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Quien espera desespera

La forma de combatir la espera es evitarla porque, si es activa, deja de ser espera

Paco Déniz, a la izquierda, y Juan Antonio Lumbreras, en una escena de la obra 'Esperando a Godot', de Samuel Beckett, en el montaje de Alfredo Sanzol.
Paco Déniz, a la izquierda, y Juan Antonio Lumbreras, en una escena de la obra 'Esperando a Godot', de Samuel Beckett, en el montaje de Alfredo Sanzol.

A lo largo de los últimos meses, los españoles nos hemos consagrado a una tarea que en el fondo es propia de la condición humana; esperar. Hemos estado esperando Gobierno sí, qué duda cabe, desde el 20 de diciembre nos situamos en esa espera, y es posible que después del 26 de junio nos vuelva a tocar esperar, pero también esperamos cada mañana a que salga el agua caliente al abrir el grifo, esperamos el autobús, esperamos a que arranque por fin ese ordenador no tan moderno que nos han puesto en la oficina. Esperamos. Y a esas esperas cotidianas, menores y sucesivas, se superponen, que no se suceden, otras esperas mayores, la del Gobierno es una de ellas, la que nos ocupa ahora, pero también esperamos a que nos asciendan, a que nuestro equipo gane la Champions, esperamos el regreso de un ser querido. Esperamos.

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Y la espera desespera, como reza la sabiduría popular, porque el hombre, como la naturaleza, es tendencia, y esa espera nos obliga a quedarnos quietos. Y además, somos conscientes de que esperamos, esa es la otra característica de la espera, y en estos meses hemos sido muy conscientes de que el tiempo pasaba y no había Gobierno nuevo, porque cada día la prensa nos informaba de ello, de las negociaciones, de los avances, de la falta de acuerdo. Es ese ser conscientes el que determina la espera, el que la configura, no sólo el tiempo que pasa, sino nuestra percepción de ese transcurrir sin resultados.

Así, el tiempo psicológico, y no sólo el cronológico, es el que logra que la espera desespere. Para algunos habrán sido meses de espera esperanzada, la de Penélope, aunque no fuera una espera amorosa, porque deseaban que finalmente se formara Gobierno, y además el Gobierno que ellos querían. Para otros lo habrán sido de espera angustiosa, pues pensaban que venía lo peor, que al final de esa espera no aguardaba nada bueno. Y, para que nadie se libre de esperar, los habrá incluso que hayan sufrido la peor de todas, la espera existencial, la de Godot, la espera de nada, la espera sin adjetivos, una espera donde uno se instala y ya no sabe el porqué, sólo espera. Porque además, los españoles y todos los que habitan en el territorio de La Mancha sufrimos la condena procurada por nuestra propia lengua, nuestro idioma es el único donde esperar de anhelar y esperar de aguardar utilizan el mismo verbo, confundimos la espera y la esperanza, y así nos va. No siempre fue así, hubo un tiempo en el que esperábamos y asperábamos, pero la esperanza, ese psicotrópico que contenía la caja de Pandora, le ganó la partida a la espera. Y, en efecto, así nos va, eso nos convierte en seres pasivos, pues en lugar de ir a por las cosas que anhelamos, esperamos esperando, en lugar de actuar, aguardamos estáticos, las vemos venir, en acertada pero terrible expresión española. Esperamos.

Hemos esperado la formación de Gobierno y seguramente seguiremos esperando después del 26 de junio

Y es que Godot sigue sin venir, en la obra de Beckett eran Estragon y Vladimir quienes esperaban su inminente pero imposible llegada, en esta espera con desenlace electoral han sido todos los españoles los que esperaban a que un Gobierno se formara, a que los pactos y las interminables reuniones dieran paso a un resultado concreto. Pero no debemos preocuparnos demasiado, porque, como decía Roland Barthes, hacer esperar, prerrogativa constante de todo poder, pasatiempo milenario de la humanidad. Porque no debemos olvidar que el poder no espera, y el poder hace esperar, no espera porque para eso es poder, y hace esperar, porque es ésa la forma que el poder tiene para domesticar a la tropa, vuelva usted mañana, lo siento, hoy ya no podemos atenderle, ya nos gustaría. Pero a veces, como en estos meses, el poder no sólo hace esperar, también se hace esperar, y como Godot, termina por no llegar a su cita. Esperar, eso es lo que nos toca, aunque no recomendaremos la paciencia para combatir la espera, que viene de patere, sufrir pasivo, porque recetarle paciencia al que espera es como prescribirle ayuno al hambriento, añadir sal a la herida. Más bien la manera de combatirla es evitarla, porque si esa espera es activa, hay un punto en el que deja de ser espera, si la esperanza no va acompañada de la espera sino de la actividad, entonces, en un futuro, un futuro que no debe ser necesariamente muy lejano, habrá un momento en el que dejaremos de esperar.

Miguel Albero es diplomático y escritor. Su último libro es un ensayo sobre la espera, Godot sigue sin venir, ganador del premio Málaga de Ensayo.

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