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De cómo una ciudad se transforma en festival de música

El Heineken Jazzaldia, de San Sebastián, un ejemplo integrador de la música en el ADN de una población

La noche del jueves, Gloria Gaynor (66 años) convirtió la playa de Zurriola en una pista de baile.
La noche del jueves, Gloria Gaynor (66 años) convirtió la playa de Zurriola en una pista de baile.

Gorka está jugando al fútbol en la playa con Lucas. Se les suma Anton, un chico alemán con una gran zancada. Sus padres están unos metros más allá, bailando, con un cubo lleno de hielos de cervezas Heineken a los pies, hincado en la arena de la playa. Desde el escenario Gloria Gaynor se bambolea al irresistible ritmo de Last dance. Todos sonríen. Este es el ambiente (o uno de ellos) del Heineken Jazzaldia, un festival grabado en el ADN de los donostiarras, una concentración musical que es más un orgullo. Aquí, en San Sebastián, del 20 al 25 de julio no se celebra un evento musical, se vive la música totalmente integrada en la ciudad.

Seguramente usted ha asistido a algunos festivales. Ya sabe: colocan el escenario en un lugar concreto de la urbe (normalmente a las afueras), donde se tarda una vida en llegar, luego debe pasar por media docena de controles y ya por fin se encuentra enfrente de un escenario, probablemente con la desagradable noticia de que los aseos se encuentran a 20 minutos de donde usted se ha colocado. Nade de eso ocurre en el Heineken Jazzaldia, que este año llega a su edición 51. La ciudad abraza calurosamente a la música. Paseas por el casco antiguo y en cada rincón, en cada plaza, alguien toca una trompeta o un piano. Y un aviso para los alérgicos a los purismos: suena mucho más que jazz. Pop, blues, música disco, folk... todo tiene cabida.

Toda la ciudad se vuelca durante los días de festival, que este año celebra su edición 51, y los escaparates de las tiendas se decoran para la ocasión.
Toda la ciudad se vuelca durante los días de festival, que este año celebra su edición 51, y los escaparates de las tiendas se decoran para la ocasión.

¿Volvemos al cartel de este año? El concierto de Gloria Gaynor, en el escenario Verde Heineken, convirtió la playa de Zurriola en una pista de baile. Solo faltó una inmensa bola de espejos que colgara desde el cielo. La cantante de Nueva Jersey, a sus 66 años, demostró tener todavía una voz potente. Se dosificó, dejó espació para que sus coristas tuvieran protagonismo con la voz principal, y acabó con un celebrado I will survive, al que, en un requiebro inesperado, añadió alguna estrofa en castellano. Entonces se convirtió en Sobreviviré, y todos temimos la irrupción en el escenario de Mónica Naranjo. Afortunadamente, no fue así.

Unos metros más allá, en el Heineken Terraza, el guitarrista estadounidense Marc Ribot ofreció un espectáculo apabullante. Siempre experimental y valiente, Ribot recreó el sonido soul de Filadelfia (la cosa, ya ven, iba de reivindicar el baile de los setenta) con sus The Young Philadelphians, que incluían violines. Sentado, con la cabellera canosa alborotada y las gafas deslizándose por su nariz, Ribot lanzó trallazos desde su guitarra a los que era imposible quedarse quieto. Lo más audaz del concierto fue que esta propuesta es capaz de hacer a la gente bailar desde un postulado intelectual. Ribot es un pedazo de genio, y lo volvió a demostrar en Jazzaldia. La jornada del jueves se cerró con el músico estadounidense de rhythm & blues John Nemeth, seguramente el mejor armonicista que va a pasar este año por el festival... y el peor vestido. Su mono de colores era una mezcla imposible del que llevó Sara Carbonero en la presentación de su nuevo programa y del que se ponía el estrambótico King África cuanto cantaba aquello de "bommmmba". Estilismos aparte, el concierto de Nemeth fue divertido.

Ellis Marsalis protagonizó un momento mágico la noche del viernes. Tras recibir un premio por toda su carrera de manos del director del festival, interpretó una emocionante pieza junto a su hijo Bradford.
Ellis Marsalis protagonizó un momento mágico la noche del viernes. Tras recibir un premio por toda su carrera de manos del director del festival, interpretó una emocionante pieza junto a su hijo Bradford.

El viernes 22 acudimos al Kursaal para confirma que cuando se juntan el pianista Brad Mehldau y el guitarrista John Scofield aquello rezuma vanguardismo. Su concierto es una sobredosis de virtuosismo sólo recomendado para estómagos resistentes. Estaba lleno el Kursaal y la gente lo escuchó embelesada.

Pero el momento más mágico del viernes fue la actuación en la bellísima Plaza de la Trinidad del legendario músico de Nueva Orleans Ellis Marsalis. Con 81 años, llegó apoyado en su grueso bastón, se sentó en al piano y comenzó a extraer notas y melodías tan auténticas que si cerrabas los ojos te sentías en un garito de Nueva Orleans. Luego, empezaba a lloviznar y recordabas dónde estabas. Fue un concierto de jazz clásico desbordante. Al final del espectáculo, el director del festival, Miguel Martín, salió al escenario con el hijo de Ellis, el también músico Bradford, para entregarle el premio a Ellis por toda su carrera. Luego se produjo uno de los momentos del festival: una emocionante pieza interpretada por padre e hijo. La imagen de Bradford agarrando a su padre por la espalda y bajando juntos del escenario fue emocionante.

Y el festival continúa, con toda la ciudad volcada, gracias a iniciativas como Live Your Music, de Heineken, donde decoran escaparates de tiendas, y se suman a la ya espléndida oferta gastronómica de San Sebastián.

Así es este festival: tan integrado en la ciudad que debería quedarse así durante todo el año. Aunque lloviese un poco...

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