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El honor francés en Córcega

Los incidentes sobre el uso del burkini en una playa corsa revelan un estado de ánimo de la sociedad francesa

Varios de los implicados en los incidentes en una playa de Córcega salen del tribunal que lleva el caso.
Varios de los implicados en los incidentes en una playa de Córcega salen del tribunal que lleva el caso. AFP

El velo se introdujo en nuestra habla mucho antes de llegar a nuestras playas. El incidente que, desde una pequeña cala de Córcega, ha contribuido al revuelo de un verano ya turbulento resulta todavía más interesante por las palabras utilizadas para narrarlo. Las primeras informaciones de la agencia France Presse, retomadas por la inmensa mayoría de los comentaristas, hablaron de “tensiones en Córcega tras una trifulca entre la comunidad corsa y la magrebí”.

Cualquier periodista sabe —o debería saber— que los hechos no existen. Lo que existe es el relato de esos hechos, las palabras empleadas y los matices, que, a veces, están cargados de ideología. Sin embargo, no parece que a ningún observador le preocupara repetir esa frase como si fuera una realidad. Si la supuesta pelea se hubiera producido en la Provenza o en Bretaña, ¿se habría hablado de choques entre la comunidad magrebí y la comunidad provenzal o la bretona?

El término comunidad, utilizado muchas veces de forma simplista para ahorrarse otro más exacto, invade el lenguaje mediático hasta el absurdo. Y ayuda a imponer precisamente la idea que propugna el islam político: que Francia está compuesta por entidades distintas, todas con la misma legitimidad para seguir sus propias costumbres y reivindicar sus derechos. Ya no hay ciudadanos de confesión musulmana, sino una comunidad musulmana. Ni ciudadanos católicos, sino una comunidad católica. Ni magrebíes o franceses de origen magrebí, sino una comunidad magrebí. Ni corsos, que forman parte del pueblo francés, sino una comunidad corsa. Pronto habrá una comunidad francesa. Una serie de grupos que ocupan un territorio neutro, regido por unas leyes que se reducen a la expresión de las libertades individuales.

Contra eso es contra lo que se rebelaron los corsos, menos acomplejados que los franceses de la metrópolis porque tienen más presente lo que son. Ya el invierno pasado, los habitantes de Ajaccio se manifestaron contra unos jóvenes que habían organizado una encerrona contra unos bomberos, porque en Córcega no se tolera que unos hombres que arriesgan la vida por salvar a otros sean apedreados. Igual que no se tolera que unos cabecillas barriobajeros pretendan prohibir el acceso a una playa para que sus mujeres puedan bañarse sin someterse a las miradas, por supuesto concupiscentes, de un infiel.

Porque el sentido de esa privatización, como del famoso burkini y las largas abayas negras o marrones que se ven en ciertos barrios, es dejar claro que las mujeres pertenecen al clan, y la mirada de otros hombres las mancilla porque no pueden mezclarse. Y cuanto más numerosos sean esos signos externos y más se trivialicen, más se irá apoderando la comunidad del espacio público. Es curioso que eso no plantee dudas a los aficionados al mestizaje y la mezcla. Hemos visto incluso cómo algunos proclamaban el derecho al burkini apelando a las fotos de las bañistas en la década de 1910, como si, de pronto, aquel control patriarcal del cuerpo femenino fuera un modelo.

No hay duda de que, entre los manifestantes corsos, unos cuantos se excitaron y lanzaron gritos racistas, que dieron la excusa para que algunos dijeran enseguida que era una manifestación “islamófoba” y que existe un “racismo corso” casi congénito.

Las palabras son políticas y, si no se conoce su sentido, se impone sin pensar un modelo político. La primera página de Le Monde del 19 de agosto decía: Burkini: ¿deben volverse invisibles las musulmanas? Un titular que insinúa que las musulmanas necesitan un burkini, o su versión urbana, el hiyab, para ser visibles. Y que la visibilidad es legítima en sí misma, porque lo que hay que debatir es la supuesta invisibilidad. La pregunta encierra la lógica del islam político y su conquista del espacio público mediante la instrumentalización de los derechos individuales tan apreciados por el liberalismo anglosajón, que los apoya sin retroceder.

Los corsos que proclamaron ante los medios de comunicación su rechazo a que se implanten en su isla unos comportamientos que consideran inaceptables usaron palabras sencillas. Las palabras de alguien que está seguro de sí mismo, de su historia y su identidad. Las palabras de quienes se niegan a callarse. Guste o no, es una reacción nacida de los ciudadanos. Y estoy segura de que muy compartida por el pueblo francés.

Natacha Polony es periodista y ensayista.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

© Lena (Leading European Newspaper Alliance)

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