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MIRADOR

Sabino

Si veía oportunidad de perder dinero, Sabino Torres se lanzaba al negocio con una vocación desesperada

Sabino Torres.
Sabino Torres.

Durante el año 1949 en Pontevedra había pocas cosas que hacer, y la más absurda de todas era publicar poesía en gallego. Quien lo hizo fue un joven guapo y terrible llamado Sabino Torres, cuya familia tenía una imprenta, Gráficas Torres: de aquellos talleres salieron verdaderos objetos de culto, juguetes para un tiempo prohibido. La nómina de autores se recita como las delanteras míticas (Manuel María, Cuña Novás, Luis Pimentel, Celso Emilio, Álvaro Cunqueiro, Carvalho Calero…). Fue el hito fundacional de Sabino Torres, que llamó a su colección Benito Soto, un pirata sanguinario.

Desde ese momento, la figura de Torres adquirió cierto aire vagabundo. Sus enamoramientos, su viaje reglamentario a París en el siglo XX, el descubrimiento de Madrid, la ciudad que eligió para vivir. Era él también poeta, y fundó y dirigió periódicos, y no dejó de editar aquello en lo que creía. Si veía oportunidad de perder dinero se lanzaba al negocio con una vocación desesperada. Escribió libros asombrosos sobre su vida, el último ya a los 90 años, con una prosa en gallego que si se agitaba, moviendo el libro como si se tratase de un reloj, podía escucharse el ruido de A Moureira, el barrio en que nació él y nació Benito Soto.

Cuando Gerardo Lorenzo, su sobrino y confidente, me llamó hace tres semanas para decirme que a Sabino Torres le habían encontrado un cáncer, ya había empezado a circular el rumor de que era inmortal y de que sus libros los estaba escribiendo el diablo porque había llegado a un acuerdo con él: si perdían dinero, ganaban años. Así que cuando Gerardo y yo nos metimos en su habitación del Gregorio Marañón y nos recibió en un sillón al lado de la ventana, con la prensa del día leída y la conversación intacta, lo primero en que pensé fue: “Pobre cáncer”.

Aquella tarde el académico Sabino Torres recreó sus amores, retrató a sus amigos y las fiestas de entonces. Celso Emilio, el casino de Pontevedra, Julio Camba, Emilio Romero, el Gijón y el Lyon, la bohemia feliz, castigada y pobre en la que siempre se movió como un mamífero grande. Lo veía y disfrutaba; había perdido kilos, seguía siendo hermoso y seguía teniendo el brillo de los hombres de talento que se llevan consigo una parte de la historia, la que ocurrió y la que se dedicaron a inventar. Decidí en ese momento que mi aspiración en la vida sería que mis amigos me mirasen como nosotros le mirábamos a él, y que siempre le recordaría muriendo con la misma elegancia, la misma cultura y la misma belleza con la que vivió.

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