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República Centroafricana: llueve sobre mojado

El 20% de la población centroafricana sigue fuera de sus casas tres años después de que estallara el conflicto, la mayoría acogidos por familiares o amigos

Campo de desplazados de Mukassa, Bangui, República Centroafricana. En junio de 2016, vivían aquí más de 1.700 personas que huyeron de la violencia en diciembre de 2013
Campo de desplazados de Mukassa, Bangui, República Centroafricana. En junio de 2016, vivían aquí más de 1.700 personas que huyeron de la violencia en diciembre de 2013

Llegué a República Centroafricana en mayo, justo cuando la época de lluvias acababa de empezar. Aquí la lluvia no es agradable: llega de golpe, sin avisar, inunda, destruye y oxida lo que ya está dañado. En este país llueve sobre mojado. Una crisis olvidada desde hace décadas y otra crisis humanitaria más reciente, que ha provocado el desplazamiento del 20% de la población, se superponen para traer más olvido y sufrimiento.

Sólo hace falta ir a un campo de desplazados como el de Mukassa, en las afueras de Bangui, la capital, para darse cuenta.

En Mukassa conocí a Regina. Tiene 38 años es viuda y tiene 7 hijos, de entre 4 y 23 años. Antes de la crisis vivía en el barrio Makambo y se dedicaba al pequeño comercio. Huyó con todos ellos cuando comenzó la violencia. “Mi casa quedó destruida y no volveré porque no puedo pagar la reparación”, explica.

Aquí las crisis políticas y humanitarias se suceden en bucle y no da tiempo a recuperarse. La última fue de las peores que se recuerdan

Cada día sale a buscar hierbas y vegetales fuera del campo: “Cocino lo que encuentro para alimentar a los niños una vez al día. Yo no como para que haya para todos”. Está aquí desde diciembre de 2013 y se lamenta de que la situación no ha cambiado. A Regina le gustaría poder volver “porque no hay nada que hacer aquí," dice.

Regina no está sola. Aquí aguantan como pueden otras 1.700 personas. La mayoría llevan casi tres años sin poder volver a sus casas y con un horizonte poco esperanzador. Por miedo, por falta de recursos o porque, simplemente, su hogar quedó reducido a escombros, no tienen más remedio que seguir bajo una lona en condiciones realmente duras: sin trabajo, expuestas a agresiones, violaciones y olvido. Como ellos, hay 130.000 personas repartidas en campos por todo el país. Aquí las crisis políticas y humanitarias se suceden en bucle y no da tiempo a recuperarse. La última fue de las peores que se recuerdan.

Regina es viuda. Antes de la crisis vivía en el barrio Makambo. Huyó con sus hijos cuando comenzó la violencia.
Regina es viuda. Antes de la crisis vivía en el barrio Makambo. Huyó con sus hijos cuando comenzó la violencia. "Cada día, salgo a buscar fuera del campo hierbas y vegetales para preparar la comida".

Pero en República Centroafricana la mayoría de desplazados no está en campos formales. Hoy en día, más de 230.000 personas están repartidas en casas de familias, amigos o de gente que, simplemente, les acogió por solidaridad.

Me acerco a otra mujer que me impresiona. Josephine acogió hasta cinco familias con sus hijos, una de ellas era de 10 miembros. Me cuenta que llegó a tener a 30 personas en su casa.

Josephine tiene 59 años, ocho hijos y es viuda. Sabe bien lo que significa ser desplazada. Entre 1996 y 1997 se produjeron varios motines contra el gobierno de Félix Patassé acompañados de violencia, saqueos y destrucción. “Vi como mataban a una persona delante de mí y me fui. No podía soportarlo”, recuerda. Huyó del barrio de Fátima, en el centro de Bangui, para refugiarse en Bimbo, a las afueras. Un barrio que ahora también acoge una nueva oleada de desplazados. La historia se repite.

Josephine, de 59 años, tiene ocho hijos y es viuda. Sabe lo que significa ser desplazada, tener que huir por la violencia y dejar un hogar. Por eso ha llegado a acoger a más de 30 personas en su casa.
Josephine, de 59 años, tiene ocho hijos y es viuda. Sabe lo que significa ser desplazada, tener que huir por la violencia y dejar un hogar. Por eso ha llegado a acoger a más de 30 personas en su casa.

En República Centroafricana no concebimos dejar a alguien que ha sufrido abandonado a su suerte

Josephine, desplazada en RCA, acogió hasta 30 personas en su casa

“¿Cómo no iba a ayudar a esa gente?”, dice atónita cuando le pregunto por qué lo hizo. “Estaban en la calle, delante de nuestras casas, sin nada, asustados. Habían llegado corriendo con lo que llevaban encima, dejaron todo en sus barrios cuando hombres armados les atacaron. En República Centroafricana no concebimos dejar a alguien que ha sufrido abandonado a su suerte. Si alguien necesita ayuda, le ayudamos. No me lo pensé dos veces, los acogí en mi casa y lo volvería a hacer”, dice con convencimiento. “Los mantenía con lo que podía. Como no había suficiente comida, repartía la que tenía para que pudieran comer todos. Así, solo podíamos comer una vez, por la noche, para que hubiera para todos”, añade.

Ahora acoge a seis personas. Algunos han podido volver y otros se han reubicado en casas cercanas y quizás acaben estableciéndose aquí de forma definitiva como Josephine hizo ya en su día.

El olvido de los vulnerables

Sé que esto pasa en muchos otros lugares del mundo. Los desplazados internos, los que huyeron de sus casas sin cruzar fronteras, son los grandes olvidados de la crisis de refugiados. A finales de 2015, unos 40,8 millones de personas estaban desplazadas dentro de sus propios países, frente a 20 millones de refugiados.

República Centroafricana ilustra perfectamente esta situación. Mientras la atención se dirige a Europa, los que huyeron de la violencia buscando refugio, pero no han cruzado sus fronteras corren el riesgo de ser víctimas de otros abusos en el mismo territorio dónde ya han visto vulnerados sus derechos.

Los estados fallidos como el de la República Centroafricana no pueden garantizar su seguridad. Si bien su gobierno ratificó la Convención de Kampala en 2009 que debería garantizar su protección, su adaptación a nivel nacional no se ha hecho efectivo, dejando aún más en situación de desamparo a todas estas personas.

Keemzith y Mokounga llevan tres años fuera de su casa. Me cuentan cómo vinieron literalmente corriendo juntas desde Bibale, su antiguo barrio en Bangui, hasta Capucien, un descampado al lado de la iglesia en el que más de un centenar de personas también conviven como pueden. “Llegamos corriendo cuando los hombres armados atacaron nuestras casas”, explica Keemzith.

Keemzith (izq) y Mogougna (dcha). Site de Capucin, Bimbo, Bangui,. En este campamento viven desplazadas un centenar de personas desde diciembre de 2013.
Keemzith (izq) y Mogougna (dcha). Site de Capucin, Bimbo, Bangui,. En este campamento viven desplazadas un centenar de personas desde diciembre de 2013.

Recuerdan el día en que llegaron a este sitio porque no ha podido irse desde entonces. Aquí mucha gente lo lleva grabado a fuego y repiten la fecha: cinco de diciembre de 2013. Keemzith tiene tres hijos. La más pequeña, María, nació aquí hace poco más de un mes, y la puede alimentar con leche, pero no al resto. "No hay comida aquí”.

Volver o no volver

A pesar de que quieran, para muchos de ellos volver a sus lugares de origen todavía no es seguro. Mientras el 70% y 90% de los desplazados quiere volver a sus barrios, según datos del ACNUR y OIM, el miedo y la inseguridad persisten. Entre noviembre de 2015 y mayo de 2016, Oxfam identificó más de 1.500 casos que suponen un riesgo para la seguridad en los barrios más afectados por la violencia de la capital, PK3 y PK5. El 70% de ellas consistían en agresiones físicas y verbales, robos y hurtos, el 11% agresiones sexuales y el 10% destrucción y ocupación de viviendas y bienes.

Por el contrario, medio millón más de refugiados centroafricanos sigue en otros países pero con pocas expectativas de retorno. Según ACNUR, el 73% de los que están en Camerún no tiene intención de volver. Sólo el 27% sí lo considera y algunos han hecho tentativas de regresar.

Llueve sobre mojado. Y si no proponemos soluciones durables, mujeres como Regina, Josephine, Keemzith y Mokounga seguirán batallando día a día bajo la lluvia y el olvido.

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