipzig, en 1932.Álvaro García
Jacinto Antón

Hitler reclutó a los niños y adolescentes alemanes para adoctrinarlos. Un libro analiza cómo funcionaban las Juventudes Hitlerianas, los crímenes de guerra que cometieron y cómo fueron precursores de los niños soldado.

UNA JUVENTUD bajo Hitler no podía ser buena. De 1933 a 1945, los jóvenes alemanes fueron incorporados en masa a la trituradora ideológica y militar del nazismo y muchos se convirtieron en perpetradores de los crímenes del régimen. La complicidad genérica de la juventud de Alemania con su Führer es indiscutible, pero también es verdad que esos chicos y chicas que ofrecieron su alma al perverso dictador, seducidos u obligados, fueron en cierta manera, y en mayor o menor grado según el caso, víctimas. Adoctrinados hasta lo indecible, coaccionados, intimidados, despojados de sus infancias y adolescencias, arrebatados de sus hogares y escuelas, entregados a menudo por sus mismos progenitores al ogro de la esvástica, los jóvenes alemanes fueron utilizados por los nazis, que los convirtieron en sujetos de un atroz experimento social, reservorio de sus ideas abominables y, en última instancia, en carne de cañón para su guerra con el mundo.

Las JH se convirtieron en la única organización juvenil en Alemania a partir de 1936, cuando fueron prohibidas todas las demás.

La principal herramienta empleada por los nazis para apropiarse de los jóvenes alemanes y unificarlos en su credo fueron las Juventudes Hitlerianas (JH), que recibieron el nombre en 1926 a partir de formaciones anteriores, vinculadas inicialmente a las SA (unidades de choque del partido nazi). En las JH sirvieron 9 de cada 10 jóvenes alemanes. De corte paramilitar (con bonitos uniformes –de color negro y mostaza– e insignias propios), estaban destinadas a los chicos de 14 a 18 años. Para los más pequeños, de 10 a 14 años, existía la rama infantil, el Deutsches Jungvolk (DJ), que desembocaba naturalmente en las JH y a cuyos miembros se denominaba pimpfe. En cuanto a las chicas, existía la sección femenina de las JH, la Liga de las Muchachas Alemanas, con su propia rama para las niñas. Todas vestían falda azul marino y camisa blanca, muy à la mode, según el gusto nazi, y peinaban trenzas o moños.

Una de las chicas más famosas salidas de las JH fue Irma Grese, la Bella Bestia, la terrible guardiana de campos como Ravensbrück, Auschwitz y Bergen-Belsen. Las JH se convirtieron en la única organización juvenil en Alemania a partir de 1936, cuando fueron prohibidas todas las demás. La afiliación pasó a ser obligatoria por ley en 1939 para todos los adolescentes de edades comprendidas entre los 10 y los 18 años. De las JH, que pasaron de los 100.000 miembros cuando Hitler asumió el poder (1933) a los dos millones a finales de 1933 y 5,4 millones en diciembre de 1936, se salía ya para ingresar en el partido (nazi), al Frente Alemán del Trabajo, a las tropas de asalto o a las SS (principal organización militar, policial y de seguridad del Reich), o al servicio en las Waffen-SS (cuerpo de combate de élite de las SS) y la Wehrmacht (Ejército). A comienzos de 1939, el 98,1% de los jóvenes alemanes pertenecían a las JH. Entre los que escaparon de sus garras, con grave riesgo, pues había fuertes sanciones (se recurrió a Heinrich Himmler y su policía y SS para hacer cumplir el servicio), figuraba el que luego sería escritor y premio Nobel de Literatura Heinrich Böll, con 16 años en 1933. En cambio, otro autor y también premio Nobel, Günter Grass, hizo un recorrido clásico completo: pimpfe a los 10, auxiliar de antiaéreo a los 15 y artillero de carro de combate de las Waffen-SS a los 17.

Nuestra mirada se posa sobre esos jóvenes a menudo con una desasosegante ambivalencia. Nos espantan y repelen las imágenes de multitudes juveniles vociferantes entusiasmadas ante el líder, alineadas en orden militar, desfilando con marcial arrobamiento, cantando con endemoniada pureza (como en la icónica e impresionante escena del Tomorrow Belongs To Me del filme Cabaret); los más fanatizados, incorporados al combate en las divisiones mecanizadas de élite o a la lucha política y racial: la juventud que quema libros, acosa y maltrata –y hasta asesina– a los oponentes y a los judíos en las calles (o en los campos de concentración), denuncia a sus propios vecinos e incluso a sus padres a la Gestapo, que ese sí es un conflicto intergeneracional. La otra cara es la de la foto (que fue portada de Life) del soldado de 15 años, embutido en un capote demasiado grande, llorando como lo que es, un niño, tras su captura en 1945 por los estadounidenses. O la de los 20 soldaditos condecorados con la Cruz de Hierro, uno de ellos un “pequeño héroe” (así lo bautizó la propaganda) de 12 años, recibidos en el búnker de la cancillería del Reich, el 19 de marzo de 1945, por un Hitler ya espectral, pero aún capaz de enviarlos a la muerte más absurda e inútil ante los tanques rusos tras darles un pellizquito en la mejilla. “No volverán a ser libres el resto de su vida”, había profetizado en 1938 el gran flautista de Hamelín de Alemania.

El historiador nacido en Alemania pero nacionalizado canadiense Michael H. Kater (Zittau, 1937), un experto en la cultura del III Reich, doctor en Historia y Sociología por la Universidad de Heidelberg y profesor en la Universidad de York (Toronto, Canadá), acaba de publicar un libro imprescindible sobre las JH, esa organización sobre la que pivotó especialmente el esfuerzo de los nazis por apoderarse de esa generación alemana. Las Juventudes Hitlerianas (Kailas, 2016) es una obra tan exhaustiva como apasionante y estremecedora que combina la investigación científica con el relato humano –explica que los campamentos de las JH, donde proliferaba el sadismo, eran un mal lugar para mojar la cama–. Y alberga en su centro una profunda disquisición moral.

Jóvenes nazis, en el referéndum de 1934 con el que Hitler trató de legitimar los poderes que ya había usurpado de facto como jefe de Estado.pulsa en la fotoJóvenes nazis, en el referéndum de 1934 con el que Hitler trató de legitimar los poderes que ya había usurpado de facto como jefe de Estado.Álvaro García

“Las organizaciones juveniles, como los Wandervögel, existían en Alemania desde la época guillermina y el inicio del siglo”, dice Kater, “se volvieron más hacia la derecha en línea con el espectro político general; en la última mitad de la República de Weimar (1925-1932), cuando Hitler estaba en alza, miembros de grupos de juventud nacionalistas simpatizaban secreta o abiertamente con el NSDAP, el partido nazi, aunque menos con las JH, que tuvieron un inicio débil y tardío. A medida que los patrones democráticos se derrumbaban, una estructura con un Führer pasó a ser aceptable entre la juventud alemana, y eso facilitó que todos los grupos juveniles se incorporaran a las JH. Eso ocurrió en etapas. Los que se resistieron fueron forzados hacia 1935”. Una de las claves del éxito de las Juventudes Hitlerianas es que se presentaban como excitantes, modernas y progresistas.

¿Qué concepto tenía Hitler de la juventud? “Al principio, realmente ninguno”, contesta el historiador. “No le interesaban los jóvenes porque no podían votar. Eventualmente Hitler se persuadió de que la crianza de jóvenes seguidores no era una mala idea: un movimiento milenario debía tener una retaguardia”.

Ante la imagen del soldado jovencito de Life y la de los niños del búnker de Hitler, Michael H. Kater tiene claros sus sentimientos: “Personalmente siento una inmensa compasión por ellos. Para mí, en ese tiempo, eran obviamente chicos inocentes que habían sido explotados por políticos fascistas criminales”.

Los reclutas de las juventudes hacían “turismo de ejecución”: presenciar asesinatos de judíos.

Con la guerra, se echó mano de los miembros de las JH para ayudar tras los bombardeos de las ciudades alemanas, lo que obligó a niños de 12, 13 y 14 años a tener experiencias espantosas, desenterrando a familias enteras chamuscadas. Peor aún fue el reclutamiento para las defensas antiaéreas, en las que 200.000 jovencitos y jovencitas de las JH prestaron servicio como personal auxiliar de artillería (Flakhelfer). Iban de la escuela a los cañones y muchos sufrían crisis nerviosas por el miedo.

Junto a eso, señala Kater, está el hecho de que el adoctrinamiento de las Juventudes Hitlerianas desempeñó un importante papel en los crímenes de guerra de la Wehrmacht y las SS, cuando esos jóvenes ingresaron en sus filas convertidos en soldados políticos. “Se pueden identificar dos importantes ingredientes de la formación ideológica de las JH que los jóvenes trasladaron a la Wehrmacht y las SS: uno es la creencia de que Alemania debía dominar otras partes del mundo, y el otro, la jerarquía racial, que ponía a los alemanes arios en la cúspide y a los judíos en lo más bajo”. Un hábito siniestro de los jóvenes reclutas provenientes de las JH fue el “turismo de ejecución”: la asistencia a los asesinatos colectivos de judíos sobre el terreno.

Un sello de 1943 conmemora los servicios prestados por las Juventudes.Álvaro García

¿Fueron las JH realmente útiles militarmente? Kater contesta que fueron fundamentales para que los nazis pudieran poner tantas fuerzas en el campo de batalla. “Habían recibido entrenamiento paramilitar incluso antes de marzo de 1935, cuando se introdujo el reclutamiento general, y de septiembre de 1939 (inicio de la II Guerra Mundial). Hay que recordar que el sello distintivo de la socialización de las JH fue la militarización, con las acampadas, marchas y juegos de guerra”. Las JH incluso tuvieron secciones especializadas como la naval, la ecuestre o la de pilotos de planeadores, a cuyos integrantes codiciaba Hermann Göering. “Al pasar a formar parte de las fuerzas regulares de la Wehrmacht o las SS, los jóvenes de las JH se mezclaron fácilmente en sus filas y reforzaron su agresividad”. Hubo incluso una división de élite vinculada a las JH, la 12ª SS División Panzer Hitlerjugend, formada en 1943 con 16.000 miembros de las JH nacidos en 1926. “Eran combatientes nazis particularmente fanáticos, habiendo sido socializados sin problemas desde los campos de las JH hasta los barracones de las SS”. Las JH cometieron crímenes de guerra. También hubo miembros de la organización en el sobrevalorado Werwolf, la guerrilla nazi que se enfrentó a la ocupación aliada.

El historiador está de acuerdo con que los chiquillos de las JH con bazucas Panzerfaust tan habituales al final de la guerra como miembros del Volkssturm, la milicia popular de último recurso, eran claros precedentes de los modernos niños soldado. “Desde luego. En el gran conflicto previo, la I Guerra Mundial, el Ejército alemán fue muy cuidadoso en no admitir reclutas de menos de 18 años –por ejemplo, al mismísimo Heinrich Himmler–, incluso aunque alguna vez chicos menores se colaran en el ejército imperial (como Ernst Jünger). Pero el fenómeno de los niños soldado es una marca de las últimas fases desesperadas de la II Guerra Mundial”. Kater apunta que a los reclutas de las JH asignados para los Panzer en 1943 y 1944 no se les repartían cigarrillos como a los soldados adultos, sino… caramelos.

Estos jóvenes cometieron crímenes de guerra y fueron el precedente de los niños soldado.

 Responsabilidad y culpa están en el núcleo del libro de Kater, que, además de sobre historia, es un libro sobre moral, e incluso un juicio moral. “Cualquiera que escriba sobre las JH ha de ocuparse de esos temas. Es un asunto muy delicado, y contestar de manera ­satisfactoria para todos a las preguntas que plantea, imposible”. Ser de origen alemán debe complicar las cosas. “El hecho de haber nacido en Alemania y haber estado, en 1945, a solo dos años de ser incorporado a las JH probablemente me hace ser especialmente ­sensible al tema. Me considero un demócrata liberal de izquierdas y hoy me estremezco ante lo que me habría aguardado como miembro de las JH si la guerra hubiera durado lo suficiente. Nacido en 1937, me trasladé a Canadá en 1953 y me convertí en ciudadano canadiense, dejando atrás a propósito mi nacionalidad alemana. Gracias a Dios, Canadá es una tierra de tolerancia e integración. No hay Marine Le Pen aquí, ni Trump, ni NSDAP”.

Se percibe en el libro una tensión entre la visión del historiador –y su impecable examen de los pecados de la Juventudes Hitlerianas– y la compasión ante determinados casos de esa juventud tronchada. ¿Cuál es el juicio final de Kater?, ¿víctimas y perpetradores? “Sí, ambas cosas. Hay que diferenciar entre adolescentes suficientemente mayores para aceptar responsabilidad (o incluso culpa) por ciertas actitudes y acciones, y niños que en un tribunal de justicia, incluso en uno nazi, deberían haber sido considerados inocentes. Obviamente, esas dos categorías siempre se super­ponen, y ¿quién puede decir dónde están los límites claros?”.

Mitin inaugural de la organización en Rheinsberg, en junio de 1936.Álvaro García

Las JH no tuvieron mucha suerte –si puede decirse así– con sus dos líderes: Von Schirach (juzgado en Núremberg) y Artur Axmann. “Ambos fueron cifras impersonales en la máquina nazi e intercambiables en lo que respecta a las JH. Ninguno tenía carisma, eran meros funcionarios. Schirach, no muy brillante y fofo, era particularmente vacuo pero con enormes pretensiones, más culturales que políticas. Axmann al menos había luchado en la guerra, en el frente del Este, donde fue gravemente herido y le amputaron el brazo derecho”. El líder de las Juventudes Hitlerianas pidió a sus chicos y chicas que defendieran Berlín hasta el fin: mantuvieron abiertos los puentes sobre el río Havel para que escaparan los faisanes dorados nazis, los jerarcas, entre ellos el propio Axmann.

No toda la juventud alemana siguió a Hitler. Hubo disidentes. Individuales y en grupo. Como los Jóvenes del Swing, atraídos por el jazz estadounidense, las pandillas (era difícil ser rebelde sin causa en la Alemania nazi) o los integrantes del grupo de resistencia de la Rosa Blanca.

El historiador aborda en profundidad un tema característico de las JH: el del género. “Siempre hubo en el partido nazi dos tendencias, una que quería que las chicas y mujeres fueran puestas masivamente a trabajar, especialmente en tiempo de guerra, y la otra que esperaba que se ciñeran a ser amas de casa y paridoras de nazis. Hitler pertenecía al segundo grupo. Albert Speer y Joseph Goebbels, al primero. En última instancia, Hitler ganó. Incluso las mujeres nazis que se revolvieron contra eso fueron rápidamente silenciadas. Igual que las feministas en las JH. La sección femenina, la BDM –cuya salida militar podía ser la de ayudantes en las distintas ramas de las fuerzas armadas–, tenía que obedecer siempre a los miembros masculinos, incluso las líderes”.

“los nazis se aprovechaban de sus posiciones jerárquicas para explotar sexualmente a chicas”.

 El asunto del sexo es bastante siniestro. “A pesar de la ideología oficial que sostenía que las mujeres debían ser honradas y que el sexo era solo un catalizador necesario para la cría eugenésica, los nazis (hombres) se aprovechaban de sus posiciones jerárquicas para explotar sexualmente a las chicas y a las mujeres. En las JH tenías jóvenes (con energía y libido alta) a menudo hermosos (un buen cebo para la lujuria) mezclados con una estructura autoritaria, donde siempre había alguien que podía mandar y otro que no estaba autorizado a decir que no, la promiscuidad era muy alta”. De hecho, el acrónimo de la Liga de Muchachas Alemanas, BDM, pasó a leerse como Bund Deutscher Matrazen (liga de colchones alemanes) o Bubi Drück Mich (vamos chico, apriétame fuerte).

¿Cuál es el legado de las JH? “Después de la guerra, prácticamente todo el mundo había formado parte de ellas y podían sentirse avergonzados o culpables, así que no se hablaba del tema. Los de ultraderecha son una excepción, claro”.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Jacinto Antón
Redactor de Cultura, colabora con la Cadena Ser y es autor de dos libros que reúnen sus crónicas. Licenciado en Periodismo por la Autónoma de Barcelona y en Interpretación por el Institut del Teatre, trabajó en el Teatre Lliure. Primer Premio Nacional de Periodismo Cultural, protagonizó la serie de documentales de TVE 'El reportero de la historia'.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_