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EL ACENTO

El miedo y el rencor, los peores consejeros

La masa de votantes que ha decidido que el Reino Unido salga de la Unión Europea se movilizó por resortes emocionales

Nigel Farage, el líder del UKIP y uno de los más fervientes partidarios del Brexit, con un grupo de seguidores el pasado día 14 en Bexleyheath.
Nigel Farage, el líder del UKIP y uno de los más fervientes partidarios del Brexit, con un grupo de seguidores el pasado día 14 en Bexleyheath.

La salida del Reino Unido de la Unión Europea tras la celebración del referéndum que convocó David Cameron ha venido a confirmar que no hay mejor combustible para alimentar el nacionalismo que el miedo y el rencor (o también, la ira, el resentimiento, la indignación). Europa se ha visto brutalmente sacudida por la reciente crisis económica y lleva ya una temporada sin levantar cabeza. Se ha convertido así en el blanco perfecto donde proyectar todas las frustraciones y temores que se han ido gestando en estos tiempos difíciles.

Para que esos pesares echen raíces y vayan creciendo y terminen produciendo una catástrofe de las dimensiones que puede llegar a generar la salida del Reino Unido de la Unión hace falta, sin embargo, que exista algún tipo de movilización que los haga visibles, y relevantes políticamente: hace falta que la masa de potenciales votantes se pronuncie.

El comportamiento de esa masa se convirtió en uno de los grandes asuntos que obsesionaron a Elias Canetti, el escritor de origen búlgaro que se expresó en lengua alemana y que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1981. En sus memorias cuenta la primera experiencia que tuvo de la masa. Tenía cerca de veinte años, acababa de llegar a Fráncfort y, de pronto, se encontró presenciando una marcha obrera. “Avanzaban formando un grupo compacto y lanzando miradas desafiantes a su alrededor; sus exclamaciones me emocionaron, como si se dirigieran a mi persona”. Al rato, y sin quererlo, estaba ya totalmente implicado, una gota más en medio de la embriaguez.

Más allá de lo que refiere Canetti, ¿no siguen hoy funcionando los mismos mecanismos que producen esa efervescencia que congrega a una colectividad en torno a unas cuantas emociones y al margen de las ideas y los argumentos? El miedo a los refugiados y la ira contra Europa han sido suficientes para que millones de británicos decidieran que era mejor romper los viejos lazos con el continente.

“La masa me había subyugado”, reflexionó más tarde Canetti, “era un delirio en el que uno se perdía y se olvidaba, sintiéndose monstruosamente vasto y a la vez pleno; lo que uno sentía, no lo sentía para sí: era una especie de altruismo absoluto (...)”.

Hay momentos en que las sociedades se encuentran tan rotas, tan maltratadas por la experiencia de una guerra o de una crisis económica salvaje, en los que no resulta difícil que prenda esa particular llama a la que se refería el autor de Masa y poder, y desencadene una corriente imparable.

El nacionalismo es particularmente eficaz para producir esas distorsiones que hacen que los individuos se sientan plenos en esa masa que los devora. Muchos británicos votaron irse de Europa creyendo que así recuperarían el vasto poder del imperio. Al día siguiente acaso descubran que son más frágiles, puesto que hay zonas —¿Escocia, Irlanda del Norte, Gibraltar?— que han dejado de encontrar acomodo en la nueva situación.

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